1 de noviembre 2020 - 5:00hs

La pandemia ha acentuado una tendencia grave y ha estimulado a varios países con vocaciones imperiales a ejercer sus intenciones y avasallar a pueblos vecinos. Rusia tomó una parte de Ucrania hace ya unos años y mantiene esa ocupación. China tomó Hong Kong, y ahora Turquía apostando a reavivar la lógica del imperio Otomano ha decidido una vez más agredir al pueblo armenio y al griego, sin interrumpir su permanente opresión a los kurdos. Una comunidad la armenia que llegó justamente huyendo del genocidio que los turcos les propinaron. Un genocidio menos conocido que el judío, pero no por eso un ápice menos importante. Ya desde el comienzo del ataque de los azeríes, con las armas turcas no podíamos como Uruguay quedar callados ni neutrales. Terroristas de fuste han ido de Siria, mercenarios a los que Turquía paga para que combatan donde sean asignados. Podría ser Nagorno Karabaj, o Libia o Siria. El presidente en reiteración real de Turquía sueña con ser el líder de un nuevo imperio otomano, un nuevo califato, y va moviendo sus piezas para ello.

Tal vez la función principal geopolítica de los países pequeños sea el construir frenos legales y conceptuales para que los países mayores no  se entreguen a la tentación de hacerse aún mayores. Una lógica que fue normal hasta la Segunda Guerra Mundial y que en este siglo debería dar paso a una convivencia con rivalidad económica sí pero no bélica.  Una red de pequeñas influencias sumadas, que frenen a China de avasallar a Hong Kong o  a Taiwan. Que frene a Rusia, a EEUU, a todo aquel al que busque sacar ventaja de su mayor tamaño relativo respecto a sus vecinos.

Si el imperialismo es siempre detestable, el islámico es especialmente cruel. Por eso además de sentir necesario proclamar la solidaridad con los armenios, los kurdos, los yazidíes masacrados por el Estado Islámico, es necesaria también una republicana solidaridad con el pueblo francés que viene soportando al islamismo en su expresión más repugnante. Que el expansionismo islámico es un peligro para las democracias laicas es evidente. Armenia peligra en una guerra desigual donde paradojalmente Israel se ha sumado a Turquía para proveer a un bando de la última tecnología en drones contra la cual los armenios tienen grandes dificultades.

Un profesor francés da clase sobre libertad de expresión en Francia, es degollado. El gobierno de Turquía, supuestamente democrático, integrante de la OTAN, justifica la barbarie e incita al odio a millones de musulmanes. Una mujer francesa de 70 años es degollada en una iglesia. Y Turquía sigue incitando al odio y también a un boicot a los productos franceses.

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Tal vez podríamos tomar una medida espejo, al menos en solidaridad con  los armenios de Uruguay y el mundo, como dejar de consumir productos turcos. Como tantos tiranuelos han hecho a lo largo de la historia, el esfuerzo bélico de Turquía tiene también por objetivo disimular una fuerte crisis económica interna, un desempleo e inflación por encima de 10% y una fuertísima devaluación de su moneda, la lira.

Si en lugar de ser Armenia, la invadida fuera Israel, no seríamos neutrales, afloraría una lógica solidaridad ante un país pequeño con el que nos unen lazos surgidos de un genocidio. Ha habido una declaración de Cancillería y otra firmada por todos los presidentes democráticos que Uruguay ha tenido post dictadura. Pero como ciudadano me gustaría boicotear algo turco.

En los países libres se caricaturiza a un presidente y a quien sea. Los autoritarios siempre se incomodan con el humor. Los presidentes democráticos, el resto de los políticos, los futbolistas y toda persona pública sabe que está expuesta al dibujo como forma de expresión que mezcla el humor, la reflexión, la opinión política y en ocasiones la burla. La libre expresión en la práctica tiene que ir a los límites. Y la publicación francesa Charlie Hebdo haría muy mal en moderarse en base al temor que pudieran infundirle los bárbaros.

Mientras los musulmanes que no toleran el libre pensamiento boicotean los productos franceses, automóviles Peugeot o Renault, el trigo o los lácteos, y tantos otros, a la hora de tomar una medida espejo se hace algo difícil. Qué podríamos dejar de comprar para solidarizarnos con los pueblos avasallados por Turquía? Solo se me ocurren las telenovelas. ¿Qué nos aportan culturalmente los culebrones de Turquía?  No habría algo más interesante para mostrar en esas dos horas? Por supuesto yo no la miro, pero ya ver la publicidad en las tandas es una exasperante pérdida de tiempo.

Y esto no se trata de una fobia a lo turco sino de un repudio a su presidente. Quedémonos con las novelas y ensayos de Ohran Pamuk y con la memoria de Kemal Ataturk, el gran reformador que abrió una gran oportunidad que lamentablemente la llegada del fundamentalismo al poder por ahora ha truncado. Hagamos activismo contra la potencia autoritaria, con sus debidas excepciones.

Cuidarnos a nosotros mismos como especie no solo tiene que ver con frenar el cambio climático y regenerar la diversidad biológica mientras defendemos la diversidad cultural. También tenemos que superar los sueños imperiales de quien sea que los tenga, condenar implacablemente la violencia bélica, defender activamente a las minorías y en este caso la libertad y autodeterminación nos obliga a solidarizarnos con los armenios. El carácter democrático nos obliga con igual fuerza a solidarizarnos con el pueblo de Voltaire. Y de paso sacar del aire los insoportables culebrones turcos y sustituirlo por algún programa más educativo. Y que crezca la campaña que dice fuerte y claro, no más genocidios, no más guerra, paz para Armenia y todas las minorías de esa región.

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