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20 de mayo de 2012 21:38 hs

En la interna de Peñarol dicen que fue un ajuste de cuentas entre ex compañeros de celda del Comcar. Iban 30 minutos de partido y en plena Ámsterdam un hincha aurinegro apuñaló a otro. Bajó, ensangrentado, y la ambulancia se lo llevó al Clínicas. La violencia, como siempre, dijo presente en el clásico del fútbol uruguayo.

Los líos entre los parciales aurinegros ya venían de afuera. En la calle Navarro casi Gadea un grupo se agarró a trompadas y varios terminaron lesionados producto de los golpes.

Pero como siempre, los comportamientos violentos son ubicuos.

A escasos metros del monumento La carreta se registró un hecho increíble. Un muchacho, ataviado con una campera de Bella Vista, caminaba rumbo a la América. Le salió al cruce una muchacha que, sin mediar palabras, le pegó una trompada y lo empezó a insultar mientras arengaba a su equipo, Nacional. Le pegó una, dos y tres veces hasta que se le sumó otra mujer para agredir al joven. Este no se defendió y se dejó pegar.

Dos policías que ocupaban su puesto en la zona de exclusión entre Colombes y América vieron todo el episodio. El muchacho les reclamó su actitud pasiva. Dos policías motorizados se acercaron para preguntar qué había sucedido. Y uno de los policías le informó: “Le pegaron dos minas ahí adelante”. “¿Es de Peñarol? ¡Bien pegada!”, dijo uno de los motorizados que en lugar de ir a detener a las agresoras tomó el tema en broma.

Antes del partido fue detenido un reconocido vendedor de alfajores que arenga a los hinchas de Nacional. El parcial intentó ingresar sin entrada en el palco y lo frenó la acción policial. Fue esposado y lo pusieron de rodillas a metros del palco principal a la espera de ser trasladado.

Los hinchas de Nacional que habían comprado boletos para ocupar un sector de la tribuna Olímpica fueron retirados del lugar por parte de la Policía y trasladados a Colombes y América.

Cuando salieron los equipos al campo de juego se lanzaron, desde el talud, cientos de fuegos artificiales por parte de las dos hinchadas.

Luego del primer gol de Peñarol, un grupo de parciales de Nacional apostados en la Colombes lanzó una bomba contra los aurinegros. Tres estruendos explotaron sobre la cabeza de un grupo de personas.

Después tiraron una bomba brasileña que cayó en la Olímpica pero en la zona despejada de hinchas producto del vallado.

Y cuando estos episodios ocurren, el ojo por ojo ciega la razón. Después del tercer gol tricolor, desde el tercer anillo de la Ámsterdam voló una bengala que cayó en la parte alta de la Colombes. A lastimar lo que venga.

Felizmente los jugadores vencidos se comportaron debidamente y asumieron la derrota sin desbordes de violencia.

No pasó lo mismo con los encargados de seguridad de Nacional, que la emprendieron con el fotógrafo de El País, Julio Barcelos, cuando le tomaba fotos al lesionado Jadson Viera.

Hinchas que se agreden entre sí con cortes, mujeres que salen a golpear invocando el color de una camiseta, efectivos policiales que se burlan de cara a la violencia.

Se produce una sensación que invita a pensar que la agresividad es patrimonio exclusivo de ciertos sectores de la sociedad.

A la salida de la América un hombre se dirige a un auto paquete. Le suena el celular. Atiende desencajado: “¿Qué querés, para qué llamás, no te das cuenta que perdió Peñarol?”. Entonces la cultura de la violencia termina de revelarse.

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