“Mañana la va a ver Tabaré”; esa frase la escuché varias veces, hace muchos, muchos años, cuando mi madre me avisaba con esperanzas, que mi prima Raquel tenía consulta médica con el oncólogo Tabaré Vázquez. Esa consulta era especial; como si se tratara de un brujo de una tribu, se esperaba algo más que un diagnóstico, como si la pudiera sanar. Mi familia materna, de origen italiano calabrés, no era para nada religiosa, pero había una cuestión de fe en esas consultas médicas, más que de confianza en el profesional.
Lo consideraban una eminencia, pero más que eso, un generador de esperanza.
Raquelita murió y la lloramos, por la injusta vida que la arrancó de cuajo tan temprano, pero jamás hubo insinuación de reproche al médico, sino agradecimiento por asumir que había hecho todo lo posible.
Se lo sintió cercano, comprensible, como parte de la lucha contra ese maldito tumor.
El Observador
Pasaron un par de años y comencé a tratar al político Vázquez cuando dirigía las finanzas de la campaña por el “voto verde”, y en cada conversación en la vereda, no sentía que estaba frente a un político. Tampoco era el médico que impone respeto y cierto distanciamiento; daba cercanía.
Su entusiasmo era mayor al conversar sobre medicina, sobre tabaquismo, o sobre pintura del impresionismo, que sobre cuestiones puntuales de la política.
Cuando el Frente Amplio sufría la ruptura del ´89 y la derrota en el referéndum de abril de ese año, cuando la desesperanza ganaba la izquierda, Tabaré apareció como salvador.
Aquel año fue el que generó hechos políticos más trascendentes y de mayor proyección, porque ese fue el año en el que Vázquez entró a la política misma, el año en el que Danilo Astori emergió como nuevo líder en proyección (con aquel discurso vibrante, de “esto se sigue llamando revolución”), y en el que José “Pepe” Mujica entraba finalmente al Frente Amplio.
Ellos tres serían decisivos en todo lo ocurrido hasta este mismo año.
Mariano Arana no quiso repetir lo de 1984 y el Frente salió a buscar nuevo candidato.
Asomó el nombre de Vázquez, no como favorito, pero fue quedando mientras otros eran votados por unos grupos y rechazados por otros.
En una charla informal con Líber Seregni, el líder del Frente Amplio me dijo que se convencía que Tabaré era el indicado y cuando le pregunté por qué, el general me dio una respuesta simple: “El cree que puede ganar”. Y la mayoría frenteamplista pensaba que la ruptura de la coalición les alejaba del sillón municipal.
Lo eligieron como candidato y arrancó con una campaña diferente, con el sello personal de “delo por hecho”, respecto a promesas de campaña, y fue una usina de esperanza para la mayoría de los montevideanos.
Era la quintaesencia de la uruguayez: nieto de inmigrantes, criado en barrio-barrio, futbolero, le gustaba el mate, la murga y el candombe; era producto de la movilidad social ascendente orgullo del país, y por camino profesional y por nombre de pila, parecía salido de un drama de Florencio Sánchez y de un poema épico de Zorrilla de San Martín.
Tras ser presidente dos veces, pasó la banda a un adversario, con cultura republicana, sonriente por la ceremonia institucional, pese a la derrota electoral de su partido.
Y sabiendo que esperaría la muerte en su casa del Prado, se mantuvo vivo en charlas virtuales por redes sociales mientras pudo.
Era doctor, pero no le decían “dotor”; era más médico que político, pero sobre todo era un hombre que manejaba muy bien ese don de generar esperanzas. Eso lo ayudó a ser uno de los principales líderes políticos de la historia partidaria uruguaya.
Y por eso de transmitir confianza y cercanía, siempre lo llamaron por el nombre y no el apellido: simplemente Tabaré.