8 de octubre de 2014 17:02 hs

Cuando a mediados de la década de 1990 el cine francés parecía languidecer entre los creadores de blockbusters de segunda línea (cuyo emblema principal es Luc Besson), que quieren pero no pueden ser Hollywood, y algunas viejas glorias achacadas de la nueva ola (como el gran Eric Rohmer), que daban señales de talentoso cansancio, apareció en ese panorama el nombre de Laurent Cantet.

Y como un boxeador veloz y de golpe certero, pegó dos piñas que conmovieron a todo el que tuviera una mirada atenta. Las películas fueron Recursos humanos, filmada en 1999, y El empleo del tiempo, de 2001. En solo dos películas, Cantet redimensionó el cine de su país, y pasó a centrar sus historias en las relaciones entre los personajes y sus formas de ganarse la vida. Los describió dentro del mundo del trabajo.

Recursos humanos pone sobre la pantalla la disyuntiva dramática de un hijo que luego de estudiar en la gran ciudad vuelve a su pueblo y es parte del proceso de reconversión de una empresa donde trabaja su padre, que de forma inevitable cae dentro del plan de reducción horaria que craneó el nene ahora vuelto yuppie.

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En El empleo del tiempo, la tensión está más asordinada pero es todavía más fuerte y atroz. Un ejecutivo de una empresa transnacional con sede en Suiza recibe la noticia de que acaban de despedirlo. Incapaz de comunicarle el hecho a su familia, el protagonista decide mantener la misma vida que llevaba hasta ese momento y gastar horas y horas de sus días vacíos en manejar su auto por autopistas alpinas escuchando música clásica a todo volumen. Esa es su sofisticada respuesta a un sofisticado mundo que acaba de escupirle la cara y desecharlo.

Ya dentro de la primera década del siglo XXI, Laurent Cantet metió su cámara dentro de otros contextos y pasó a querer explorar otras realidades. Por ejemplo, en Bienvenidas al paraíso, de 2005, un grupo de mujeres cincuentonas comandadas por la actriz Charlotte Rampling llegan a las voluptuosas y caribeñas playas de Haití para pasar un fin de semana de descontrol y lujuria, alejadas de sus maridos que ya no les prestan atención. De nuevo, la mirada de Cantet apunta a una realidad incómoda: las mujeres comparten a los jóvenes haitianos, a quienes les pagan sumas de dinero para ellos exorbitantes, por un poco de sexo y de caricias que añoran hace tiempo.

En Entre los muros, de 2008, la acción se traslada a una clase en un liceo de un suburbio de París. Los personajes son los alumnos y el profesor de francés que pasa un año lectivo con ellos, compartiendo sus problemas y sus esperanzas. Su siguiente filme fue Foxfire, adaptando una novela de Joyce Carol Oates sobre una banda de chicas criminales.

En 2012, Cantet desembarcó en Cuba para filmar Siete días en La Habana, una película coral que se desarrolla a lo largo de una semana en la capital de la isla. Allí dirigió el último corto. Varias de esas historias estaban basadas en guiones del novelista cubano Leonardo Padura. A partir de esa amistad, Cantet volvió a Cuba para filmar su película más reciente: Regreso a Ítaca.

Se trata de la historia de un cubano que retorna a su patria luego de varios años de exilio para descubrir que el pasado está mucho más presente en su vida de lo que creía. Los cubanos Jorge Perugorría e Isabel Santos son los protagonistas de esta película que se acaba de estrenar en el Festival de Cine de Venecia y que promete una nueva mirada de Cantet sobre un aspecto de la realidad de ese país que demuestra un mayor grado de apertura hacia la crítica y hacia los ya desde hace años innegables problemas congénitos de la revolución de los Castro. A cruzar los dedos y esperar su pronto estreno en salas uruguayas.

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