El niño abraza al papa Francisco como a esas cosas que nunca se alcanzan. El papa le devuelve el abrazo, le acaricia el pelo, lo ayuda a bajar del papamóvil. El niño le lanza un último beso y después se pone a llorar con las manos apretadas contra su pecho.
A esta gente, según parece, no hay un solo hecho en la historia de la fe que la conmueva, ni hay un solo gol que la haya hecho gritar aunque sea un poco. Son intelectuales, en el peor sentido de la palabra, aunque parecen haberse dedicado a leer manuales en lugar de libros.
Probablemente, algunos de ellos son los mismos que salieron a buscar mierda apenas se conoció el nombre del nuevo papa y se ensuciaron las manos con fotos falaces en las que aparecían otros obispos comulgando con dictadores.
En este blog somos hinchas de Francisco desde que se asomó al balcón y, en otro orden de cosas, todavía tenemos alguna fe puesta en el fútbol. Por eso, pedimos permiso para ablandarnos un poquito ante la emoción de ese chiquilín que pudo abrazar al hombre que, según le dijeron, es el representante de Dios en la tierra, para luego volver a los brazos de un ser humano al que no le molesta andar por la calle con la camiseta número 10 de la selección de Brasil (hay de todo en la viña del Señor).
Es probable, y sería una lástima, que no haya ningún dios guiando los pasos del argentino Jorge Bergoglio. Pero si Francisco solo fuera eso –un tipo bárbaro con un montón de buenas intenciones-, si solo hubiéramos presenciado la instantánea de un anciano ganándose la atención de un niño, y de un niño abrazando una ilusión que, durante un minuto, fue real; si sólo se tratara de eso, digo, ¿qué más precisa la gilada para suspender, aunque sea por un ratito, la incredulidad que los empuja a ensañarse con un módico milagro?