Al que le interese la historia cultural uruguaya o simplemente la historia patria, no debería dejar de leer el Diario del Sitio de Montevideo, de Francisco Acuña de Figueroa. Se trata de una colección de más de quinientos sonetos que le corresponden a cada uno de los días en que la capital de la Banda Oriental estuvo sitiada, primero por orientales encabezados por Rondeau, luego por José Artigas y después por el ejército porteño.
Desde mediados de 1811 hasta mediados de 1814, la ciudad estuvo a merced de quienes la rodeaban, bajo el fuego enemigo que obligó a sus habitantes a los esfuerzos y las penurias más extremas. Quien luego sería el autor de la letra del himno nacional estaba entre los fieles a la corona española y aborrecía la causa independentista. Pero esto es anecdótico, porque luego de pasados unos años, escribió amplios elogios a la nueva república independiente.
La historia de Acuña de Figueroa dentro de Montevideo (quizás Bartolomé Hidalgo pasara las mismas penurias económicas en el campo sitiador) es una de las primeras en la que un intelectual oriental (y luego uruguayo) recurre a un empleo público como forma de subsistencia.
Acuña de Figueroa fue funcionario de Aduanas durante el dominio colonial español. Luego de un exilio en Río de Janeiro y una vuelta a la ciudad se plegó al poder brasileño durante la Cisplatina. Ante cada cambio en el poder, el poeta apremiado por deudas rogaba por una salvación bajo el ala estatal, que en general le correspondía con cargos de diverso prestigio, algunos dignos y otros meramente figurativos.
Siempre buscó el refugio pecuniario del empleo público como forma de sobrevivir a los avatares de una vida dedicada a la escritura.
Eso mismo sucedió con otros escritores, como Julio Herrera y Reissig, que antes de despreciar y prohibirles a los uruguayos la entrada a su Torre de los Panoramas, antes de ponerle, junto a Roberto de las Carreras, el mote de Tontovideo a la ciudad que lo vio nacer y morir, había sido empleado público con la influencia del tío (hay quienes dudan si no sería su padre), el presidente y caudillo civil colorado Julio Herrera y Obes.
Cuando desplazaron a su tío, Herrera y Reissig, en un acto de orgullo familiar, decidió renunciar a su cargo y el nuevo presidente, José Batlle y Ordóñez, decidió no convocarlo de nuevo cuando se hizo del poder.
Y otros ejemplos, como el citado de las Carreras, surgen cuando se repasan algunas otras vidas de escritores y otros artistas que ante la oquedad de un contexto como el uruguayo, que valora los mitos cuando estos ya son de ceniza, pero que siempre ha mirado con desconfianza y cierto desprecio a los artistas cuando estos están en necesidad.
Juan Carlos Onetti se las arregló como funcionario, pero su naturaleza anárquica hizo que huyera del sistema público. Otros quedaron atrapados en esa red de favores y agradecimientos.
Aclaremos que ser empleado público no es un delito. A veces las amistades o las fidelidades se pagan o se premian de esa forma. Pero que muchos artistas, a lo largo de las épocas, hayan tenido que subsistir realizando una tarea ajena a su creatividad y su talento no es para aplauso.
Algo de esta triste tradición histórica a la que me refiero sigue vigente en este Uruguay del siglo XXI, supuestamente tan alejado de aquel Montevideo sitiado de comienzos del XIX. Porque la cultura sigue estando arrumbada a un costado, fuera del discurso de los principales dirigentes y gobernantes.
Entonces los artistas hacen malabarismos y buscan como caminantes en el desierto un oasis de seguridad en un cargo público. Y no entienden que ese mismo oasis que los hace vivir es el que los encarcela en un ambiente nocivo, digno de Franz Kafka, que todavía funciona a la perfección en todas las oficinas públicas.