Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

El principio de oportunidad y ladri di biciclette

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20 de enero de 2019 a las 05:02

El principio de oportunidad
 

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del Trinity College.
Estimado Leslie

 


Nunca dejo de maravillarme ante el hecho de que siempre existe una ocasión para aprender algo nuevo, todo el tiempo y a lo largo de toda la vida.  Así fue como recientemente supe de una figura jurídica particular, aplicada en el Código del Proceso Penal y conocida como “Principio de Oportunidad”. 

El incidente que motivó este descubrimiento sucedió en la rambla de Malvín –uno de los barrios que bordean la costa del Río de la Plata en Montevideo– cuando un hombre tomó una bicicleta ajena y salió corriendo hasta tropezar y caer al suelo, momento en el que fue apresado por unos guardias costeros. El hecho generó cierta controversia cuando la fiscal, aplicando la citada figura jurídica, dispuso la inmediata liberación del eventual ladrón.  El Principio de Oportunidad se puede interponer cuando se dan ciertas condiciones, tales como delitos de poca entidad que no comprometen gravemente el interés público. En declaraciones a la prensa, fiscales y demás especialistas alegan la utilidad de este principio para descongestionar el proceso del sistema penal y poder asignar los recursos de la Justicia a la persecución de los delitos más graves. 

Desde otra perspectiva, sin embargo, el Principio de Oportunidad también puede ser concebido como un recurso que ofrece a las personas la posibilidad de retractarse y evitar, así,  la reincidencia en futuros comportamientos ofensivos. En efecto, las faltas pueden ser siempre una ocasión para el aprendizaje como lo advirtió ingeniosamente Vittorio Gassman, “El único error de Dios fue no haber dotado al hombre de dos vidas: una para ensayar y otra para actuar”.  Así, para compensar la imposibilidad de vivir dos veces, el Principio de Oportunidad nos estaría concediendo una ocasión para actuar bien, tras un ensayo malogrado o imperfecto. 

Le confieso que hay en mí una propensión irresistible a recurrir a la etimología para examinar el sentido de las palabras –esta es una tendencia que me ha inculcado Nietzsche- y rastreando el origen de la palabra “oportunidad” descubrí que alude a la idea de apertura, una puerta o abertura (portus) que nos permite salir del lugar en el que nos encontramos colocados.

Por esto creo que el Principio de Oportunidad refleja una visión humanista de las condiciones que encuadran nuestro siempre perfectible comportamiento y es, así, claramente justo.  Como bien lo enseñó Aristóteles, la virtud es la racionalización de la parte irracional del alma, su domesticación. No nacemos virtuosos sino que nos vamos haciendo a través del aprendizaje y puesta en práctica de hábitos buenos.  A diferencia de Platón, Aristóteles creía que la moral –y la posibilidad de hacer el bien- no depende únicamente de la teoría, sino que requiere también de la educación que busca introducir la razón en las costumbres y prácticas humanas.  Debemos aprender que no siempre es conveniente satisfacer irreflexivamente nuestros deseos y para esto se requiere la acogida del método de ensayo y error,  la forma de aprendizaje más extendida y natural.  Por eso me gusta creer que el ladrón de bicicletas de la rambla de Malvín aprovechará el beneficio otorgado por el Principio de Oportunidad para reflexionar y comprender que robar no es precisamente el camino que conduce al bienestar y la felicidad. 

Pero igualmente entiendo el carácter harto optimista -hasta ingenuo, podría aducirse- de mi presuposición. Porque en vistas de las condiciones que hacen a nuestra realidad actual, lo más congruente sería presumir que el susodicho malhechor interpretó su inmediata liberación como una forma de “salirse con la suya” y que seguramente reincidirá en la intención de cometer otro delito.  En una sociedad aquejada por un exceso de permisividad, la oportunidad puede ser fácilmente confundida con el oportunismo arribista. El ladrón de bicicletas –se dirá, y con cierta razón- difícilmente advertirá la salida, porque es muy probable que carezca de las herramientas necesarias para reflexionar y comprender que su comportamiento no es bueno ni justo. Así,  estará condenado a ser uno más en la lista cada vez más dilatada que sigue a la pregunta formulada por Auster en el epígrafe de esta carta.  Pienso que esto es ciertamente funesto, y terriblemente injusto.  

Pero igualmente entiendo el carácter harto optimista -hasta ingenuo, podría aducirse- de mi presuposición. Porque en vistas de las condiciones que hacen a nuestra realidad actual, lo más congruente sería presumir que el susodicho malhechor interpretó su inmediata liberación como una forma de “salirse con la suya” y que seguramente reincidirá en la intención de cometer otro delito. 

 

Ladri di biciclette
 

Por Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford.
Querida Magdalena

¿Recuerda usted el film que da título a esta respuesta mía? En una época, era considerado un clásico del cine, pero es difícil que hoy alguien (no siendo usted) recuerde su mera existencia, en un mundo en el que, de las 5 películas más vistas en 2018,  hay cuatro de superhéroes y una de dinosaurios. Digamos brevemente su argumento. 

En la post-guerra romana a Antonio Ricci le roban la bicicleta que es esencial para realizar su trabajo de pegar carteles publicitarios en la vía pública. Después de buscarla por muchas partes, casi atrapar al ladrón y consultar adivinos estafadores, Antonio va por la calle acompañado por su hijito Bruno y, desesperado, intenta robar otra bicicleta. La cosa parece fácil pero no lo es: una multitud lo persigue y lo alcanza, y Antonio sólo se libra de ir a la cárcel por los ruegos y los llantos del pequeño Bruno. Como en muchas películas de De Sica, cuando la desesperanza emerge amenazadora y conclusiva, al final es vencida por una sutileza en la que el genial director apenas insiste: aunque todo se ha perdido, o parece perdido, padre e hijo regresan caminando juntos a casa, al atardecer.

Debo al optimismo dogmático de Louis Lush, un buen amigo de mi padre, haber visto Ladri di biciclette, a los 12 años. Esto era típico de Louis, un self made man que se había instruido a sí mismo, sin intermediación de instituciones académicas de ninguna clase. A los 20 años, se dio cuenta que aquél era el momento preciso de su vida en el que tenía que decidir si iba a ser una persona de provecho, o un malandrín: y decidió ser una persona honesta. Pero pensó que para eso tenía que instruirse y leer. A la primera ocasión, fue a unos puestos donde se vendían libros viejos y vio un libro que le llamó la atención. Así compró el Fedro, de Platón -uno de los dos diálogos sobre el amor. ¡De día lo leía, y de noche se lo explicaba a su novia o al pequeño grupo de amigos con los que salía a comer o al cine!… Los siguientes libros que compró por intuición fueron Un mundo feliz y El lobo estepario. 

Louis me llevó al cine, con su mujer Isabelle, consciente de mi inconveniente juventud, pero confiando en un milagro cultural como el que él mismo había vivido, o confiando en que el futuro y la memoria me darían, con el tiempo, acceso a lo que, con toda seguridad, aquella tarde se me escaparía por completo. 

Y tuvo razón. La experiencia de ver el film fue para mí cier-tamente penosa y aburrida; pero luego llevé conmigo cada fotograma a cualquier lugar adonde he ido. A lo largo de los años he sacado de allí muchas enseñanzas que considero extremadamente útiles. Pero quizás la más importante es que la película no se termina con la caída de Antonio, sino con el regreso a casa.
La vida como regreso es el argumento de nuestras vidas. Y la redención no es otra cosa que volver a casa. Ítalo Calvino ha analizado la Odisea desde esa perspectiva, enseñando las muchas veces que Homero habla de “cantar el regreso”, pero sobre todo, de “no olvidar el regreso”. Como hemos discutido aquí mismo, el Hijo Pródigo no quiere terneros asados, sino volver a casa; en una delicadísima imagen evoca solamente el pan de la casa de su padre.

Por otro lado, la vida no es una película. Pero ese hombre que no pudo robar una bicicleta en Malvín y del que ignoro casi todo, hay algo de él que no ignoro, y es que es mucho más que el acto equivocado que da motivo a su artículo.
Mi madre era una indultadora serial, al punto que no puedo recordar que jamás haya llevado a cabo ninguno de los castigos con que alguna vez nos amenazaba. Mi padre, en cambio, creía en la pedagogía del castigo. No en la posibilidad de la justicia, pero sí en la necesidad de la reparación. Y pensaba que el que se portaba mal tenía derecho a una “paternal amonestación”.
No sé en qué marco aplica el criterio de oportunidad la justi-cia uruguaya. Muchas supuestas doctrinas humanitarias sólo esconden la pereza social de tener que ocuparse de reformar las vidas torcidas. 

Sin embargo, puedo decirle por experiencia que, para el que ha caído, lo más importante no es el tecnicismo de la pena aplicada u omitida, sino que se camine junto a él y se lo ayude a regresar a casa al atardecer. 


 

 

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