Mundo > Crisis en Venezuela

El régimen de Maduro y la hora final

El asunto ya no parece ser si va a caer o no, sino cuándo

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02 de febrero de 2019 a las 05:00

Cae el telón para la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela. El plan orquestado entre la Casa Blanca, la disidencia venezolana encabezada por Juan Guaidó y la cancillería de Canadá ha provocado que los hechos se precipiten a una velocidad de vértigo. Tanto, que se hace difícil a estas horas escribir sobre ello sin ser superado por unos acontecimientos que se agolpan como grandes escombros violentados por un terremoto.

Al cierre de esta edición, el régimen se encuentra virtualmente acorralado en Caracas. Mientras Estados Unidos y el Reino Unido estrangulan sus finanzas y se suman los gobiernos que reconocen a Guaidó como presidente interino, Maduro amenaza con un “nuevo Vietnam”, hace unos torpes despliegues de ejercicios militares, detiene a periodistas extranjeros y las fuerzas represoras siguen matando civiles en las calles. Una clara señal de que la dictadura da sus últimos estertores, aun cuando parece decidida a resistir hasta el último aliento.

El jueves pasado al mediodía en Bruselas, le apretaron una clavija más al torniquete que se cierne sobre el régimen. “Es un placer anunciar que el Parlamento Europeo reconoce a Juan Guaidó como legítimo presidente interino de Venezuela”, dijo el presidente de la Eurocámara, Antonio Tajani, al anunciar la abrumadora votación ante el aplauso cerrado del hemiciclo. Esto pone una presión adicional sobre el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, que le había dado a Maduro un inopinado (tal vez, iluso) ultimátum para que este convocase a elecciones en ocho días. De no hacerlo, el madrileño también reconocería a Guaidó. Así, el plazo vencería este sábado, aunque Sánchez podría haberlo dado por concluido el mismo lunes, cuando Maduro le dijo que si quería elecciones, las hiciera en España.

Cuando el fin de semana, Europa como un todo termine de cerrar filas en torno a Guaidó, Maduro podría tener las horas contadas. En el hemisferio, solo le quedarían los gobiernos de Uruguay y México, que se han declarado neutrales; y en el mundo, el respaldo de Rusia y China que lo apoyan sin fisuras. Pero ahora mismo se ve difícil cómo se pueda materializar ese apoyo. Maduro en breve se va a quedar sin cash para sostener el aparato represivo, toda vez que Washington le ha cerrado la canilla de los petrodólares. Lo que más necesita en este momento es plata. Y entre Pekín y Moscú ya le han dado más de US$ 70.000 millones, que Venezuela nunca devolvió. Para colmo, todo el petróleo que embarca hacia la China (unos 330 mil barriles diarios) son a cuenta de esa deuda, y el régimen no ve un dólar. Llegado el caso, no está claro cómo lo puedan ayudar, como no sea brindándole asilo.

La víspera del contundente voto en el Parlamento Europeo, los gobiernos de Uruguay y México convocaban a una cumbre sobre Venezuela, a realizarse el próximo jueves 7 en Montevideo, “para establecer un nuevo mecanismo de diálogo”; algo que rechaza el 85% de los venezolanos. “Uruguay y México invitan a conferencia internacional sobre la situación en Venezuela”, rezaba el comunicado de la cancillería uruguaya, que al subirlo a su cuenta de Twitter, desató la ira de los usuarios venezolanos que le tapizaron el hilo de improperios. Ambos países daban la sensación de dos albañiles reparando el muro de Berlín la noche antes de su caída.

Y es que los venezolanos no quieren ni oír hablar de “diálogo”, algo que Maduro ha usado sistemáticamente desde 2014 para enfriar las calles, darle aire a su régimen tras períodos de brutal represión y mantenerse en el poder sin hacer una sola concesión. Lo intentó el nuncio apostólico, lo intentó luego el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos, lo intentó el papa, lo intentó Rodríguez Zapatero. Y Maduro nunca cumplió en cinco años. Por eso ya nadie cae en la trampa del diálogo; y por eso también la sola mención de la palabra es un insulto para los venezolanos.

Además, eso de referirse a “las partes en disputa”, o “las partes en pugna” para promover el diálogo es colocar en un plano de igualdad a un gobierno represor y al pueblo reprimido. Algo que parece inadmisible. ¿Dónde se vio? 

No se trata de apoyar una intervención militar de Estados Unidos —algo que no parece plausible en Venezuela— ni lo que han sido las nefastas políticas de los halcones de Washington, o la fantochada del consejero de Seguridad Nacional John Bolton, exhibiendo descuidada y cuidadosamente un apunte que sugería el envío de “5.000 hombres a Colombia”. Ni siquiera se trata de apoyar a la oposición venezolana. Se trata simplemente de condenar sin rodeos a una dictadura en el continente, algo a lo que Uruguay y México están obligados por compromisos adquiridos. Ambos países son parte del Sistema Interamericano; por ende, signatarios de la Carta Democrática. Estamos hablando de ejes rectores en la política exterior del continente, sobre los que Uruguay además ha sentado doctrina. No son compromisos que se puedan saltar alegremente a la garrocha.

Porque más allá de todo el ruido de estas horas, más allá de la pugna geopolítica en torno a Venezuela, más allá de los intereses de Estados Unidos, más allá de la lucha ideológica, más allá de los políticos que en cada país tratan de llevar agua a su molino, hay una realidad que pone a los Estados ante un imperativo moral: en Venezuela hay una dictadura. Una dictadura que viola los derechos humanos, encarcela y proscribe disidentes, mata a manifestantes en las calles y ejerce el terrorismo de Estado. Los muertos se cuentan por centenares, los presos políticos por millares, los exiliados y los hambreados por millones. Mirar para otro lado de esa realidad es faltar a ese imperativo moral y traicionar al pueblo de Venezuela.

Por lo demás, ni Maduro es Hugo Chávez, que gozaba de un amplio respaldo popular, ni Guaidó fue parte de la oposición venezolana que en 2002 impulsó el repudiable golpe fallido contra el extinto líder bolivariano. La historia está hecha de decisiones ante trances únicos e intransferibles. Eso del “eterno retorno” es una broma que Nietzsche le jugó al tiempo. Los hechos no se repiten. El gobernante debe asirlos cuando se presentan; y más le vale en su decisión no quedar del lado penoso de la historia, donde van a parar los de triste memoria.

Los motivos de López Obrador para seguir buscándole la cuadratura al círculo vicioso del diálogo en Venezuela los ha tratado de explicar el presidente mexicano alrededor del principio de no intervención y de una “autodeterminación de los pueblos” que en la Venezuela de Maduro más parece un chiste de mal gusto. Como sea, su postura, al margen de las críticas usuales de la política, no ha sido objeto de cuestionamientos en el plano personal o monetario. A nadie se le ocurre acusar a AMLO de haber hecho negocios con el gobierno de Venezuela.

No es el caso de Tabaré Vázquez. El presidente ha sido muy cuestionado estos días por los negocios millonarios que empresas uruguayas vinculadas a su hijo Javier hicieron con el gobierno de Hugo Chávez. El asunto tomó estado internacional cuando el pasado lunes el excanciller mexicano Jorge Castañeda lo mencionó en uno de los periodísticos de Televisa. “El hijo del presidente Tabaré ha hecho una enorme cantidad de negocios en Venezuela (…), y está embarrado hasta el cuello con las transas venezolanas”, dijo Castañeda en el programa La hora de opinar.  Si esa es la verdadera motivación del gobierno, sería irresponsable por anteponer oscuras razones personales a la dignidad del pueblo uruguayo, que no quiere complicidades ni antojadizas omisiones a la hora de condenar una dictadura en el continente. En México, sin embargo, la enorme mayoría parece apoyar la decisión de López Obrador. Lo que no quita lo cuestionable de la medida.

Sin embargo, nada de ello parece a esta altura suficiente para lograr la enésima salvación del régimen de Maduro. Cuando este sábado 2 ingrese la ayuda humanitaria a Venezuela –con el apoyo de la comunidad internacional– y se cumpla el ultimátum europeo, Guaidó encabezará una marcha más contra el régimen que bien podría ser la última. Después de tantos años de matoneo, muerte, hambre y represión, parece que finalmente le llegó su hora.  

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