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El secreto mejor guardado

Ella guardaba un secreto que no se animaba a revelar. El tenía escondido algo inconfesable.

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23 de julio de 2013 a las 00:00

El amor sobrevive a todas las verdades, dicen algunos. El amor necesita de secretos, postulan otros. Los amantes no pueden tener cosas ocultas. En esto último coincidíamos con Carlos y, sin embargo, cada cual tenía su propio misterio.

-Laura, es algo que me avergüenza y que no me animo a contártelo. Un poco más adelante, cuando tengamos más confianza… Pero tengo miedo de que me dejes de querer, me dijo el mismo día en que nuestra relación cumplía un año.
Yo le dije que no se hiciera problemas, que yo también tenía una verdad que me avergonzaba y que no me animaba a revelársela. Que algún día juntaríamos nuestras valentías y nos zamparíamos en la cara esas cosas terribles que nos desgarraban el alma.

Nunca me animé ni siquiera a imaginar qué era lo que Carlos guardaba bajo siete llaves. Pero estaba segura de que ese espanto debía ser, sino similar, igual de devastador que el mío. Carlos era un hombre seguro de sí mismo, un devorador de libros que siempre tenía una respuesta para cualquier cosa. Entonces ¿qué cosa lo condenaba a ese silencio que amenazaba nuestro amor?

Yo soy una mujer insegura hasta la lástima aunque trato de que no se me note. Y, además, soy una criminal. ¿Cómo contarle a Carlos que una vez, borracha hasta la náusea, discutí con una amiga a la salida de un baile y la terminé asesinando?

Le di con una botella vacía en la frente, resbaló, cayó de espaldas y se rompió el cuello. La vi sangrar por la boca, atorarse y dejar de respirar. Me fui corriendo hasta mi casa y me encerré durante varios días. Nadie sospechó de mí.
Al poco tiempo el asesinato le fue encajado a un pobre hombre al que la Policía necesitaba cargarle alguna culpa. De esto hace más de dos años. Hasta que conocí a Carlos y, entonces, sentí la necesidad de vivir toda mi vida al lado de él.

Además, encontré refugio en su secreto, en su imposibilidad de revelar eso tan grave que le pasaba. Nuestros pecados, aunque tal vez diferentes, eran inenarrables. Y su revelación nos igualaría, nos dejaría en las mismas condiciones para continuar ejerciendo nuestro amor.

Un día, ese día fue ayer, resolví enfrentar nuestros secretos. Escribí en una carta hasta los detalles más pequeños del crimen cometido, la encerré en un sobre y, sin avisarle, me fui hasta la casa de Carlos.

-Acá está mi verdad, le dije extendiéndole el sobre. Y lo conminé a decirme la suya antes de abrirlo.
Me miró con unos ojos espantados y aceptó el escrito.
-Está bien. Espero que me perdones. Ahí está mi secreto, dijo y señaló un pequeño mueble con dos puertas de madera.
Desde que lo conocí a Carlos nunca se me ocurrió abrir ese arcón que siempre estuvo a la vista de cualquiera.

-Abrílo. Y te pido que me perdones, me dijo temblando. El sobre en sus manos, con mi verdad escrita, temblaba más que él.
Sentí miedo. Pensé en sangre, me imaginé huesos, y otras cosas oscuras. Con cuidado me agaché y, muy despacio, abrí las dos puertas de madera. Adentro había decenas de discos de pasta, de cedes y de cassettes.
-¿Qué es esto?, le pregunté.
-Soy fanático de Sandro, me contestó.
-¿Qué?
-Sí, me gustan mucho las canciones de Sandro. Desde hace años. Espero que lo entiendas y, si no, mala suerte, me respondió ganando una valentía seguramente nacida del alivio del secreto ya revelado.

-Es así, Laura. ¿Qué le vas a hacer? Tengo la colección completa…Todos somos débiles, todos llevamos este tipo de vergüenzas encima. Ya está. Estoy seguro de que lo tuyo debe ser una nada. Te propongo que nos perdonemos, que elijamos la cartelera de algún cine continuado, que salgamos a mirar vidrieras…, prosiguió mientras yo intentaba salvarme del desmayo.
Me miró, sonrió con timidéz, pidió perdón una vez más, y empezó a abrir el sobre.

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