5 de agosto de 2012 21:31 hs

Usain Bolt ya jugueteó con la cámara y protagonizó ese duelo tan especial que disfruta previo a cada carrera a través de las pantallas gigantes del estadio olímpico. Sus morisquetas promueven el delirio de la tribuna. Entonces el jamaiquino agrega más a ese unipersonal, como si el desafío de los 100 metros solo se tratara de un paseo sobre la pista olímpica, para la que sus otros siete rivales se concentran para no descuidar ningún detalle.

Bolt boxea frente a la cámara, saluda, gesticula, como si estuviera listo para todo, y el bullicio de la tribuna se multiplica. Se divierte. Es el centro de todas las miradas. Por algo es el hombre más rápido del planeta. Pero tiene que demostrarlo otra vez. Los ocho más rápidos de Londres 2012 se acomodan para largar. De pronto, el estadio queda en silencio, en ese instante único, que muy pocos son capaces de lograr y que se repite cada cuatro años en la prueba más importante de los Juegos Olímpicos.

Es increíble, porque parece imposible que algo o alguien sea capaz callar a las 80.000 personas que colmaron el estadio olímpico. Parece Wimbledon en la final de tenis de Murray y Federer. Solo los flashes repican de un lado a otro de la tribuna. Todo es silencio hasta que el disparo que larga el hectómetro hace explotar el estadio como si hubiera un campeón del mundo.

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Son menos de 10 segundos a puro vértigo y otra vez Bolt, el mismo que en Beijing 2008 paró el reloj en 9”69, y sorprendió al mundo porque cruzó la meta con tiempo suficiente para jugar con la tribuna en los últimos metros. Otra vez el jamaiquino, y nuevamente con récord olímpico, ahora en 9”63 para los relojes, se lleva el oro y sigue escribiendo la gran historia del atletismo mundial.

Esta vez no tuvo tiempo para distraerse en otros detalles, porque Yohan Blake, Justin Gatlin y Tyson Gay no le dieron chance de nada, pero, con autoridad y la potencia que impone en cada zancada, acelera y se distancia del resto. Estuvo lejos de imponer el mejor tiempo de reacción en la largada, pero su secreto está en la velocidad que sabe marcar apenas comienza a recorrer los 100 metros.

En plena carrera hacia la meta, el estadio se viene abajo al grito desenfrenando de los miles de espectadores que con el mismo vértigo que Bolt en la pista, transforman el más absoluto silencio en un incontrolable jolgorio. Es la fiesta del atletismo, es la celebración máxima del deporte. Es la velocidad pura, mejor desarrollada en las competencias olímpicas.Otra vez Bolt es el más rápido en los Juegos Olímpicos y a los 25 años se transforma en bicampeón.

No hay nadie más rápido que él, ni Blake, que le había ganado dos veces este año, ni Powell, Gay, Gatlin, Bailey, Thompson y Martina porque todos parecen correr en cámara lenta frente a la acción del más rápido del planeta.

Bolt completó otra obra con sello y disfruta. Lo disfruta nuevamente con su público. Besa la pista, se abraza con los suyos, se saluda con el resto, mientras se pierde entre decenas de fotógrafos y camarógrafos que quieren registrar ese momento único. La pantalla gigante anuncia su consagración y allá arranca con la vuelta de honor, en la que el estadio, el mismo que estuvo en silencio y luego explotó en un solo grito, le brinda el tributo más impactante que haya recibido un atleta en Londres 2012.

No es para menos. El hombre más rápido del planeta completó otra de sus obras. Y no habrá otro igual.Mientras la pantalla de televisor que tengo frente a mi pupitre sigue repitiendo la carrera desde todos los ángulos, el estadio se vacía y el público abandona el estadio olímpico en el que fue testigo de otra hazaña de Bolt, el hombre más rápido del planeta y el que parece ser capaz de correr más rápido que el viento. Como para que el mundo siga disfrutando de la velocidad de este fenómeno. La historia le hizo otro lugar.

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