A la mayoría de las personas inteligentes y bien informadas que conozco les preocupa mucho la estabilidad de la nueva coalición de gobierno. Es cierto que el vínculo entre sus principales socios no es simple ni obvio, y que está todavía en fase experimental. De todos modos, estoy convencido que, con o sin coalición, este país tendrá gobernabilidad durante los cinco años del mandato que acaba de comenzar. Desde luego, es más fácil encarar la amplia agenda de temas que resumiera Luis Lacalle Pou en su discurso del 1° de marzo con una coalición mayoritaria en el Parlamento que sin ella. En particular, sabemos poco todavía sobre Cabildo Abierto (un socio decisivo) y acerca de la estrategia que llevará adelante, durante los próximos años, el general Guido Manini Ríos, su líder. Estoy de acuerdo: la cuestión de cómo funcionará y durante cuánto tiempo la coalición de gobierno que acaba de entrar en funciones no es un tema menor. Sin embargo, es mucho más preocupante el clima de tensión entre ambas coaliciones, la entrante y la saliente.
Se ha dicho que la mejor imagen que nos dejó el cambio de mando fue la de Tabaré Vázquez y Luis Lacalle Pou caminando del brazo. Comparto plenamente: los dos protagonistas dieron una lección emocionante de civilidad que nos hizo sentir, otra vez, orgullo por nuestra tradición republicana. Sin embargo, no podemos perder de vista que se trató de un gesto aislado. Lo que sigue predominando de un lado y del otro es desconfianza y hostilidad. Es cierto que el Frente Amplio (FA) y el gobierno, luego de idas y vueltas, llegaron a un acuerdo que permitirá que referentes frenteamplistas ocupen más de treinta cargos en la nueva administración. Hay que subrayarlo y celebrarlo: es muy saludable que se mantenga viva la tradición de coparticipación que viene del siglo XIX y que tanto contribuyó, primero, a la instauración de la democracia y, más tarde, a su reproducción. Aun así, la relación entre ambos bloques políticos parece querer subir de tono día tras día.
Como corresponde, la transición fue ordenada y pacífica. La democracia uruguaya funciona. Se ha dicho, y con razón, que es la mejor de América Latina y una de las pocas democracias plenas del mundo. Pero hay demasiadas señales de malhumor que nos muestran todo el camino que nos falta por recorrer en términos de calidad de la democracia y que, si no son contenidas a tiempo, pueden generar daños importantes. En estos días, asistimos a un episodio que ilustra bien nuestros defectos. Durante la campaña electoral, el candidato del Partido Nacional, sintonizando con una demanda muy extendida, insistió en la necesidad de bajar atacar al déficit fiscal sin aumentar ni los impuestos ni las tarifas de los servicios públicos. Para los frenteamplistas esa promesa era demagogia pura y dura. Esto no lo justifica, pero ayuda a entender por qué, luego de perder las elecciones y dos meses antes de entregar el poder, en plena transición, el gobierno frenteamplista anunció que no incrementaría las tarifas. La decisión tomó de sorpresa al elenco entrante que la interpretó, a su vez, como una vendetta política. En el fondo, ninguno de los dos cree en la palabra del otro. Los dos bloques creen que es su adversario el que está haciendo trampa.
La democracia uruguaya es la mejor de América Latina, pero hay demasiadas señales de malhumor que pueden generar daños importantes.
Hay muchas personas inteligentes y bien informadas que piensan que conflictos de este tipo son inevitables e inocuos. Algunos hasta los consideran saludables en la medida en que permiten que la ciudadanía tenga a disposición ofertas políticas diferentes. Desde luego, no es ni posible ni deseable que se borren las fronteras entre los partidos. Pero, como diría Carlos Vaz Ferreira, es “cuestión de grados”. Algunos conflictos pueden llegar demasiado lejos. Las fronteras se pueden convertir en grietas. No es necesario mirar lo que pasa en otros países de la región para entenderlo. Alcanza con repasar los peores momentos de nuestra peripecia cívica para tenerlo presente. La competencia es la base de la democracia, pero también, cuando pasa cierto límite, puede terminar minando sus bases. La democracia uruguaya no gana nada si la esencialmente saludable disputa por el poder entre los grandes bloques que ordenan nuestra vida política se convierte en un duelo de acusaciones mutuas y en concurso de “chicanas” pretendidamente ingeniosas.
Inés Guimaraens El gobierno acaba de asumir. Después de un año de agresividad política creciente deberíamos estar pudiendo respirar un aire menos contaminado de sospechas, recelos y enojos. Alguien tiene que apretar el botón de pausa. Alguien tiene que dar el primer paso. Alguien tiene que animarse a bajar el puente levadizo para encontrarse con el otro. Cuanto antes mejor. Porque después del duelo de las tarifas vendrá el de la ley de urgente consideración… Y los Consejos de Salarios… Y la discusión de la ley de presupuesto… Y si no hay un diálogo genuino entre el gobierno y el FA, si nadie afloja, si nadie da el primer paso hacia el otro, la tensión va a seguir subiendo. En esa dinámica perdemos todos. Los líderes de ambos bloques tienen una gran responsabilidad y una enorme oportunidad. Nadie pretende que se gobierne por consenso. Nadie pretende que el gobierno renuncie a llevar adelante su programa. Nadie pretende que la oposición no critique al gobierno. Pero es clave tender puentes entre bloques y civilizar el disenso.
Adolfo Garcé es doctor en Ciencia Política, Docente e Investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR
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