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La tapa del libro de Carlos Liscano

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Exjerarca de izquierda se animó a decirlo: "Cuba no tiene nada para ofrecer"

El exsubsecretario de Cultura y exdirector de la Biblioteca Nacional, Carlos Liscano, define a Fidel con tres palabras: “Un dictador cruel” en el libro recientemente editado

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12 de agosto de 2022 a las 05:04

Alivio y agradecimiento. Eso es lo que provoca leer el reciente libro “Cuba, de eso mejor ni hablar” (Fin de Siglo) del escritor Carlos Liscano.

Uno se siente aliviado de que un intelectual de izquierda y un frenteamplista reconocido, diga -por fin y con todas las letras- lo que todos sabemos desde hace décadas sobre Cuba.

Exintegrante del MLN-Tupamaros, subsecretario de Educación y Cultura en el primer gobierno de Tabaré Vázquez y director de la Biblioteca Nacional en la presidencia de José Mujica, Liscano advierte en las primeras páginas que su libro molestará a muchos. “No importa, se lo debo al joven que fui que, hasta en el error, intentó ser consecuente con lo que creía”, se responde.

El escritor ubica su relación con Cuba en el plano de los afectos. Pero advierte: “De aquel amor de hace casi sesenta años viene este dolor que ya dura décadas. Trato de pensar que no fue un fracaso. No lo consigo. Fue un inmenso fracaso”.

Liscano no se anda con medias tintas. 

“Cuba es un país muy pobre y no a causa del bloqueo sino porque no produce nada. En Cuba no hay libertades de ningún orden. Es la dictadura del Partido Comunista. Más concretamente: es la dictadura de la familia de Fidel Castro y de un pequeño grupo de generales y de burócratas que durante seis décadas aceptaron y aplaudieron los delirios mesiánicos del jefe”.

¿Qué dejó Fidel Castro?, se pregunta. La respuesta es categórica.

“En la lucha por no caer bajo la influencia de Estados Unidos transformó a Cuba en una provincia de la URSS y a los cubanos en absolutamente dependientes de los soviéticos. Se habituaron a no producir nada, ni los alimentos básicos. Todo les llegaba de la URSS. Lo reconoció Fidel Castro hablando con Ignacio Ramonet”.

El libro, bien documentado, incluye la cita donde el propio Castro, dialogando con ese periodista, reconoce la total inoperancia de su país, sin pudor ni vergüenza.

“Mientras todo llegaba de la URSS –continúa Liscano- en el culmen de la dependencia, el máximo líder mandó a los cubanos a morir a África para cumplir con los objetivos geopolíticos de los jefes del Kremlin”.

“El resultado de las políticas de dependencia es que hoy, sesenta y tres años después de que la familia Castro tomó el poder, Cuba no produce nada, ni azúcar. No tiene industrias, no tiene cultura empresarial, su gente ha perdido los hábitos y habilidades de trabajo y carece de educación democrática y republicana. Ese es el legado del comandante en jefe, un megalómano que tuvo al mundo por escenario”.

En un pasaje del libro, Liscano, que varias veces visitó la isla, define a Fidel con tres palabras: “Un dictador cruel”. Y en otro anota, con filosa ironía: “Castro solo dejó discursos”.

Hay un capítulo dedicado a la represión de los intelectuales (“El gobierno de Castro reprimió escritores, los encarceló, censuró su obra, les prohibió viajar al exterior”) y otro a la de los homosexuales (“La persecución a los homosexuales se conoce desde hace decenios, está documentada, hay testimonios. Aun así la izquierda no reconoce que haya existido, ni el carácter fascista de la represión”).

Son cosas que, tal como indica el título de la obra, la izquierda ha zanjado con un silencio cómplice.

“Hoy –anota Liscano- es políticamente imposible hablar con amigos de izquierda sobre Cuba, a menos que sea para elogiar el socialismo cubano y denunciar el bloqueo de Estados Unidos. No se puede criticar nada ni poner en duda la viabilidad del proyecto cubano. Si no es para elogiar al régimen de los hermanos Castro, cualquier cosa es contrarrevolucionaria, proimperialista, cipaya”.

El autor dice haber sentido indignación cuando en julio de 2021 el presidente Díaz Canel ordenó a los comunistas que se enfrentaran al propio pueblo cubano que pedía mayores libertades. Pero “para la izquierda uruguaya, y latinoamericana en general, no ocurrió nada”.

En un alarde de coraje, Liscano debate en las páginas de su libro con muchos intocables de la política y la cultura latinoamericana, enrostrándoles diversos grados de ceguera o complicidad con la dictadura isleña: desde Idea Vilariño a Lula, pasando por Benedetti y Maradona, todos salen mal parados.

Hay un capítulo entero dedicado a García Márquez, de quien recuerda gustaba de ufanarse de hacer gestiones para liberar presos políticos y al mismo tiempo apoyaba al régimen, sin detenerse un segundo en la flagrante contradicción: “García Márquez era un ingenuo o era un mentiroso o era un agente cubano”.

Por supuesto, Liscano no elude el embargo yanqui y pide que se le ponga fin. Sin embargo, sostiene que esa medida es usada como eterna excusa para todo tipo de arbitrariedades. Recuerda que su efectividad es discutible, ya que Cuba comercia con libertad con Europa, China y América Latina.

“El embargo o bloqueo es un argumento para el régimen, justificación política e ideológica que vuelve a la isla símbolo de ‘nación agredida’, cuya población, incluidos los ‘cuadros’ del Partido, come pollo norteamericano todos los días, o por lo menos cuando hay”.

Y agrega: “El régimen de partido único, el poder de la burocracia política y militar no son respuesta al bloqueo ni consecuencia de él, sino herencia del modelo soviético”.

Reconoce sí que en La Habana no hay mendigos y los logros en salud y educativos del régimen. ¿Pero qué educación? Relata un diálogo delirante con un cubano inmigrante en Montevideo que creía que el almacenero del barrio era un delincuente especulador, porque acaparaba “demasiada” mercadería. Quería denunciarlo a la policía.

En vano, Liscano intentó explicarle el concepto de comprar y vender. El hombre, producto de la isla, no tenía la más mínima idea de cómo funcionan las cosas en el mundo.

El libro pasa por todo esto y mucho más: la cancelación de la más mínima disidencia, la inexistencia de libertad de prensa, el fomento de la delación, la ausencia de sindicatos libres.

Con evidente exactitud y recordando el reciente referéndum contra la Ley de Urgente Consideración, Liscano anota: “En Cuba los ciudadanos no hubieran podido juntar firmas para un referéndum porque el gobierno habría puesto en la calle a los matones que, garrote en mano, les habrían explicado qué cosa es la democracia socialista, el marxismo leninismo, el ideario inmortal del comandante”.

Con ese ejemplo y otros, el escritor exhibe algo que rompe los ojos: en Uruguay –con todas nuestras lacras y materias pendientes- lo hemos hecho hasta ahora mucho mejor que los cubanos. Nunca entendí a título de qué cada 1 de Mayo los uruguayos tenemos que soportar los discursos de los emisarios de la dictadura cubana en el acto del Día de los Trabajadores.  Liscano no lo dice así, pero apunta hacia el mismo lado.

“No existe algo que pueda considerarse ‘pensamiento cubano’ que estimule los movimientos revolucionarios. En todo caso el pensamiento cubano es retrógrado, antidemocrático”, escribe. Y concluye: “Cuba no tiene nada para ofrecer a ninguna sociedad ni a ninguna política”.

Eso es un aspecto del libro. El otro es la denuncia del silencio y el cinismo con los que la izquierda y los intelectuales han lidiado con este tema.

“Es incomprensible –escribe- la relación de la izquierda democrática uruguaya y latinoamericana con Cuba, la aceptación acrítica de todo lo que pasa en la isla, una dictadura conducida por dos hermanos. Pero mucho más incomprensible es la actitud de los profesionales de las letras hoy, repitiendo la conducta de los colegas de los años sesenta y setenta”.

Y eso a pesar de que “el régimen cubano ha hecho todo lo que cualquiera que adhiera a la izquierda democrática repudia y condena: es autocrático, antilibertario, antidemocrático, demagógico, represivo”. 

Seguramente el libro de Liscano obtendrá dos tipos de respuestas: el silencio, o la acusación de haberse transformado en facho.

No es verdad. Podría ser solo una anécdota, pero es ilustrativa. Liscano acaba de publicar otro libro, en este caso en coautoría con Mónica Cardoso Díaz. Se titula “La impunidad y su relato. El caso Mariana Mota” (Planeta) y al mismo tiempo que reivindica a la exjueza y sus investigaciones de los crímenes de la dictadura, explora el discurso político y periodístico que apoyó la impunidad militar y terminó con el apartamiento de la jueza de las causas de los derechos humanos. Un libro que se para a la izquierda de la propia izquierda.

Volviendo a Cuba, en 1999, el entonces senador socialista Reynando Gargano dijo a la revista Tres que el gobierno de los Castro era una dictadura.  

Uno pensó que entonces la izquierda se sacaría por fin ese lastre, pero no fue así. Pasaron desde entonces 23 años.

Hace unos meses, el periodista Gabriel Pereyra le preguntó al senador Mario Bergara si Cuba es una dictadura o no. 

Bergara, que se supone que aspira a liderar el ala republicana del Frente Amplio, no fue capaz de responder. “Yo no digo ni que es, ni que no es”, dijo.

Liscano, en sus páginas, le dedica un mensaje a Bergara y los muchos que comparten tal pereza conceptual respecto a la democracia.

Escribe: “La izquierda radical siempre fue voluntarista y ha contado con la complicidad pasiva de la izquierda democrática. La izquierda democrática latinoamericana no podrá pensar con claridad mientras no dilucide claramente su posición respecto a la revolución cubana y diga de modo expreso que la dictadura castrista no solo viola los derechos humanos, sino que ni siquiera reconoce que existan.”

Más claro imposible.

Era necesario que por fin alguien lo dijera desde adentro. 

Se agradece.
 

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