Opinión > ANÁLISIS

Ganadería y cambio climático

Sin medir y ajustar, algunos productos uruguayos estarán bajo amenaza 

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07 de abril de 2019 a las 05:00

Cuando Darwin llegó a Punta Gorda, Colonia, rápidamente sumó una prueba a su percepción de la biología evolutiva: notó en las barrancas la presencia de fósiles de moluscos y sumó pistas a su idea de la evolución. Las conchas de la orilla eran de moluscos de agua dulce, las que había en las barrancas eran de agua salada. Hacía un tiempo, pero no tanto, el océano cubría la tierra. El geólogo Lyell tenía razón, el paisaje evoluciona. La vida también evoluciona y se adapta a los cambios en el entorno, razonaba el sagaz veinteañero inglés.

Hay fósiles en todo el territorio uruguayo. El mar ha ido y venido. La cantidad de dióxido de carbono que hay en la atmósfera es la mayor desde hace 3 millones de años. Esa es noticia de tapa de USA Today, 4 de abril. “En aquel entonces, el mar estaba 65 pies (19,8 metros) por encima del nivel actual y había árboles en la Antártida”.

La discusión para las nuevas generaciones ya no es si los humanos son causantes o no de la tendencia. La discusión es cómo evitar el caos climático y la invasión masiva de aguas saladas a las zonas de la Tierra, la proliferación de sequías, inundaciones, tornados. El argumento de que “calentamientos y enfriamientos el planeta siempre ha tenido” no calma a nadie, todo lo contrario. Porque siempre ha sucedido y lo estamos acentuando es que estamos en grave peligro. Así piensan millones de jóvenes en el mundo hoy.

El desafío más importante para la humanidad en el largo plazo radica en evitar su propia extinción. La hipótesis de la extinción fue despreciada durante un tiempo bajo el concepto de “catastrofismo”, algo infantil comparable a cuando en el año 1000 muchos creyeron que los tres ceros eran apocalípticos. 

Ahora se le llama riesgo existencial. Fue levantado por  primera vez en un importante manifiesto por Bertrand Russell y Albert Einstein ante la proliferación de las armas nucleares y la crisis de los misiles de Cuba que tuvo al mundo en vilo al mundo. A 55 años de ello, el riesgo existencial bélico ha crecido. Pero mucho más en la opinión pública pesa y pesará el factor cambio climático. Los niños han entrado en pánico. Y tienen razón. 

Por 20 o 30 años el furor de consumo de Asia puede que opaque esta situación. Pero en muchos países el cuestionamiento a la carne y la leche como producto será muy fuerte.

En el acierto o en el error, la percepción de que la supervivencia de la especie está en peligro se ha instalado. Particularmente en quienes nacieron en este siglo y están ingresando o acercándose a la mayoría de edad y se preguntan como será la segunda mitad del siglo. Una figura representativa de esta sensibilidad, Greta Thurman será posiblemente Nobel con solo 16 años y un discurso demoledor, simple, incontestable. Queman 100 millones de barriles de petróleo por día, ¿no van a hacer nada al respecto? Entonces hay que cambiar el sistema.

Nativos digitales, convencidos muchos ellos de que el cambio climático puede arruinarles la vida. Muchos también creen que comer carne puede arruinarles la salud. Otros creen que comer carne implica una relación de esclavitud de los animales que termina con su asesinato, lo que es repudiable. Y finalmente, la consecuencia es que mucha gente evita comer carne y lácteos.

Los vacunos emiten 200 litros de gases por día. El metano es un problema. ¿Deberíamos hacernos vegetarianos para salvar a la especie humana de su extinción? Algunos documentales como Cowspiracy así lo proponen. ¿Llegará un día distante en el futuro o tal vez no tanto en el que la humanidad modifique masivamente su dieta y pase a ser una especie herbívora? Muchos jóvenes en los países desarrollados y no tanto, ven a la carne de una forma similar a la que muchos ven al tabaco, o el petróleo, como algo que debe evitarse.

Un trabajo de FAO que causó mucho revuelo, llamado la larga sombra de la ganadería, postuló que 18% de los gases de efecto invernadero se originan en la ganadería. Muchísimo. El trabajo fue cuestionado y revisado. La huella global fue estimada en 14%. Pero eso no cambió la percepción del público: comer carne agrava el principal problema mundial

Un trabajo más reciente todavía, ubicó ese porcentaje para EEUU en 3% de las emisiones totales, lo que ha llevado a que protagonistas de la actividad ganadera y de carnes de Uruguay apuntaran a que la acusación que pesa sobre la ganadería es “una mentira repetida 100 veces” como ha dicho Pablo Carrasco. Su postura fue reafirmada en el encuentro mundial de Angus por el analista de INAC Pablo Caputti, que defendió a la ganadería “sin sombra de duda”. Es una tentación difícil de resistir la de acompañar a los dos Pablos, estudiosos profundos y protagonistas claves del excelente posicionamiento de la carne uruguaya en el mundo en sus reivindicaciones.

Pero una cosa debe ser defender los desvíos de un lado, otra negar absolutamente el problema. 
Carrasco reclamaba, con razón, que se mida. Justamente este lunes 8 de abril se lanza oficialmente el proyecto de “Producción ganadera climáticamente inteligente y restauración del suelo en pastizales uruguayos”, más conocido como Proyecto de Ganadería Climáticamente Inteligente.

Sin medir y ajustar manejos hay una amenaza latente y real sobre productos que son emblemáticos para Uruguay. El propio comunicado de FAO propone que dicho proyecto “parte del hecho que, aunque Uruguay es un emisor menor de gases de efectos invernadero a nivel mundial, 76% de sus emisiones provienen de la ganadería”. Los porcentajes son engañosos, el 3% de las emisiones de EEUU significan muchísimo más que nuestro 76%. Pero no tenemos que convencernos a nosotros mismos de nuestra inocencia. Tenemos que convencer a los consumidores de que nuestra carne y leche participa del mayor proyecto épico de este siglo, restaurar la corteza de la Tierra y la atmósfera.

Pero en el mundo pesará más la opinión de la futura nobel de la Paz Greta Thurman, que le ha pedido a sus padres que no consuman más carne, ni leche, ni andar en aviones. Ha generado una oleada de movilizaciones para frenar ya y de todas las maneras posibles el cambio climático. Uruguay es el país con más vacunos por habitante y, nos guste o no, los consumidores preguntarán cuál es el impacto de la ganadería, medida con precisión. Ya hay raciones que saldrán al mercado para minimizar las emisiones, los sistemas de pastoreo. Ya hay investigaciones en genética molecular al respecto. 

Nestlé y otras empresas se están lanzando al mercado de las hamburguesas vegetales. La leche ya tiene una competencia importante y creciente de líquidos blancos que no pueden llamarse leche, pero se le parecen y muchos consumidores los prefieren. Cabe celebrar que empecemos a medir, para sostener fácticamente la permanencia de nuestros vacunos en prados donde conviven con reptiles, anfibios, peces, aves y otros mamíferos. Competir, además de un tema de costos y calidad de producto, es y será cada vez más hacer la producción lo más ética que sea posible. Y eso principalmente es ayudar a prevenir el riesgo existencial, el calentamiento y la próxima invasión de las aguas al territorio. 

¿Todas nuestras costumbres y materiales pasarán por un gigantesco rediseño con ese mismo objetivo? 

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