Myanmar ocupó titulares en las últimas semanas por su golpe de estado
21 de marzo de 2021 16:15 hs
Desde 1989 el nombre oficial es República de la Unión de Myanmar. No confundir con Miramar Misiones, club de fútbol que juega en Segunda División Amateur, la que por muchos años fue llamada División C y antes Intermedia. A Miramar Misiones se le conoce por el apodo de “cebritas”. En Myanmar, Burma o Birmania (a cuál de los tres nombres más poético) no hay cebras, pero sí fabulosos tigres fotogénicos, que suelen aparecer retratados con espectacularidad en los pósteres de promoción turística del país. Uno de los mejores programas del chef Anthony Bourdain cuando recorría el mundo probando a diestra y siniestra las comidas tradicionales fue el que hizo sobre Myanmar, país del sudeste asiático que, debido a recientes problemas políticos que incluyeron un golpe de Estado el pasado 1º de febrero, ha estado casi a diario al tope del menú informativo, peleando cabeza a cabeza en la lista de noticias más buscadas con el covid-19, la vacuna contra el covid-19, y el número de gente en el mundo contagiada y muerta por covid-19. Días atrás, entre las cinco noticias más leídas de la jornada aparecía esta: “En Myanmar los manifestantes van contra las fábricas chinas por el apoyo del régimen al golpe de Estado”. Un post de la birmana Aye Myat Kyaw decía el mismo día: “Si querés hacer negocios de forma pacífica en Myanmar, respetá al pueblo de Myanmar. Dejen de apoyar al ejército terrorista y únanse al pueblo de Myanmar”.
Myanmar es un país, no un virus, pero desde la caída del régimen democrático ha sido noticia viral en los medios informativos internacionales y en las redes sociales, algo que puede considerarse extraño pues, a decir verdad, pasan cosas de mucha mayor gravedad en otros países de las cuales pocos fuera de ellos se enteran. Quizá los golpes de Estado se habían convertido en asunto del pasado, por lo tanto, cuando hay uno despierta la atención desmesurada del mundo. Es como si de pronto hubieran encontrado vivo un ejemplar de un tipo de animal rarísimo que se creía extinto. La gente del universo, tal parece, siente nostalgia de los tiempos cuando las democracias estables escaseaban y los golpes de Estado eran casi tan frecuentes como los casos de covid-19 hoy en día. Exagero, pero se entiende.
Myanmar es independiente desde 1948. Por consiguiente, el mundo ha tenido más de 70 años completos para saber dónde queda, quienes viven allí, qué comen, qué exportan, cuántos idiomas hablan, qué deporte practican, en fin, todo lo que se hace en un país habitado por gente. A ver, ¿sabe usted qué idioma hablan en Myanmar? ¿Y cómo se le llama a la gente nacida allí? Que nadie se queje pues cuando alguien de otra parte dice que no sabe dónde queda Uruguay ni tiene la más mínima información sobre nosotros o nuestra realidad. Tal como ha sido moneda corriente a lo largo de la historia de la humanidad, primero deben ocurrir cosas fuera de lo normal (aunque los militares que hoy gobiernan en forma anormal ese país hayan estado cercanos al poder desde 1962) para que las circunstancias obliguen a conocer la realidad de un territorio que no es cosita menor, pues tiene una extensión territorial de 676.578 kilómetros cuadrados y 55 millones de habitantes. Al decir Myanmar, uno parece estar diciendo “mi amor”. En Myanmar, país romántico a pesar del Tatmadaw, abundan nombres poéticos, empezando por el del propio país y sus ciudades principales, Mandalay (nombre adoptado por una productora cinematográfica de Hollywood, Mandalay Pictures, y un hotel cinco estrellas de Las Vegas), Rangún, Taunggyi, Mawlamyaing y Naipyidó.
¿Cuántos países de Asia y de África, sin contar Oceanía, existen sin que sepamos nada de ellos o lo menos posible? En 2001, Dipendra, príncipe heredero de Nepal, mató a sus padres, rey y reina, y luego se suicidó, lo cual permitió a su tío, Gyanendra, proclamarse rey. Una historia familiar de telenovela con la oposición comunista de tinglado, la cual sirvió para que el mundo por un rato prestara atención a un país milenario que los hippies usaron como base de sus utopías de libertad en la década de 1960. En diciembre 2004 le tocó el turno a Sri Lanka. ¿Sri, qué? preguntaron muchos cuando se anunció que miles habían muerto debido a un tsunami. ¿Dónde queda? ¿Es un país o un planeta tan desconocido como Venus? Sri Lanka, país natal de Indran Amirthanayagam, poeta de envergadura y diplomático, quien escribió un poema sobre Montevideo, era la antigua Ceylán, donde Pablo Neruda compró una mangosta que lo seguía a todas partes (en cuanto a fidelidad, los perros tienen competencia), país que le dio al mundo deliciosos tipos de té con buena dosis de cafeína (negro, blanco, verde, y oolong, tan bueno como el que plantan en las montañas de China), hojas beneficiosas y mimadas que los británicos hicieron suyas a fuerza de bayoneta. Hoy, tantas décadas después, ya son más quienes saben dónde queda el país de las buenas infusiones y las mangostas, con playas fabulosas y tigres que no nacieron para morir en un zoológico. Insisto, los uruguayos nos quejamos cuando vemos el desconocimiento mundial que existe sobre nuestro país tan al sur de todo, pero pocos entre nuestros compatriotas pasarían con sote un examen de geografía mundial. La mayoría sería reprobada con un deficiente muy bien merecido. En esto (algo es algo), somos muy parecidos a los países del primer mundo, que solo conocen lo que quieren conocer. Y no es cuestión de ofenderse. Pruebas al canto. ¿Cuántos de ustedes saben cuál es la capital de entre las ciudades birmanas mencionadas en párrafo previo?
Si no fuera por unos monjes budistas que pocos saben bien qué es lo que exigen con frecuencia al gobierno birmano, además de mayor libertad religiosa, menos de ustedes sabrían que la capital de Myanmar es Naipyidó (ciudad real), la cual sustituyó a la anterior, Rangún, que aparecía en libros de geografía cuando Myanmar era Birmania o Burma, y hordas de molestos turistas llegaban en plan de visita, sobre todo desde Europa, y en busca de exotismo y alguna delicia culinaria. La geografía del mundo siempre me ha interesado, pero lo que más me llama la atención de este fascinante país que tan lejos queda es el deporte tradicional que practican. Se llama chinlone, combinación de deporte y danza, y tiene una característica única: se practica sin contrincante. En este genial deporte (porque algo así no puede ser menos que genial), que se juega con una pelota, lo importante no es el resultado sino la belleza con que se disputa el encuentro, esto es, el desafío enfrenta a los seis miembros del equipo contra su propio talento, el que sustituye, digámoslo así, al inexistente contrario.
Los birmanos practican el chinlone desde hace 1.500 años, por lo que, tal cual consta, es mucho más antiguo que deportes popularizados por el colonialismo británico, como el fútbol, el básquetbol, el tenis, el críquet y el ping pong. Otra de las interesantes características de este especial deporte (que no estaría de más aprender y promocionar) es que adquiere gran popularidad durante los festivales budistas que se realizan a lo largo del año y que los jugadores, para poder tener un excelente desempeño cuando lo practican, escuchan música antes del inicio del partido. En lugar de la perorata del entrenador, musas. Creo que el Cacha Arévalo Ríos escuchaba cumbia antes de salir a moler a patadas al rival de turno. Pero el chinlone es otra cosa.
Como si todos estos ingredientes líricos no fueran suficientes, el deporte está pensado para que participen hombres, mujeres y niños en el mismo equipo. Y ahí no concluye lo real maravilloso asociado al chinlone, pues es considerado predecesor del fútbol cuando, obviamente, el fútbol se jugaba mejor que en la actualidad, pues para convertirse en estrella de chinlone es fundamental ser un artista con los pies. Para poder jugarlo hay que ser una mezcla perfecta de Diego Armando Maradona y Rudolf Nuréyev (con algo de Buda) y ser, además, el mejor rival de uno mismo.