Personajes > ENTREVISTA

Graciela Borges: "No creo en eso de despedirse; es casi la muerte"

La actriz llegará el 28 y 29 de setiembre al Teatro El Galpón con su espectáculo "Alquimia"

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13 de septiembre de 2019 a las 05:03

Es una tarde gris de martes y Graciela Borges –con cafecito en mano, manta sobre sus piernas, uno de sus característicos turbantes puesto, lentes de sol redondos y un crucifijo gigante– ve pasar a un periodista detrás de otro desde el piso 25 del Radisson. Se presenta con una sonrisa primero, alguna frase épica después y un abrazo como puerta de entrada a su universo. Se trata de la misma mujer que transita una trayectoria artística de más de 60 años, que carga con una cincuentena de películas brillantes, que ganó un montón de premios, que trabajó con los más grandes del cine y que es de las actrices argentinas más valoradas del último siglo.

Borges tiene 78 años y empezó  a actuar a los 14. Como su padre no estaba de acuerdo con la idea de que fuera actriz, le prohibió usar su apellido. Entonces, el escritor Jorge Luis Borges le permitió usar el de él si le hacía honor. Y claro que lo hizo. Como la del escritor, anécdotas increíbles tiene varias que incluyen, por ejemplo, encuentros con Pablo Picasso, Salvador Dalí, Julio Cortázar y Cocó Chanel.

Su infancia no fue la más feliz y sobre esto profundizó en varias entrevistas. Pero nunca lo hizo desde un lugar de víctima. “Hay mucha gente que tiene infancias divinas, yo no la tuve. Y tuve una adolescencia difícil. Pero sin quejas. Ya está”, dijo a Infobae hace algunos meses. Borges elige mirar la vida desde el agradecimiento y la certeza de que la fama es puro cuento y de que todas las personas son iguales, pero con distintas maestrías como destino.

La actriz llegará el 28 y 29 de setiembre al Teatro El Galpón y en su paso por Montevideo, donde vino a promocionar su espectáculo Alquimia, habló con El Observador.

Alquimia, el nombre de su espectáculo, evoca un concepto que habla de la transmutación de la materia. ¿Cómo podría definir su propia alquimia?

Es difícil de responder. Porque en realidad, no se va pensando, se va creando. Uno camina día a día un paso tras otro. Y de golpe, encuentra cosas que le interesan. Esas cosas que me interesan–cada vez que inicio un proyecto–son las que no conozco. Porque lo más atractivo de todo es lo que uno no conoce.

Show íntimo
Alquimia será un encuentro íntimo con Graciela Borges, acompañada en voz y guitarra por Adriana Barcia. La actriz compartirá parte de las historias que la construyeron entre guiños constantes y recuerdos que tomaran forma de poesías, canciones e imágenes.
El espectáculo se presentará en Teatro El Galpón el sábado 28 de setiembre a las 21 horas y el domingo 29 de setiembre a las 20.

Arrancó a los 14 a actuar, pero siempre cuenta que en ese momento no se sentía realmente actriz, ¿cuándo se es actor o actriz?

A los 14 se pueden tener ciertas condiciones naturales, pero no sos actor. Un actor lo es cuando entiende la real dimensión de la palabra, cuando sabe lo que quiere decir todo o casi todo. Es complicada la idea de que una persona llegue a ser una buena actriz, que tenga buen sonido y armonice su cuerpo para meterse el personaje adentro. Actuar de actuar es más fácil. Pero yo no trabajo de actuar, trato de meter el personaje para adentro y creer realmente que lo soy. Y eso es muy complicado de hacer a los 14. En ese momento la actuación era como un juego, yo era muy chiquita para saber lo que era eso.

También cargó desde muy joven con miedos que le eran ajenos. ¿Cómo convivió con eso en su profesión?

Hay cosas que a uno lo marcan. Esta es una carrera tan precaria. Siempre nos vestimos de otra cosa, decimos frases que no son nuestras y que no sentimos. Esperamos siempre ver qué pasa con el trabajo que tenemos, no es como un taxista que deja a alguien en la puerta y dice, “lo hice bien”. Y hay que sostenerlo mucho, sobre todo en el cine. Siempre digo que el cine es de los que resistimos. Hay que resistir mucho para, paso sobre paso, hacer otra y otra película. Y tener la creencia de que está bien y, si no lo está, comprenderlo también. A veces me dicen, “Al Pacino no estuvo bien en esta película”, y yo digo que me aterra si un actor está bien tres películas seguidas. Porque hay una cuestión humana que te hace bajar a veces la guardia y no unificás tanto tu talento o lo que fuese para hacer las cosas realmente bien.

¿Le pasa de identificar ahora en cuáles películas estuvo realmente bien y en cuáles no tanto?

No nombro las malas porque es herir a un director y ¿para qué? ¡Hay una que es mortal! En algunas no me ha gustado como estuve, porque si yo noto que estoy actuando, no me gusta. Si en los ojos hay verdad (se saca los lentes) y vos ves que mirás y reflejás esa verdad, es bárbaro.

La vez pasada estaba viendo de noche La Revolución de Raúl de Latorre. Hacia el papel de la gobernadora y cuando la filmé pensé, “qué bodrio, qué blanda, qué tonta, cómo le faltó fuerza”. Pero cuando la vi era perfecta, porque eso era lo que era esa mujer: comía en el salón con un marido que la hacía callar, todo era temeroso para ella. Yo encontré que era un trabajo menor y estaba muy bien elaborado. En cambio en otras me he dicho, “mentira, esto que decís no es verdadero”. Y bueno, esa es la vida.

¿Cómo lleva en su vida personal esa pugna que muchas veces experimentan los actores entre lo que son y lo que fingen ser cuando encarnan un personaje?

Yo lo tengo muy claro. Soy esto que ves. No puedo inventar porque se nota enseguida. Se nota cuando me enojo, cuando rio, cuando alguien me gusta, cuando alguien no me gusta. Aunque ahora se nota menos cuando alguien no me gusta porque me gusta más la gente. Llegás a un momento de la vida donde tenés un perdón para cada uno de los pecados. Siempre todo el problema está en la mirada. Si a alguien que no te gusta, intentaras mirarlo con amor, la cosa cambiaría. Yo sé que es un esfuerzo, pero es así.

Y me siento muy bien. Ahora sé que quiero participar de cosas que me hagan feliz. Por ejemplo, el cine me cansa un poco últimamente, porque se graba y no se filma. Hoy ya no hay material que haya que cuidar, entonces se hace mucho. Antes te jugabas la vida en dos tres tomas y tenía más potencia, se terminaban más a mano los filmes.

¿Se imagina dejando de hacer cine?

Me imagino regia. Ya hice muchas cosas que me gustaron y otras que no. Y hay muchas cosas fuera de ese vivir del arte que me encanta hacer. Me encanta leer, ir al cine, estar con mi nieta, comer con mis amigos, estar relajada, me encanta el verde y me encanta el mar. La felicidad está en otro sitio también y es lo que tengo ganas de aprovechar.

Cuando se construye una trayectoria tan potente, con más de 60 años de trabajo a cuestas y tanto cariño y reconocimiento del público, ¿la retirada se piensa o es preferible que fluya gradualmente?

Creo que debería fluir. Si algo viene y me interesa mucho, bueno. Pero no creo en eso de despedirse. Despedirse es casi la muerte. Prefiero decidir cuáles son las cosas que tienen gran valor para mí ahora. Por ejemplo, me hace muy feliz este espectáculo (Alquimia). Cuando terminamos, hacemos esas cosas fascinantes de los actores que nos vamos a comer y nos reímos y comentamos. Eso es disfrutar. Si esto se deja de disfrutar, hay que retirarse.

Ya hice mucho, así que estoy agradecida con la vida, con el tata dios y en el dios en el que cada uno crea. Con afectos fuertes, decisiones lindas y compartir. Yo soy feliz sintiendo que todos somos exactamente iguales. Y lo somos. Nadie es más que nadie. El talento ocupa su lugar natural, pero todo el mundo tiene en su destino una maestría.

Todo eso que dice la aleja de la guerra de egos, la competencia y muchos conceptos que popularmente se asocian con el mundo de los artistas.

Hay que ir dándose cuenta que esas cosas no te hacen feliz. El ego es muy problemático, hay que tener mucho cuidado. Pero tiene también cosas divinas. El ego te hace decir, “si fulanita es mejor y tiene tanta espiritualidad, yo también quiero seguir ese camino”. En el momento en que no estás en foco, que no honrás al otro como debés, empieza el tema malo del ego.

¿Y tuvo que controlar o dar batalla contra su propio ego?

No, pero me parece que tampoco fue bueno. Creo que mi ego estuvo mucho más controlado por la falta de amor de mi padre, porque yo era actriz. Entonces, finalmente había algo de culpa en todo eso y el ego hacía que mis primeros autógrafos o los primeros festivales internacionales –que son divinos–, tuvieran una nadita de culpa, que no te deja hacer de eso algo tan gozoso. Entonces, tu ego baja, pero no se expande.

¿Cómo se lleva con la fama?

Así, pensando que somos todos iguales. Eso de la fama es puro cuento. La fama tiene que ver con la rapidez del éxito. Aparece un chico que canta, las chicas mueren por él y a los dos años nadie se acuerda. Otra cosa es el prestigio, que es más profundo y más difícil de lograr.

Uno de los temas transversales a todo El cuento de las comadrejas –la película de Juan José Campanella que protagonizó este año– es el paso del tiempo. En su vida, ¿cómo vive ese transcurrir del tiempo?

Estoy regia, chocha. Sobre todo cuando me tienen que poner tantas arrugas para estar vieja. En la película tuvimos una maquilladora que vino de España que, sobre todo a Martínez y a mí, nos hizo bien viejos. Nos ponía como una máscara que cuando la sacaba, quedaban puras marcas del tiempo. Yo decidí hacerlo a ultranza. Dije, “no hagamos a alguien un poco grande, hagamos a alguien con mucha edad de verdad y no bien llevada”. Eso te da un poder de actuación ilimitada. Casi no tengo maquillaje ni me miro mucho al espejo.

¿Ser actriz definió su sensibilidad a la hora de generar vínculos con otros? Al enamorarse, por ejemplo.

No está en mis planes, ya tuve muchos amores. Estuve casada con un hombre divino, tuve otro novio que amé hasta que se murió. No estoy fijándome, no es mi momento. Y muchas chicas jóvenes que conozco me dicen, “muy bien no hay que enamorarse, sufrir por amor es una estupidez”, ¿viste que ahora están con eso? Es que no me sale, no miro. Por ahí mañana en el Buquebus aparece alguien…No, es un chiste. No tengo ganas de tener ganas.

Desde su lugar de mujer, actriz y feminista, ¿le daría algún consejo a la Graciela de los comienzos?

Muchos. Sería muy larga la lista. Principalmente le diría que no se preocupe mucho por lo que dicen los demás. Hay una frase que dice, “lo que piensan o dicen los demás no es asunto mío”. Tuve años en los que todo me hería, pero hay que olvidarse de eso porque todo el mundo tiene distintos pensamientos sobre nosotros.

No puedo trabajar con gente que no quiero. De verdad. No tengo que enamorarme o amarla profundamente pero tengo que sentir afecto, empatía. Hay una actriz que adoro que ella dice que puede trabajar con gente que detesta. ¡Ah no!, yo me muero. Mirar mal a alguien o detestarse con alguien es una energía horrible.

LOS ELEGIDOS DE GRACIELA BORGES
Un libro: cualquiera de Scott Fitzgerald.
Una canción: Óleo de una mujer con sombrero.
Una película: de las mías Pobre mariposa. Sino,  Casablanca.
Un paisaje: una caída sobre el sol.
Un abrazo: de oso, gigante.
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