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Hacia una concepción integral de desarrollo

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09 de enero de 2020 a las 16:43

Por Julio Silva-Colmenares*

El autor de esta nota ha propuesto en varios libros y ensayos científicos sustituir en las ciencias sociales y humanas la categoría estrecha y «acartonada» de modelo por la más amplia y dinámica de modo de desarrollo, para lo cual hemos de empezar por tener una concepción más integral del desarrollo, capaz de abarcar la evolución de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento. 

A su vez, proponemos que la nueva categoría modo de desarrollo sustituya la categoría de modo de producción, formulada desde mediados del siglo 19, la que cobijaría un espacio social que va más allá de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, sin desconocerlas. 

Cuando hablamos de la sociedad, hay que tener clara la idea de que el crecimiento económico y el desarrollo humano son procesos diferentes pero complementarios. En ese sentido avanzamos en la distinción entre crecimiento económico, diferenciando muy bien entre «fuentes» y «motores», pues tienen funciones distintas, y desarrollo humano, para lo cual es valioso el aporte de los Informes anuales del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo –PNUD-, que buscan una concepción integral, y concluimos con el reconocimiento de que en el análisis socio-económico debe darse más importancia a la demanda, esto es al consumo, que a la oferta, o sea la producción, centrando la reflexión en lo que sucede en el seno de los hogares, en donde ocurre lo fundamental del consumo final total de una sociedad. 

Por tanto, el «crecimiento» permite la disponibilidad de los bienes y servicios requeridos, lo que corresponde, en lo fundamental, al campo de la oferta, de la producción de bienes y servicios, mientras el «desarrollo» es la utilización de esos bienes y servicios para vivir mejor, lo que corresponde más al campo de la demanda, sobre todo del consumo final. Pero no siempre se dedican a desarrollo humano los bienes y servicios necesarios, pues el producto de la realización de un parte creciente se dedica a otros fines. 
En consecuencia, puede decirse del «crecimiento» que es «económico», pero del «desarrollo» que es «humano». Lo que se desarrolla es la sociedad, compuesta por seres humanos, y no la economía, que sólo es una sumatoria de actividad humana realizada a través de medios tangibles e intangibles, que se traduce en un acumulado de bienes y servicios, que pueden cambiar, pero no desarrollarse. 

Si aquél es más cuantitativo que cualitativo, éste es más cualitativo que cuantitativo. Si el «crecimiento» es creación social de riqueza por el trabajo humano, disponibilidad de los bienes y servicios necesarios para vivir, o sea producción de medios, el «desarrollo» implica la distribución equitativa de la riqueza creada, la utilización de esos bienes y servicios para que los seres humanos puedan vivir mejor, es decir cumplimiento de fines. Por eso se insiste en que, si bien crecimiento y desarrollo son procesos distintos, deben ser simultáneos y complementarios. 

Esta redefinición ha de convertirse en fundamento de una nueva Economía Política.

El nuevo modo de desarrollo descansa sobre un «trípode» compuesto por un Estado estratega y comunitario, un mercado abierto y democrático y una solidaridad social eficaz y sostenible. 
Del Estado destacamos la tarea insoslayable que debe cumplir en cualquier sistema de solidaridad social y la nueva responsabilidad que debe asumir: garantizar a los seres humanos las condiciones para ejercer la búsqueda de la felicidad, una aspiración milenaria de la humanidad, que hoy es una categoría en elaboración, pero cuya medición es aún muy difícil.

En cuanto al mercado, mostramos que tanto la «mercadolatría» –adoración irracional del mercado como demiurgo económico– como la «mercadofobia» –rechazo irracional del mercado como escenario para el intercambio de bienes y servicios–, son ideas atractivas pero irrealizables, pues hoy lo que se impone es la complementación entre el mercado necesario y el Estado indispensable para lograr la competencia y la planificación que beneficie a los ciudadanos. El tercer soporte debe ser un sistema de solidaridad social –esto es, que vaya más allá de la solidaridad individual–, que sea eficaz –llegue a quienes tiene que llegar– y sostenible –al alcance de la capacidad tributaria de cada sociedad–. Para lograrlo se propone que como medio de asignación de los recursos sociales se pase de la oferta pasiva del Estado a la demanda activa de los ciudadanos.

Nuestra idea más reciente es precisar la concepción de un modo de desarrollo humano para la realización de la libertad y la búsqueda de la felicidad. Libertad y felicidad que no son fines en sí mismos sino caminos para avanzar hacia la «humanización de la sociedad» en una «humanidad globalizada», entendida la libertad como una «construcción social» y la felicidad como una «opción individual». 

En este sentido, habría que dar más espacio a la discusión sobre la búsqueda de la felicidad por ser el campo menos explorado en las ciencias sociales y humanas. 

Hay que avanzar hacia la edificación de una sociedad «centrada» en el ser humano y en la idea de que un mundo mejor es posible, como una «utopía posible» que con base en principios humanísticos trasforme al mismo tiempo la teoría del desarrollo.

* Doctor en Ciencias Económicas. Universidad de Rostock (Alemania). Miembro correspondiente (Colombia) de la Academia Nacional de Economía de Uruguay; miembro fundador y presidente (2014-2018) de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas; miembro fundador de la Academia Colombiana de Ciencias Sociales y Políticas y miembro correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España; designado investigador emérito por Colciencias (Ministerio de la ciencia en Colombia) e Investigador de la Red Iberoamericana de Estudios del Desarrollo -RIED-; autor de 15 libros y más de 300 ensayos y artículos científicos publicados en Colombia y el exterior, de los cuales cerca de 100 en revistas indexadas o de importancia académica; coautor o colaborador en 29 libros
 

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