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Helados gratis

El primer problema apareció como un ataque al hígado en Luis, hijo de doña Sara y angurriento. Se había comido cuatro cucuruchos grandes en menos de media hora.

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04 de marzo de 2014 a las 00:00

Fue una noche de diciembre cuando Eduardo descubrió que, luego de tres meses de reformas, el ahora colorido local ubicado en la esquina de la Calle de los Cedros y Martinica había reabierto sus puertas. Y en lugar de la antigua ferretería "El bronce”, un cartel más luminoso que grande prometía "Helados Gratis".

Los chiquilines de la zona resolvieron dilucidar primero si se trataba del nombre engañoso de la heladería o si, realmente, alguien les iba a regalar esa maravilla que sólo tomaban algunos fines de semana junto a sus padres en la tradicional “Gelattería Artico”.

- Que alguien vaya a preguntar. Yo no me animo- dijo Eduardo.

Finalmente, el más grande del grupo resolvió a entrar en la flamante heladería. Cinco minutos después salió con un cucurucho de colores brillantes.

- Son gratis, nomás- anunció.

Entonces entraron en tropel y se toparon con el exhibidor de vidrio que resguardaba los clásicos tachos de metal. Pequeños rectángulos de plástico anunciaban sabores desconocidos en el barrio. Repasaron algunos de los gustos: melón al chantillí, ">duraznos "del manantial", crema lapona, frutilla granizada, ">vainilla jazminera...

Se quedaron quietos frente a uno de los potes con un batido de color extraño. "Esa es una especialidad de la casa”, dijo una de las empleadas como si hiciera falta, y señaló la crema de vainilla al ron con chocolate, granadina, dulce de leche, pedacitos de bizcocho, nueces y pasas de higo. Eduardo regresó a su casa con un cucurucho de ">chocolate blanco batido y ">frambuesas silvestres.

- ¿Y eso?- preguntó su madre.

- Un helado.

- Ya sé. ¿De dónde lo sacaste?

- De una heladería...

- No te hagás el vivo...

Eduardo le dio la noticia de la apertura de “Helados Gratis”. A la madre no le llamó la atención.

- Debe ser una promoción. Vas a ver que mañana te los empiezan a cobrar.

Pero no. Pasaron los días, los helados seguían siendo de regalo y el asunto pasó a ser tema de conversación de las ahora casi siempre heladas y dulces bocas de los niños del barrio.

La mayoría de los grandes estaban dispuestos a gastar dinero antes que animarse a cortar relaciones con don Máximo, el dueño de la “Gelattería Artico", con más de treinta años de instalada en la zona. En los primeros días de enero, esa cuestión de tener helados gratis y a la vuelta de la esquina comenzó a traer inconvenientes.

El primer problema apareció como un ataque al hígado en Luis, hijo de doña Sara y angurriento. Se había comido cuatro cucuruchos grandes en menos de media hora. Como otras señoras del barrio, doña Sara consideraba que, para los niños, todo debía tener un precio porque si todo fuera gratis vaya a saber que montón de porquerías se llevarían a la boca. Por eso encaró a una de las muchachas que atendía detrás del mostrador.

- Mi hijo se enfermó por culpa de cuatro helados que le dieron en este negocio- protestó.

- Esto no es un negocio y tenemos la orden de obsequiar todos los helados que nos pidan- respondió la empleada.

- Quiero hablar con el dueño del negocio- insistió.

- A ver....

La muchacha desapareció detrás de una cortina multicolor hecha con tiras de plástico y volvió escoltada por un señor de escasa estatura y unos pocos mechones de pelo en la cabeza. Tras escuchar las quejas, el hombre le prometió a la indignada mujer que sólo le darían helados a Luis si presentaba un permiso escrito de su madre. A Eduardo, que había escuchado la negociación, le pareció un acuerdo sensato.



***
Mientras los chiquilines del barrio seguían disfrutando de aquel verano de helados sin restricciones, el dueño de "Gelattería Artico” despotricaba frente a sus fieles clientes contra la competencia desleal.

- Ni siquiera debe pagar impuestos y a la crema doble la deben estar probando un montón de ratones- repetía don Máximo.

No tardó en conseguir que la municipalidad enviara tres inspectores para conocer las condiciones en las que funcionaba el local. Esa noche Eduardo tuvo una pesadilla. Los dueños de ambas heladerías se batían a duelo en la calle principal del barrio. Detrás de don Máximo se encolumnaron un montón de viejas vecinas. El pequeño hombre que regalaba helados estaba acompañado por una cantidad de chiquilines.

El dueño de "Gelattería Artico" desenfundó una cassatta de tres litros con la intención de utilizarla como bazooka. Del otro lado, el propietario de "Helados Gratis” metió la mano en uno de los bolsillos y apuntó con un palito de agua de limón. Eduardo despertó antes de la masacre.

Sin embargo, dos semanas después de la inspección municipal, “Helados Gratis” continuaba abierta. El peligro parecía haber pasado e incluso la vitrina del local ofrecía cuatro nuevos gustos: chantillí a la naranja, frutos del valle, limonccelo y maracuyá.

Pero un viernes las cosas pasaron de castaño oscuro. Las puertas de las casas de una decena de vecinos aparecieron acribilladas con cucuruchos de helados que, algunos niños rebeldes o aburridos, habían utilizado como munición. Y no fue el único derroche un tanto violento. Nunca se supo quién generó el ambiente propicio para una guerrilla de helados que dejó un tendal de pantalones y remeras manchadas, y una cantidad de madres al borde del soponcio.

Un sábado de finales de enero, una decena de autos amanecieron con sus parabrisas chocolatados y las ropas que colgaban de los alambres de los patios tenían chorretes de vainilla.

Los vecinos no podían encontrar al responsable de los pegajosos atentados y se dirigieron hacia la polémica heladería como campesinos dispuestos a quemar el castillo de Frankenstein.

La presión fue mucha. Al otro día “Helados gratis" bajó sus cortinas metálicas para siempre. Esta decisión le ahorró a Eduardo una nueva andanza nocturna en la que iba a romper los vidrios de aquel lugar que había convertido a la más fresca de las golosinas en un alimento aburrido.

En su casa le habían enseñado que los deseos satisfechos con la facilidad con la que un vaso de agua apaga la sed, terminan casi siempre transformados en hastío. En hastío y en ese desasosiego que convierte un entrañable cucurucho de helado en un caldo de fideos o, lo que es peor, en un apagado plato de arvejas.

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