1 de agosto de 2017 5:00 hs

En Chile y Argentina –y seguramente pronto también en Uruguay–, la inseguridad y la violencia figuran entre los problemas principales que los ciudadanos quieren ver resueltos por el gobierno de turno.

Precisamente ese asunto, de no tan fácil resolución como en apariencia parece, puede convertirse en balsa de salvación, por lo menos momentánea, del gobierno de Donald Trump. Si bien por el momento no es tema prioritario a nivel nacional, grandes urbes repartidas por todo el territorio estadounidense constatan el crecimiento exponencial de la violencia por parte de grupos criminales organizados, que por su número están sobrepasando la capacidad de respuesta de las fuerzas policiales.

El presidente estadounidense quiere empezar una especie de cruzada para destruir a las pandillas callejeras, de gran poderío en ciudades como Los Ángeles, Chicago y Houston, sobre todo, tal como lo destacó la semana pasada, a la conocida con el nombre de Mara Salvatrucha o MS-13, cuyos miembros se tatúan las caras y los torsos para anunciar no solo el nombre de la organización a la que pertenecen sino para generar con su apariencia temor. La historia de la Mara Salvatrucha comenzó a fines de la década de 1970, luego que refugiados salvadoreños, escapando de la guerra civil en su país, comenzaran con actividades ilegales en el sur de California.

Ahí se mezclaron con otras pandillas, como la mexicana Barrio 18 para establecer el control de barrios y del tráfico de drogas y armas. Como si fuera un virus de poder letal comenzaron a crecer y expandirse en la década de 1980 sin que los esfuerzos de las fuerzas del orden resultaran efectivos para exterminarlas. El nombre Mara Salvatrucha fue tomado de la película The Naked Jungle, de 1954, que tuvo a Charlton Heston como protagonista, la cual en El Salvador se exhibió con el nombre de Cuando ruge la marabunta. Las pandillas, lo mismo que hormigas en marabunta, se protegen a sí mismas cuando enfrentan una amenaza externa. Como tal, como gran plaga, la Mara Salvatrucha tiene miles de miembros (más de 100 mil según algunos) distribuidos en Norte y Centro América, por lo que el plan de Trump para combatirla tiene por delante una tarea épica.

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