El siguiente es un mensaje de texto que la empleada de una compañera de trabajo le acaba de enviar creyendo que ella, que es periodista, podría responderle, ¡oh, pobre ilusa!: “En el liceo 11 no fueron los profesores de primer año. Solo tres de tercero. Me contestaron que lo mande mañana por si hay algún profesor. ¿Es así?”.
No entiendo cómo una sociedad que se ha movilizado por la seguridad, por el aborto, por otros temas sensibles no atina a reaccionar con un asunto que nos está hipotecando el futuro por décadas. Está generando un tapón en las posibilidades de crecimiento de toda la sociedad, creando una legión de inempleables, una cantera para la delincuencia, un país de lacras.
Claro, y en esto no hay resentimiento ni un sentimiento clasista sino la constatación de lo que ha sido la historia del país en las últimas décadas y que ha degenerado en esta educación que tenemos y a la que, obviamente, las clases dirigentes no mandan a sus hijos: allí van los pobres, y los pobres, no importa si mandan los rojos, los azules o los verdes, están jodidos.
Los pobres han estado jodidos en todos los tiempos y cuando están muy jodidos y reúnen ciertas condiciones (no solo pobreza y marginalidad) de reaccionar a ese estado de marginación inmoral a que los somete el resto, algunos, por suerte por ahora solo algunos, estallan en una esquina oscura, en la puerta de algún comercio o en alguna casa de esos “enemigos” que, teniendo el sartén por el mango, nunca hicieron nada para que él, y su hermano, y sus hijos, no se hundieran en la mierda sin retorno de la ignorancia. Los más pobres chapotean cada día en esa mierda sin que nadie les tienda una mano mientras que los gremios paran un servicio esencial en reclamo de más dinero, un gobierno sin cojones demora en declarar la alarma nacional y el resto, con los bolsillos aún satisfechos por la bonanza, mira para otro lado. Más temprano que tarde nos llegará a todos la hora del llanto.