Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

Ida Vitale baila por un sueño

El martes próximo, la poeta uruguaya recibirá en Madrid el premio Cervantes

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20 de abril de 2019 a las 05:00

Cuando una poeta, Ida Vitale, sale en repetidas ocasiones en TV Show junto a los recientes chismes de la farándula, debemos desconfiar. No es necesario ir hasta Dinamarca para oler lo podrido. Algo raro está sucediendo aquí mismo, en el país que dio varios escritores “raros”, esto es, originales, los cuales, seamos honestos, han tenido mayor reconocimiento en el exterior que en Uruguay. El oportunismo está de moda, desde hace mucho lo está, demostrando que vivimos tiempos extremadamente superficiales, los cuales dependen demasiado de las modas y las noticias de último momento, esas que como robots programados la gente repite en redes sociales. Es tan inquietante en este aspecto la situación, que ni siquiera los medios informativos se salvan. Lo digo por esto. Los tres escritores de mayor trascendencia que ha dado Uruguay, los que más veces aparecen citados en libros de estudio publicados en el exterior, Julio Herrera y Reissig y Delmira Agustini (el otro es Juan Carlos Onetti), son poetas. Sin embargo, en Uruguay la poesía, sobre todo la que arriesga e innova, ha sido marginada. En los planes de estudio, en medios informativos y en editoriales, la sistemática marginación ha venido en aumento. La poesía es hoy más perseguida y condenada que los narcotraficantes.

A ver, ¿cada cuánto es reseñado un libro de poemas? ¿Cuándo en un diario o revista uruguayo se entrevista a un poeta que esté marcando un camino y rompa con la norma del decir triste, grave y acotado –de poemitas, y versos y estrofas cortitos– que ha caracterizado a la poesía uruguaya desde que la llamada Generación del 45 dio el último golpe de estado cultural? Si en algún medio impreso aparece algún poeta local reseñado o entrevistado, es, por lo general, por no decir casi siempre, algún simpatizante del gobierno de turno y de las ideas que este representa. Como si el colmo a la vista no fuera suficiente para demostrar el real alcance de la situación, también hay otro elemento clave a considerar. La mayoría de los críticos literarios en actividad solo leen novelas y algún que otro libro de ensayo con contenido político. 

Vitale era algo así como un vestigio proveniente de la noche de la nostalgia de la historia del país, en el cual pocos parecían estar interesados

Olvidándose que leer poesía de manera constante es fundamental para mantener actualizados a la imaginación y al raciocinio, críticos y reseñistas dedican su tiempo a la narrativa, por la simple razón de que esta incluye un relato de situaciones al cual rastrear, haciendo por ende más accesible el periplo a través de las palabras, cuando todas juntas, en complicidad, crean eso que llamamos literatura. Por otra parte, entre los pocos que muy cada tanto reseñan algún libro de poesía, son todavía menos quienes están preparados, por formación y actualización de datos y tendencias, a entrarle con todas las herramientas intelectuales disponibles al texto a ser analizado. Improvisan tratando de imponer una opinión basada solo en el gusto personal, no en el volumen de innovación que los poemas presenten. El análisis, por lo tanto, es desconfiable y fallido, capaz de destrozar con impunidad y sin argumentos válidos a un libro que no les gustó por el simple hecho de no ajustarse al parámetro estético del reseñista, o bien porque este desconoce de qué trata el lenguaje lírico que acaba de repudiar. Son reseñistas que odian todo aquello que no entienden, cuando el arte y la literatura modernos son la celebración de lo incomprensible. Por una cuestión de recato y ética profesional evito hacer la lista de los incompetentes cuyas firmas aparecen en forma reiterada acompañando la reseña de un libro de poemas.

Así pues, en un contexto en el cual la poesía es negada, desdeñada, y maltratada, quiso la ironía (del destino) que una poeta cuya obra principal son poemas y no ensayos, ganara el premio literario más internacionalmente reconocido. Dadas las circunstancias, conviene recordar que por muchos años durante la etapa democrática que comenzó en 1985, Ida Vitale fue bastante ninguneada. Tal vez porque su marido, Enrique Fierro (1944-2015), ocupó un cargo durante la presidencia de Julio María Sanguinetti, pasó a ser una existencia extranjera, que vivía en Austin, Texas, y seguía publicando libros que circulaban “en otras partes”, no en nuestro país. Vitale pasó a ser un avatar perimido perteneciente a otra época, creyéndose tal vez que lo mejor de su obra pertenecía al pasado, cuando no era así (en mi opinión, su mejor libro, por el cual será recordada, es Trema, de 2005). Vitale era algo así como un vestigio proveniente de la noche de la nostalgia de la historia del país, en el cual pocos parecían estar interesados. Sé de lo que hablo. A principios de este siglo, se realizó en una Facultad estatal montevideana un promocionado simposio académico internacional. Fui el único entre decenas de participantes, casi todos extranjeros, que presentó una ponencia sobre la poesía de Vitale (por cierto, dicho ensayo, ampliado, es parte de un libro que viene en camino). Al terminar la sesión, un par de compatriotas me preguntó sorprendido por qué me interesaba Vitale, como si esta fuera una mala palabra o una reliquia preservada con naftalina. En tales casos, es mejor que el silencio cambie de página. 

En medio de tremenda ruina cultural, como si al destino se le hubiera ocurrido hacer un chiste, Ida Vitale obtuvo a los 95 años de edad, el premio Cervantes

Solía decir mi abuela mientras tomaba mate sentada en la vereda: “Lo que son las cosas”. Lo que son las cosas, quienes nunca habían comprado, leído, ni disfrutado un libro de poemas, hoy citan con impune frecuencia algún verso o estrofa de Ida Vitale, como si se tratara de un comentario de Confucio de los que sirven para cambiar la vida. Ojalá así sea, y la vida cambie para bien. Tal vez el premio Cervantes sirva para eso, y no solo para hacerle una caricia al ego de la poeta premiada y agregar algunas monedas de oro a sus arcas. Pero lo dudo, y perdón por el escepticismo. Transcurridos los fastos de la premiación, todo volverá a lo mismo, tal como vuelve en la canción Fiesta, de Serrat: el sol dirá que “llegó el final”, y despertarán la normalidad y la mediocridad. Los críticos regresarán a las mismas novelitas de siempre, y los chismes (sin música ni rima) de la farándula volverán a tener mayor importancia que todos los versos juntos de Vitale, los de ella, y los de todos los poetas que han existido y que existirán.

Hace 17 años, en un libro que me trajo varias satisfacciones y fue traducido al inglés y publicado en EEUU, hablé del proceso de “tinellización” que sufría en ese momento la cultura y la sociedad uruguaya. Pensé que iba a ser un fenómeno pasajero, producto del desacomodo en la percepción colectiva estimulado por el momento bisagra entre un milenio y otro, algo común cuando se pasa de un siglo al siguiente. Sin embargo, miren dónde estamos varados. De la “tinellización” pocos hoy se escapan. Entre la frivolidad y los fanatismos del rebaño ideológico, el país con su gente dentro se desplaza a la deriva. En medio de tremenda ruina cultural, como si al destino se le hubiera ocurrido hacer un chiste, Ida Vitale obtuvo a los 95 años de edad, el premio Cervantes. Hasta quienes jamás habían demostrado interés en la poesía, y más bien una indiferencia visceral cercana al odio hacia el más difícil y reconfortante de los géneros literarios, la celebran como si la poeta hubiera ganado la versión estadounidense de American Idol. Lo único que falta es que el año próximo la inviten a participar en Bailando por un sueño
 

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