Opinión > EDITORIAL

Ira en las calles de París

Los "chalecos amarillos" tienen un origen certero pero un futuro incierto 

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11 de diciembre de 2018 a las 05:03

Cuando los franceses toman las calles por asalto el mundo debe poner mucha atención. Francia es tierra de revoluciones y cambios sociales. Precisamente por eso hay que estudiar atentamente el fenómeno de los chalecos amarillos que tiene en vilo a la república. 
El mundo observa atentamente. El planeta cruje por todos lados. La globalización generó más información y más riqueza, pero no necesariamente mejor repartida. Lo que sucede en las calles de Francia es la erupción de los problemas no resueltos en las democracias contemporáneas a las que les resulta cada vez más complejo lograr la cohesión de sus ciudadanos. 

Las sociedades se fragmentan y los gobiernos al frente de estados burocráticos, pesados, lentos y voluminosos no logran estar a la altura de los reclamos populares. Estos, con una chispa que los enciende, se politizan y son utilizados por los populistas oportunistas que con discursos simplistas terminan minando las bases de la democracia.

Un coctel de este estilo es lo que sucede en las calles de Francia en estos días. Un grupo de granjeros que quedan por fuera del sistema comienzan a protestar por el alto precio de los combustibles. A las sociedades rurales cada vez más aisladas del mundo inmediatamente se les adhieren los habitantes de las ciudades. Estos son los disconformes urbanos que luchan contra un costo de vida imposible de alcanzar por más que se trabaje de sol a sol, como –vaya paradoja– en el campo. A todo se le suman ideologías fragmentadas y un discurso populista que aprovecha los huecos que deja la democracia. El menú de la desestabilización queda listo para servir, y explota como una bomba social.
Entre las reivindicaciones de quienes utilizan chalecos amarillos está la vieja consigna de querer menos impuestos y al mismo tiempo mejores servicios del Estado. Y ese es el meollo de la cuestión de fondo que un gobierno débil como el de Emmanuel Macron no logra resolver. 

Es el caldo de cultivo perfecto para que los populistas de izquierda y de derecha encuentren tierra fértil para canalizar el malestar real de la población y desestabilizar. Es en ese momento en el que todo explota y la ira del pueblo –en una mezcla de reivindicaciones variopintas– se expresa en violencia en las calles, saqueos, autos incendiados y rabia por no poder pertenecer a un mundo inalcanzable, aunque observable a la velocidad de un clic.

El movimiento de los chalecos amarillos tiene un origen tan cierto –la baja de los combustibles– como incierto su final. Su degeneración hacia protestas violentas y masivas revelan el malestar de la época que nos toca vivir.
Como república que el mundo admira y respeta, Francia tiene el enorme desafío de lograr canalizar esta protesta popular y calmarla. Para ello es importante estudiar sus causas, analizar los componentes de su confusa ideología (si la tiene) y, sobre todo, dar respuestas rápidas –como las que dio este lunes– a los reclamos antes de que se vuelvan ingobernables.  
Es demasiado reciente lo que sucedió con la primavera árabe, con sus nefastas consecuencias, como para no estar alertas. Ojalá la sabiduría de la institucionalidad francesa haga primar a tiempo los valores de la república por encima de cualquier otro que perjudique la estabilidad tan necesaria en el corazón de Europa. 

 

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