11 de febrero de 2013 17:43 hs

Sorpresa y decepción. Esas dos palabras sobrevolaron sobre el escenario del restaurante Medio y Medio de Portezuelo la noche del domingo pasado cuando el reconocido músico brasileño Iván Lins se presentó ante un público ansioso que colmó las instalaciones al aire libre del lugar.

Sorpresa porque lo que se vio y se escuchó antenoche no parecía un experimentado intérprete multipremiado con más de cuatro décadas de carrera, sino más bien un improvisado debutante que tocaba covers de Iván Lins. El artista se equivocó en varios acordes, le erró a los tiempos, por momentos entonó raro, se olvidó de la letra de varias canciones, detuvo cuatro veces una misma canción, interrumpió el show y hasta le dejó por un par de canciones el mando a su músico invitado, Hugo Fattoruso. Lo que en Charly García puede quedar simpático y estructuralmente coherente, en el perfeccionista Lins (ausente el otro día) sonó muy incómodo. Cada uno de estos detalles negativos fue pegando en un público fiel y tolerante, que aplaudió cada una de sus interpretaciones.

La decepción vino porque el espectáculo no estuvo a la altura de lo esperado, de acuerdo a la fama y la cantidad de discos excelentes del protagonista de la velada.

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Para los fanáticos que fuimos a revivir la emoción de escuchar al Lins más esplendoroso quedó una imagen pálida, de alguien que si bien tiene derecho a una mala noche, debe exigírsele mayor profesionalismo con su carrera a las espaldas.

Durante el día había estado lloviendo pero para el momento del inicio del show (23 horas) el cielo nocturno dejaba ver estrellas. La perspectiva de una linda noche veraniega con Lins amenizando era entonces el mejor de los mundos posibles. El músico subió al escenario acompañado del guitarrista uruguayo Leonardo Amuedo. La primera canción fue Somos todos iguais nesta noite, del disco homónimo de 1977.

Siguió con Quero falar de amor, de su último disco, un tema sentido con letra de su eterno acompañante lírico, el poeta Vitor Martins. Hasta allí iba todo normal: Lins tras el teclado, cantando como se debe, y el virtuoso Amuedo haciendo delirios en su guitarra eléctrica.

Vino Abre alas y su ejecución también fue correcta. Pero a partir de Daquilo que eu sei, canción que empezó y detuvo cuatro veces por errores propios, ya nada fue igual en el espectáculo.

Aduciendo problemas con los retornos (unos pequeños auriculares que al parecer no funcionaban bien y además se le caían de los oídos), Lins cambió el humor, se ofuscó, reclamó ayuda a los técnicos, que le trajeron otros retornos que tampoco le sirvieron, mientras la gente no entendía muy bien lo que sucedía.

Entonces surgieron varias preguntas: 1) ¿Ese problema no se pudo haber previsto en la prueba de sonido?; 2) ¿Un músico como Iván Lins no tiene sus propios retornos, adaptados a sus (especiales) orejas?; 3) ¿Un músico como Ivan Lins no puede sobreponerse a la eventualidad de que no le funcionen los retornos y seguir brindando un show de calidad?

Más allá de las respuestas a estas preguntas, el show siguió de forma despareja, alternando canciones conocidas (como Vitoriosa y Começar de novo) con otras menos sabidas.

Dentro del panorama negativo, Lins tuvo momentos de lucidez y se acordó de su talento en Renata María (que compuso con Chico Buarque) y en esa sutileza romántica que es Velas içadas.

Pero los problemas con los auriculares de los retornos volvían una y otra vez, y la cara de Amuedo se iba tornando o bien de piedra o bien con una sonrisa nerviosa e incómoda, porque como una bola de nieve el enojo producía más equivocaciones y pifias en Lins, que hacía chistes con el público, pero se notaba que volaba de rabia.

Las versiones se hicieron larguísimas, porque ante las dudas, Lins decidía continuarlas in aeternum. Cuando por enésima vez Lins tuvo problemas con los retornos y parecía que la cuerda se iba a romper dejando el escenario vacío, apareció el salvador: Hugo Fattoruso.

Lins les pidió a Amuedo y Fattoruso que tocaran algo. Con mucha cintura, Fattoruso conversó con el guitarrista y sacó de la manga Samba de uma nota só, de Antonio Carlos Jobim. Con una amplia sonrisa pintada en el rostro, sacó adelante un momento difícil del show. Lins se limitó a mirarlos, hasta que comenzó a acompañarlos con percusión desde su teclado.

Cuando se decidió a tocar sin retorno, surgieron Desesperar jamais y Samba do avião, también de Jobim y con apoyo de Fattoruso. Pero luego pareció que al brasieño no le agradaba que el uruguayo se le quedara con el show y el aplauso de la gente. Como si se tratara de una batalla de egos, Lins reaccionó y comenzó a tocar y hacer arreglos, ante la mirada atónita de Amuedo, que ni con sus hipercargados punteos salvó el naufragio. Los temas seguían haciéndose eternos, con gaffes como el de Fattoruso, que tocando botones de su teclado sin querer accionó una batería que se coló en una melodía de Lins.

Ante los sucesivos gritos del público para que tocara algunos clásicos, Lins confesó: “Estou despreparado”. Ni siquiera Dinorah, Dinorah surtió su efecto contagioso. El bis tuvo una versión de Bilhete con batería electrónica, en coincidencia con el resto del espectáculo.

Para los que fuimos a ver a un referente, la imagen dejó mucho que desear. Por suerte para la música, todas sus canciones están intactas en los discos

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