El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
19 de agosto 2023 - 5:03hs

Javier Milei me hace acordar a una banda inglesa de punk rock del siglo pasado. La conocí a mediados de los años ochenta al leer un artículo en una revista donde contaban que tenían los pelos parados, usaban jeans negros rotos, les gustaba asustar viejitas, se burlaban del himno de Inglaterra, y a la reina la consideraban la lideresa de un régimen fascista. Sus integrantes tenían nombres muy originales como Johnnie Rotten y Sid Vicius. Luego la escuché en El Dorado FM: se llamaban los Sex Pistols.

Sus performances rupturistas no pasaron inadvertidas. Querían romper las reglas y llamar la atención a una sociedad que se había quedado sin sueños y que no tenía futuro para los jóvenes. Varias de sus canciones fueron prohibidas en la BBC no sin antes generar artículos sumamente alarmistas sobre el horror que significaba esta música ―y esa actitud― para la sociedad. La banda duró poco  ―apenas dos años y unos meses― aunque su influencia perdura hasta hoy en día.

Fueron un signo de su tiempo.

El triunfo de Milei se sustenta en el fracaso de los políticos democráticamente electos en Argentina. El fiasco de la política en Argentina le generó el caldo de cultivo para que anidara y creciera un personaje singular que entendió mejor que nadie lo que hay que hacer en el tiempo que le toca vivir para volverse rápidamente conocido.

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Un discurso elemental que nadie supo contrarrestar a tiempo. El mote de loco utilizado como único antídoto para no tener que responder sus denuncias arteras contra el sistema político, sus enormes contradicciones y corrupciones. Ahora que salió primero en las PASO con más del 30% de los votos es hora de empezar a tomárselo en serio porque perfectamente puede ser presidente de Argentina en octubre.

El fenómeno Milei lo conocí hace cinco años cuando mi hijo adolescente me empezó a reenviar videos de YouTube. Allí aparecía un personaje joven que me hacía acordar al viejo y querido blusero Pappo Napolitano, pero en lugar de tocar la guitarra, decía cosas políticamente incorrectas.

Los videos que circulaban entre el grupo de amigos de mi hijo generaron conversaciones entre ellos y en la mesa del almuerzo conmigo. Generaba conversación. Algo tan simple y complejo para los tiempos que corren en que estamos horas en el celular sin mirar a quien tenemos a nuestro lado. Milei había logrado que se hablara de política cuando la política estaba quemada.

Los tiempos durante la pandemia se aceleraron. Lo mismo que el uso de las pantallas. El combo generó un cambio en la modalidad de consumo de noticias. Los diarios y revistas o se volvían digitales o desaparecían y la televisión clásica quedó obsoleta. Sin embargo, el consumo de productos audiovisuales breves, de alto impacto, que llaman la atención y cambian por otro en 15 segundos transformaron la forma en que nos comunicamos e informamos.

Milei sabe jugar ese nuevo juego. En un espacio mínimo responde una idea, lanza una crítica, posiciona un término, marca la agenda. escandaliza. Esos fragmentos que sostienen la imagen de Milei en el tiempo se replican por millones en un segundo y lo hicieron popular, accesible y conocido.

Comparemos con la comunicación de Alberto Fernández, Sergio Massa o Cristina Fernández:  ninguneándose, odiándose, desdiciendo lo que antes habían dicho. En el caso de Cristina más preocupada por su situación legal ante las denuncias de corrupción que por los problemas de las personas de un país que se hunde en la pobreza.

Del otro lado, nada nuevo bajo el sol. Horacio Rodríguez Larreta peleando con Patricia Bullrich y Mauricio Macri antecedido de una presidencia para el olvido tratando de recomponer Juntos por el Cambio, proyecto político que hace tiempo dejó de ser una opción fresca e innovadora.

Luego de los resultados de las PASO, en los primeros comentarios todos los analistas viendo en Milei al monstruo que pone en riesgo a la democracia. ¿No será que la democracia en Argentina ya está en riesgo precisamente porque la han exprimido hasta dar con su peor versión?

En 2016 el periodista norteamericano Sam Sanders de National Public Radio (NPR) en la sede de la emisora en Washington DC me respondió algo que me dejó pensando. Estados Unidos estaba en plena campaña electoral. Trump era un fenómeno mediático, pero nadie del círculo académico donde me movía daba dos pesos por su candidatura. Hasta que Sam Sanders concluyó: “Los libros en los que estudiamos vos y yo nos indican que debería ganar Hillary Clinton. Que es imposible que un tipo como Trump gane las elecciones en Estados Unidos. Pero para mí va a ganar Trump. Los libros para entender lo que está pasando todavía no han sido escritos”.

Fue la primera persona que me dijo que Donald Trump podía llegar a ser presidente, cosa que luego sucedió. Años más tarde, contra todos los pronósticos ganó el ultraderechista Jair Bolsonaro en Brasil y el izquierdista latinoamericano de panfleto Pedro Castillo en Perú. Sin estructura, sin mucha historia, con discursos simples, directos y anti sistémicos. Cuando los vieron venir ya era demasiado tarde. Eso pasó con Milei.

En lugar de horrorizarse, demonizarlo, ubicarlo como un peligro de muerte para la democracia sugiero detenerse a repensar en el fenómeno que representa Javier Milei, estudiarlo, sacar alguna enseñanza y asumir que el paradigma de la comunicación en permanente derretimiento también llegó a la política.

El escritor italiano Alessandro Baricco en su fantástico libro The Game (2019) ya había reflexionado sobre este tipo de apariciones. El de Milei evidencia que la vieja forma de hacer política es primero disuelta y luego barrida por las nuevas formas de comunicación. 

Escribió Baricco: “La verdad-rápida es una verdad que para subir a la superficie del mundo ―es decir, para hacerse inteligible a la mayoría y para ser captada por la atención de la gente― se rediseña de forma aerodinámica, perdiendo por el camino exactitud y precisión, pero ganando sin embargo en síntesis y velocidad”.

Lo raro hubiese sido que Milei votase mal. Es el signo de este tiempo.

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