25 de marzo 2015 - 17:16hs

Ruben Östlund es un director de cine sueco, flaco, alto, pelo y barba entre rubia y canosa.

Hoy tiene 40 años y filmó una película sumamente plástica, reflexiva y por momentos feroz, que ataca el corazón mismo de una estructura familiar que en su apariencia resulta perfecta.

Cuando era un veinteañero se dedicaba a viajar por cualquier sitio del planeta donde hubiera abundante nieve para filmar a esquiadores extremos realizar descensos verticales desde montañas imposibles. Paredes de nieve que son acariciadas por los esquíes de estos dementes que arriesgan su vida en cada una de estas bajadas que Östlund grabó, con abundante música de rock metálico de fondo.

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Desde hermosos planos fijos a travelings desde helicópteros y cámaras lentas donde se nota un ojo muy sensible, las primeras películas de Östlund recrean una potencia plástica que, 15 años después, se refinan en Force Majeure. Se trata de un filme que se exhibió a principios de marzo en calidad de adelanto exclusivo en el Festival Internacional de Cine de Punta del Este, pero aún no tiene fecha de estreno en Uruguay.

La película en sueco se llama simplemente Turist y su significado es más claro. La “fuerza mayor” a la que se refiere el título internacional apunta a un acto de la naturaleza que suena casi a un milagro divino, que determina un cambio radical en una situación determinada.

En la película, una familia modélica sueca (padre, madre y dos nenes rubios, por supuesto) llega a un balneario de esquí en los Alpes franceses una semana invernal. El objetivo era pasar unas vacaciones a pura diversión en la mullida superficie blanca, a la intemperie y en las confortables superficies de un hotel, bajo techo.

Todo parece ir de maravillas en la interacción entre la familia feliz hasta que un mediodía, cuando se disponen a almorzar en la terraza del hotel ven que, frente a sus ojos, comienza a desarrollarse una avalancha controlada, de las que diariamente realizan los responsables de las pistas a través de explosiones, para evitar deslizamientos peligrosos. Pero hete aquí que esta avalancha se acerca demasiado al hotel y amenaza con tragarlo de un gigante bocado blanco.

La madre y los hijos quedan paralizados en la mesa ante el avance de esa masa inmensa pero el padre, respondiendo a un instinto profundo y secreto, se levanta de la mesa y huye corriendo, abandonando a la manada.

Resulta que, lo que se acercó y cubrió el hotel de blanco era solo una nube de polvo de nieve, inofensiva, que luego de unos minutos se disipa y todo vuelve a la normalidad. El padre regresa a su lugar en la mesa y el almuerzo continúa en su tranquilidad sacudida y shockeada. Porque será la madre la que más tarde le recrimine a su marido su actitud escapista frente a la catástrofe.

A partir de entonces, la armonía de padres e hijos y la de la pareja comienza un proceso de resquebrajamiento, igual que la nieve cuando se quiebra y, como consecuencia, se producen avalanchas. Pero la diferencia es que ahora los desprendimientos son internos y sus consecuencias son bastante más violentas que las de aquella avalancha controlada.

La naturaleza actuó desde su costado más artificial (ni siquiera fue la montaña la que se despojó de sus capas extra de nieve, sino que lo provocó el hombre) y las víctimas sí estaban en la terraza del hotel. Pero, a diferencia de los que quedan enterrados en la nieve, sobrevivieron. ¿Pero son los mismos?

Östlund muestra a una familia que debe luchar por sobrevivir en un paisaje por momentos lunar, por momentos marciano, con toques de ciencia ficción pero poblado por los más indefensos seres humanos.

Aunque es un filme para ver en una sala, bien vale tomar un atajo y verlo antes en una pantalla chica. Hay una fuerza mayor que nos determina a hacerlo.

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