Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

La bandera más devaluada

Fue el primer estandarte en llegar a la Luna, pero ningún museo quiso comprarla 

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20 de julio de 2019 a las 05:02

La llegada del hombre a la Luna, de la cual se cumplen 50 años, ha dado para escribir en días recientes cualquier tipo de comentario. Desde los muy infundados y con tufo a teoría conspirativa que indican que todo podría haber sido una gran charada, esto es, que el supuesto arribo a la superficie lunar fue en verdad la representación televisiva de algo que no ocurrió en la realidad, hasta quienes, sin argumentos, más bien basados en percepciones personales, no en investigación objetiva, afirman que el viaje fue una gran pérdida de dinero y tiempo. El capitalismo siempre es culpable de todo.

En esa línea está el artículo de Martín Caparrós, La llegada a la Luna y el viaje más inútil, publicado en este mismo diario el pasado 1º de julio, en el que leo: “Así, se puede suponer que aquel triunfo estadounidense fue un golpe brutal para la Unión Soviética, el principio de su fin, el inicio de este orden mundial donde el capitalismo reina sin rivales. Pero esperábamos algo más que ese detalle”. El comentario puede tomarse como insulto a la inteligencia de cualquier persona informada en asuntos aeroespaciales y como acto de majadería de la ignorancia.

De haberse informado, el periodista argentino sabría que las misiones Apolo (sobre todo a partir de la 8, segunda misión tripulada, y que entre el 21 y 27 de diciembre de 1968 orbitó la Luna en diez ocasiones), ayudaron entre otras cosas a implementar tecnología informática de avanzada. Caparrós parece desconocer que incluso los pasos más pequeños o de aspecto insignificante que pueda dar o haber dado la NASA fueron de radical utilidad en la “carrera espacial”, cuyo objetivo no es solo poder algún día habitar alguno otro planeta, sino descubrir nuevos y quizá impensados elementos relacionados a la vida humana que podrían residir en cualquier sitio, por insignificante que sea, de las galaxias o de aquí mismo en nuestro planeta.

Hoy, en fecha aniversario, quiero referir a un hecho insólito ocurrido hace casi una década y relacionado a una protagonista de lujo que tuvo un destino devaluado, tras haber sido la estrella visual de un momento inolvidable. Cuando a la bandera de Estados Unidos que ha sido vista por más gente, la que estuvo en la Luna y fue captada en primer plano en forma reiterada por las cámaras, la subastaron en 2011, nadie quiso pagar los US$ 95 mil mínimos que la casa de remates en Los Ángeles exigía. La oferta tope fue de US$ 60 mil, bastante menos que los US$ 150 mil que se pensaban obtener por una pieza histórica firmada por Neil Armstrong.  El nombre del comprador permaneció en el anonimato. La bandera había estado en manos de Thomas Moser, ingeniero de la NASA jubilado que la rescató de la basura en 1969.

Resulta bastante sorprendente que ningún museo haya querido quedarse con una pieza de tanto valor histórico, pues fue la primera bandera de la historia en llegar al espacio y en ser fotografiada flameando en la Luna, donde no sopla el viento. 

La bandera clavada en la superficie lunar por Armstrong fue cosida por Dolores Black (1926-2015), quien en ese entonces trabajaba para la compañía fabricante, Eder Flag Corporation. Black la firmó, cosiendo su nombre en la costura interior para que nadie lo viera. Comentó luego: “Estuve en el lugar correcto en el momento adecuado; fue para mí un gran honor. Yo cosí la bandera. Puse mi corazón y mi alma en ello. Ya que iba a ser una bandera tan especial, me aseguré de que cada puntada fuera perfecta, hasta el final sin ningún defecto”. Black refutó la teoría conspirativa respecto a que el aterrizaje lunar fue una farsa. Dijo que las imágenes de la bandera hacen que parezca que está soplando en el viento cuando no hay viento. Así es como la creó. Black cosió un forro de nylon en la bandera para que esta soportara las condiciones de la Luna y poder así preservar mejor su forma. También había un palo en la parte superior, lo que permitió que la bandera se destacara cuando no había viento para soplarla. A Black le llevaba unas tres horas hacer una bandera. Para la que llevarían a la Luna le dieron dos semanas. Estaba hecha de nylon de doble cara con estrellas bordadas y un forro para refuerzo. 

En la Luna los astronautas clavaron seis banderas, en seis misiones diferentes: Apolo 11, 12, 14, 15, 16, y 17. La imagen de Buzz Aldrin, fotografiado por Armstrong junto al estandarte nacional estadounidense minutos después de haber tocado suelo lunar, es una de las imágenes emblemáticas de la carrera espacial, y aparece reproducida en infinidad de imágenes alusivas al hecho.  Más allá de que el paso del tiempo haya modificado los recuerdos (incluso la memoria se olvida de lo que hizo), lo ocurrido el 21 de julio de 1969 fue un pequeño paso para un hombre, pero un paso gigantesco para la humanidad. En verdad, si vemos la repetición como replay de un partido de fútbol, veremos que los pasos de Armstrong fueron, además de pequeños, muy lentos. O bien no podía caminar bien por el pesado traje que llevaba, o bien, como los niños que enlentecen el disfrute de un helado comiéndolo despacio, estaba prolongando el goce móvil de ese momento, aunque otras cámaras fueron las que más salieron ganando. Las de la televisión. 

Por segunda vez en la historia (la primera fue la misión Apolo 8 meses antes), el mundo vio al unísono la misma escena, la cual no era parte de una guerra, de un asesinato, o de una justa deportiva. Era lo imposible sucediendo a la misma hora en los ojos del mundo. El Apolo 11 fue la repentina casa de la imaginación planetaria en donde por un tiempo nos quedamos a vivir. Hasta vimos esa bandera –la misma que no pudo ser rematada– con simpatía. Ninguna otra exploración al espacio tuvo una audacia pionera similar. Pudieron ir y volver. ¿Y si el regreso no hubiera sido posible? Hubiéramos visto su agonía a través de una pantalla catódica, como mucho tiempo después vimos a la de los tripulantes del submarino ruso Kursk, condenado en otro viaje a las estrellas, pero las del mar, allí donde quedaron, enterrados en agua. 

El viaje pionero a la Luna sirvió para demostrar varias cosas, además de que la inteligencia humana puede aplicarse a fines no destructivos. Dejó en claro que el hombre puede viajar al espacio, aterrizar en otra parte, y regresar. El cosmos sigue siendo un lugar inexplorado y por ello mismo continúa alimentando a la imaginación, tentándola para que las expediciones interplanetarias no sean un proyecto exclusivamente del pasado, aunque, por el momento, tal cual el presente de la NASA lo indica, lo son. Ni siquiera hay una nave lista para hacerlos realidad.

La Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio estadounidense pasó a cuarteles de invierno al Transbordador espacial STS (1981-2011), el cual no fue perfectamente seguro (en los siniestros del Challenger y del Columbia murieron 14 astronautas) y por ahora ninguna nave con tecnología revolucionaria se avista en el horizonte como recambio. 

La primera frase que el hombre dijo al alunizar fue informativa, “el Eagle ha aterrizado”, pero también obvia, pues todos vimos por televisión que lo había hecho. El viaje a la Luna sirvió por lo tanto para imponer colectivamente la noción de que todo lo que sucede solo es verdad, cuando sucede primero en la televisión. El primer alunizaje confirmó la importancia omnipresente que tiene en nuestras vidas la televisión, sobre todo como surtidora de fantasías, capaz de hacernos creer que por dos horas, las que duró el periplo, todos estuvimos caminando en la arrugada superficie lunar y ayudamos a clavar allí una bandera especialmente fabricada para que pareciera movida por el viento, cuando en la Luna no lo hay. 

Hay quienes creen, como Caparrós, que el histórico viaje, lo mismo que otras expediciones posteriores al mismo lugar, fue una gran pérdida de tiempo y de dólares (millones), pues consideran, sin otros argumentos que la opinión personal, que la pionera misión no le dejó a la Humanidad ninguna ganancia, salvo demostrar el triunfo de los estadounidenses sobre los soviéticos en la carrera espacial. No es para nada tan así. Fue, más allá de los escepticismos, un momento espectacular y también irrepetible (los viajes siguientes carecieron de ese impacto), porque lo que parecía una película de Hollywood en vivo y en directo, fue en verdad la validación en imágenes de un logro tecnológico que 20 años antes de conseguirlo parecía imposible. 

Los de 1969 fueron otros tiempos. Los viajes al espacio eran prioridad, y la NASA podía disponer de miles de millones de dólares, tal como dispuso (en el programa Apolo gastó una suma equivalente a US$ 1 trillón), además de una fuerza laboral de 400 mil personas que trabajaron a contratiempo para que la tecnología espacial estadounidense llegara a la meta antes que la soviética. Esa, la feroz competencia tecnológica, fue una de las cosas buenas de las muchas que tuvo la Guerra Fría, y que la bandera no rematada sintetiza con gesto triunfador, aunque haya terminado casi olvidada, doblada en un cajón. 

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