16 de octubre 2021 - 5:03hs

Con el principal caudillo blanco en la Presidencia: ¿cómo se renuevan los abanderados del Partido Nacional hacia 2024? Luego de cinco elecciones de Lacalle (padre o hijo) versus Larrañaga, la próxima elección cambia de protagonistas.

Aunque faltan tres años para las próximas elecciones, y en el medio la concentración de interés partidario está en el posible referéndum, los dirigentes políticos que tienen aspiraciones están en carrera y eso se hace visible cada semana, aunque no lo vayan a reconocer en declaraciones.

La competencia para la Presidencia no es una carrera de 100 metros, sino que es una maratón con esprint reservado para el tramo de la efervescencia final; pero antes del remate, está la carrera larga.

Los tres principales partidos políticos están en tiempos de cambio.

Hoy vemos el cambio que se produce en el nacionalismo.

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En 1999 la competencia fue entre Luis Alberto Lacalle y el anti-herrerismo, dividido en varias candidaturas, pero la principal era la de “Nueva Fuerza Nacional”, que luego se convertiría en “Alianza Nacional”.

Lacalle de Herrera ganó con el 48%, por más de 60 mil votos respecto al segundo y fue el candidato de los blancos, que luego hizo alianza con Jorge Batlle para el balotaje.

En la elección siguiente se repitió el duelo Herrerismo-Alianza, pero en 2004 fue Jorge Larrañaga que logró una contundente victoria ante Lacalle, por 66% a 33,6%. Como candidato blanco, “el Guapo” fue el representante de los partidos tradicionales frente a la izquierda que crecía con fuerza, y aquella elección Tabaré Vázquez ganó la Presidencia sin necesidad de ir a un balotaje.

Pese a eso, dada la baja votación del Partido Colorado tras la crisis económica y social de 2002, el Partido Nacional tuvo una votación más alta que en otras elecciones, lo que dio a Larrañaga el mérito de recordar que había llevado a los blancos al mayor nivel de últimas elecciones.

A la vuelta de la democracia, con Wilson Ferreira preso, el Partido Nacional votó 35% y con Larrañaga en el 2004 tuvo un porcentaje una décima mayor de eso. La mejor votación blanca de esta época democrática siguió siendo la de 1989, con Lacalle Herrera al frente y el caudal electoral casi 39%.

Los mismos adversarios internos del 2004, se enfrentarían en 2009, pero esta vez volvería a ganar el herrerismo con la victoria de Luis Lacalle por 57% frente a Larrañaga que tuvo casi 43%.

Hacia 2014, con el paso al costado de Lacalle Herrera se abrió camino a renovación en esa corriente y la sorpresa fue el hijo del líder, que se quedó con la precandidatura del sector y luego obtuvo una clara victoria electoral interna frente a Larrañaga, por 54,4% a 45,5%, pese a que el postulante de Alianza aparecía como favorito.

Y para 2019, el duelo era otra vez, por cuarta elección consecutiva, entre un Herrera y un Larrañaga, pero apareció sorpresivamente una candidatura de alguien de afuera de la política, que ni siquiera había sido votante y vivía en el exterior, pero que daría competencia fuerte: Juan Sartori.

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Lacalle Pou ganó con holgura la interna, con 53,8% de los votos, seguido por Sartori con 20,7% y Larrañaga con 17,6%. Para la elección nacional, el “Guapo” se repuso y retomó el segundo puesto, reeditando la puja Herrerismo-Alianza, aunque ambas corrientes habían sufrido cambios, algunos de los cuales se reproducirían más adelante.

No está claro cómo irá el Partido Nacional a la próxima elección, pero obviamente hay pistas sobre los interesados en tomar la posta, los que se muestran para consolidar una imagen de renovación o los que esperan que pase algo y la cosas se den para que tenga una oportunidad. Pero aunque esa disputa esté abierta, lo más probable es que se reedite la pulseada interna entre las dos columnas históricas de los nacionalistas, que son la de herreristas (en versión aggiornada) y la de “no herreristas”, aunque la negativa a tal corriente no implique en sí mismo una definición.

Esto puede verse como una columna liberal y otra expresión dirigista-estatal, aunque eso sea una simplificación que no se ajuste exactamente a lo que es la realidad de esta colectividad partidaria.

La corriente denominada “Todos” consolidó mayoría desde 2014 lo que se afirmó en la última campaña y se fortaleció con Lacalle Pou presidente.
La alternativa de elecciones anteriores no sólo tuvo el fallecimiento de su líder, Larrañaga, sino que se ha dispersado en grupos diversos, lo que le hace perder fuerza, y sin encontrar una figura que sea reconocida como líder. 

La “tercera vía” que no es heredera de herrerismo ni de wilsonismo es la de Juan Sartori, que ni se despeina en buscar apoyos ni apelar a la tradicionalidad de sumar dirigentes o agrupaciones, sino que simplemente espera. En el ámbito del fútbol descuentan que comprará la gestión del Club Rentistas, de camiseta colorada lo que contrasta con la “blanca” del partido que representa. Para ser un desconocido, Sartori tuvo una gran votación en la interna de 2014, y ahora ya no tiene el factor sorpresa, pero aunque muchos creían que podía hacer una prueba y dejar la política, se ha quedado ahí, esperando.

En “Todos”, la expectativa no está tanto en quiénes se lancen a una precandidatura, sino en qué hará el presidente; si querrá ejercer la “influencia directriz” que mucha vez terminó dando mal resultado, o si se mantendrá equidistante de postulantes. Álvaro Delgado se muestra: otros esperan. ¿Una mujer?

En el “ala wilsonista”, luego del fracaso de la movida de Antía y Botana, no es fácil que algún intendente del interior (o exintendente) se anime a lanzarse, pero nunca puede descartarse la aventura sin sentido. Jorge Gandini busca que “por la vía de los hechos”, los que no apoyen al de “todos”, se encolumnen con él.

Y ahí está Juan, que aprendió lo que no hay que hacer en la última campaña y que parece que se tiene fe para la próxima. Los otros lo descuidan; pero está ahí, con carisma no común.

El Partido Nacional está fuerte, pero su principal figura no corre para la que viene. Tiene que gobernar, y lograr buenos resultados, pero eso no es suficiente para ganar la elección, porque ahí se combina premio o castigo a lo hecho, y apuesta a esperanza. Vale lo que se hizo, y también vale lo que se prometa.

Próxima semana: la carrera en el Frente Amplio.

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