El año pasado, la irrupción del coronavirus provocó un descenso del 6.5 % en el PBI de la Unión Europea, como resultado de una baja del 4.8 % en Alemania y de entre el 8 % y el 10.8 % en las economías de Francia, Italia y España. Este descenso pudo haber sido mayor de no haber mediado la acción muy decidida de los distintos gobiernos y también del Banco Central Europeo, que impulsaron sendas políticas fiscal y monetaria fuertemente expansivas.
Así, después de un déficit fiscal promedio de un 0.6 % del PIB en el 2019, la crisis sanitaria obligó a los gobiernos a una fuerte expansión del gasto público, que determinó un desequilibrio fiscal comunitario del 7.2, entre el 4.5 % de Alemania y los 10 y 11 % de Italia y España. Por su parte, el Banco Central Europeo (BCE) salió a prestar grandes cantidades a los bancos privados, fijó tasas negativas de interés y compró miles de millones de euros de valores públicos. De este modo no sólo atendió a las necesidades de la coyuntura en materia de empleo e inflación, sino que además rebajó el costo del endeudamiento y contribuyó al alza de los mercados bursátiles.
En el año en curso, el progreso de la vacunación y la reapertura progresiva de distintas actividades están impulsando una fuerte recuperación del consumo privado y un crecimiento del PBI en el segundo trimestre, después la fuerte baja de los dos trimestres previos. A ello habrá de agregarse el efecto del fondo de reconstrucción europea que con financiamiento comunitario, en los próximos meses ayudará en especial a la recuperación de España e Italia.
En conjunto, ello permite proyectar un crecimiento de la economía de la zona euro del 4.5 % para el año en curso, que será de un 3.8 % en Alemania, 4.9 % en Italia, 5.8 % en Francia y 6.2 % en España. Por tanto, sobre fines de este año se espera que la región vuelva a la actividad de los niveles previos a la pandemia.
Pese a ello, por ahora las políticas monetaria y fiscal habrán de continuar con su estímulo al crecimiento de la economía, impulsando en particular a la contratación de mano de obra y a una corriente renovada de inversión.
Así, el déficit fiscal promedio para el año en curso se estima será de un 7.9 % del PIB, aún mayor que el del año pasado, como consecuencia de un desequilibrio de un 7.2 % en Alemania y entre 8.6 % y 11.1 % en los restantes países de la zona.
En cuanto al BCE, en julio anunció que continuará con la compra de valores dispuesta en el programa aprobado durante el comienzo de la crisis sanitaria por 1.850 millones de euros, al menos hasta marzo del año próximo o hasta que la pandemia se considere terminada. También habrá de mantener la tasa de interés negativa de – 0.5 % anual hasta que la inflación se estabilice en torno al 2 % con vistas al mediano plazo.
Más aún. Por primera vez en casi dos décadas, la institución anunció además un cambio en su estrategia anti inflacionaria, afirmando que está dispuesta a tolerar una suba de precios superior a la meta oficial del 2 % anual, siempre que ella sea moderada y transitoria.
La inflación de la zona euro ha estado subiendo en los últimos meses, hasta llegar al 1.9 % anualizado en el pasado mes de junio. Pese a ello, el BCE entiende que por ahora no ha quedado superado del todo el efecto depresivo de la pandemia sobre los precios. Por ello, ante esa realidad, que ya lleva casi una década, parte de la opinión especializada mantiene un cierto escepticismo sobre la factibilidad de que el BCE pueda tener éxito en su nueva aproximación a la política inflacionaria.
En todo caso, la continuidad de la política monetaria fue bien recibida por los mercados, tanto a través del alza de la cotización de los valores bursátiles como de la estabilidad del euro. En este marco, el rendimiento de los bonos públicos de los distintos países de la UE se mantuvo relativamente incambiado, desde el negativo de – 0.4 % anual de los valores de Alemania a 10 años de plazo hasta el 0.66 % de los de Italia.
Para una mejor evaluación de la decisión de continuidad de la política del BCE, es de interés referirla a lo que ocurre con otros bancos centrales del mundo. Así, ella coincide con la Reserva Federal de EEUU, que por ahora mantiene sin cambios a su política de expansión monetaria y de tasa de interés, a la espera de signos más definidos sobre la recuperación tanto de la producción como del empleo. También el Banco de Inglaterra mantiene incambiados a la tasa de interés del 0.1 % anual y al nivel de su compra de valores. Por su parte, el Banco de Japón mantiene una cierta tolerancia frente a un posible despegue de la inflación por sobre la meta oficial.
En contraste, ya hay otros bancos centrales, como los de Canadá y Australia, que ante los primeros indicios de la recuperación de sus economías, están reduciendo el ritmo expansivo de sus respectivos programas de estímulos monetarios.
Entre ambos extremos está el Banco Central de Rusia, que enfrenta una realidad distinta debido al aumento reciente de la inflación, que es ahora del 6.5 % anual, el mayor nivel desde el 2016. Este empuje se debe a la recuperación económica, que ha sido más importante que la prevista, a la suba de los precios internacionales y a la depreciación del rublo.
Por ello el Banco Central está aplicando una política más agresiva que las que predominan en el resto del mundo y acaba de subir la tasa de referencia en un punto porcentual, para llevarla al 6.5 % anual, acumulando un aumento de 2.25 % desde el pasado mes de marzo.