7 de noviembre de 2017 5:00 hs
Por Helen Betya Rubinstein, New York Times News Service

Para celebrar mi soltería había decidido cortarme todo el cabello y atravesar el país conduciendo mi coche, no porque ser soltera fuera algo nuevo sino porque —según lo que había decidido— estaba bien. Mejor que bien, muchos solteros desearían vivir así: a lo grande, deambulando, libres.

Naturalmente, comencé a salir con alguien unas semanas antes de iniciar mi viaje. Entonces me acobardé y no me corté todo el cabello. Manejé, y cada vez que me enviaba un mensaje —cada vez que su dulce nombre iluminaba mi celular— mi sangre corría con placer, como si estuviera conectada al latido de un corazón a kilómetros de distancia.

Pasé por las montañas Rocosas y dormí al lado del Gran Lago Salado pero la parte del viaje que se quedó grabada en mi mente fue cuando llegué a Nevada, perdí el servicio celular al mediodía y no lo recuperé durante 24 horas. La señal se fue en el medio de una conversación con una amiga que se estaba divorciando. Me detuve para tomar una foto de la carretera que lucía iluminada por el sol y despejada hasta el infinito pero, en cuanto salí del auto, el aislamiento me asustó y regresé para pisar el acelerador.

Desde el principio, ese era el miedo que había esperado sentir. Sin recepción, nadie podía contactarme ni verme. ¿Y si mi auto quedaba atascado en el fango? ¿Si una serpiente me mordía cuando saliera a explorar?

Me obligué a caminar hasta una mina de ópalo abandonada. El cielo oscureció. Cayó lluvia helada y después granizo. Era un paisaje demasiado inhóspito para refugiarme ahí, así que regresé corriendo a mi auto.

En el campamento, una joven pareja me espantó porque eran las únicas personas que estaban por ahí. Habían amarrado a su perro, que ladraba, a una estaca y colgaron banderas desde la cajuela abierta de su todoterreno, pero ya estaban levantando todo... primero en silencio, y después con palabras fuertes y peleando.

Cerré la puerta y fingí que no podía oírlos.

Sin embargo, podían verme tan claramente como yo a ellos, y cuando me miré en sus ojos, vi a una persona que no lo estaba pasando bien. Mi soledad eclipsó todo lo demás acerca de mí; incluso me faltaba la compañía de una serie de mensajes de texto que dijeran "estoy pensando en ti" para convencerme de lo contrario.

Me sentí visible, tan extraña e inquietante como una sirena en el desierto. Me sentí rara.

Antes de que se cortara la llamada con mi amiga recién separada estuvimos hablando de la vergüenza.
"Estoy muy vieja para ser soltera y muy joven para ser divorciada", dijo. "¿Qué pensará la gente?". Su esposo había sido abusivo y sabía que estaría mejor sin él, pero aún así temía que algo estuviera mal con ella por no haber hecho que funcionara la relación.

Prosperar como soltero no desafía las convenciones del género ni la sexualidad, pero sí rebate la noción de que las relaciones románticas deben tener prioridad por encima de otro tipo de relaciones
La vergüenza de haber "fracasado" en un matrimonio no es distinta del "fracaso" de ser soltero, si consideramos que felicitar a los recién casados es la señal del logro de un objetivo universal.

La mía era una vergüenza que había comenzado a explorar recientemente. ¿Qué tanto de ese sentimiento venía de mi propio deseo de estar con alguien y cuánto de la idea de que, al no hacerlo, estaba confundiendo a mi familia y mis amigos?

Después de todo, la vergüenza es dolor con algo más: nos muestra más sobre las comunidades donde vivimos y las historias que contamos de nosotros mismos. Lo que revelaba mi propia vergüenza era un deseo de conformarse. Y cuando percibí la soltería como algo afín a la extrañeza, me sentí agradecida con el recordatorio de la comunidad LGBT acerca de que la convención no debe dictar cómo se definen las relaciones. Lo opuesto de la vergüenza, desde luego, es el orgullo.

"Cuando era joven y estaba saliendo del clóset, fue como si aceptara vivir una vida marginal y demente", me dijo una vez una mujer lesbiana de alrededor de 50 años. Ahora está casada y rara vez se siente extraña. Su sexualidad no ha cambiado pero su vida se ha apegado a la convención.

La historia y el presente de la marginalización de las personas homosexuales son mucho más graves, pero los pasos que han dado hacia el reconocimiento de sus vidas son, proporcionalmente, igual de grandes. Mientras tanto, independientemente de su sexualidad, la gente soltera recibe un trato de ligera exclusión y un desconcierto que resulta anticuado.

Prosperar como soltero no desafía las convenciones del género ni la sexualidad, pero sí rebate la noción de que las relaciones románticas deben tener prioridad por encima de otro tipo de relaciones.

Otra amiga me recuerda que reivindicar la soltería de la manera en que las personas homosexuales alguna vez reivindicaron su orientación es una manera de adquirir poder.

Aun cuando hacerlo sea un intento de consolarte, mientras estás asustado y solo, en un desierto sin fin, bajo una granizada repentina, atrapado en la burbuja de tu auto.

O más tarde, cuando debes volver a aprender —como lo hice yo al final de la relación que tenía— que adueñarse de la soltería no solo significa contemplar la incomodidad de los demás; también significa enfrentar el miedo y la lástima que hay en ti.

La vergüenza de haber "fracasado" en un matrimonio no es distinta del "fracaso" de ser soltero, si consideramos que felicitar a los recién casados es la señal del logro de un objetivo universal
Primer paso: sal del auto.

Había dejado de granizar. La pareja ya se había ido. Había una fuente termal en la que podía calentarme y un baño donde constantemente corría agua en dos regaderas termales.

Adentro, descubrí que podía cerrar la puerta con seguro. El enorme espacio era solo para mí, pero cuando me quité el traje de baño y busqué mi reflejo en el espejo del muro, vi chancletas abandonadas, libros de bolsillo húmedos y botellas de champú... los rastros de otras vidas. Había nombres y mensajes grabados en la madera mojada. Alguien había pintado un corazón en la pared, o quizá solo era un frijol enorme.

Sería una mentira decir que no anhelaba el calor de otro cuerpo en ese espacio. No obstante, contrario a lo que la Corte Suprema pueda sugerir, la compañía no siempre mitiga la soledad. La soledad se disipa cuando encuentras comodidad y placer en tu propia compañía.

Para eso, sugiero una ducha larga y relajante en un lugar misterioso y hermoso.

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