Los 14 meses de funcionamiento del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH), creado para aconsejar científicamente a la Presidencia en la toma de decisiones en torno al covid-19, ha sido beneficiosa para la gestión del gobierno de la crisis sanitaria y, por tanto, para la sociedad. Sería una buena idea, pensar un vínculo permanente entre la ciencia y la política, recogiendo las enseñanzas que dejó esta experiencia.
El GACH, integrado por el bioquímico e investigador Rafael Radi, como coordinador general, secundado por el ingeniero Fernando Paganini y el médico Henry Cohen, acompañados por más de 60 académicos de las ciencias exactas y de las ciencias sociales, llenó un espacio vacío: el diálogo formal entre científicos y decisores de las políticas públicas.
Es muy probable que surjan otros eventos muy parecidos al covid-19, por la realidad desafiante de un planeta muy conectado, pero del que “nadie tiene el control”, como advierte el pensador indoestadounidense Fareed Zakaria.
Los estados-nación están obligados a prepararse para las vicisitudes derivadas de la aceleración de un mundo “abierto, rápido y, por ello mismo, inestable”, al decir de este reconocido experto internacional, y, mucho más aún, por las imperfecciones de los organismos multilaterales que no tienen un poder real para encauzar una crisis global, como dejó al desnudo la gestión de la Organización Mundial de la Salud, rehén de las disputas de los países más influyentes y de su propia burocracia.
Al final del día, los países están solos para dar respuesta a una crisis multidimensional como la de la pandemia, de muertes como una guerra y de caída de la economía similar a una catástrofe natural. Una institución de un buen gobierno debería estar preparada para tales circunstancias.
En relación con el tema que estamos abordando, supone darle un lugar a un eventual GACH en el organigrama institucional, no con el ánimo de burocratizar el diálogo entre la política y la ciencia, sino de protocolizar su tarea y evitar algunas confusiones de roles.
El GACH sugería medidas sobre la pandemia a un Poder Ejecutivo que debe tomar decisiones contemplando, además, otros aspectos económicos, sociales y políticos, e incluso hasta de salud.
Es muy complejo administrar el trade-off entre la salud y la economía, por ejemplo, obligando a cualquier gobierno responsable a tener en cuenta el conjunto de las consecuencias negativas que se disparan por la pandemia.
La baja inmediata de la actividad golpea a las empresas y, por ende, el empleo y, más en general, perjudica las reglas básicas de la organización de la economía, una amenaza al presente y al futuro. Existe el riesgo latente de un quiebre del “pacto social”, advierte el filósofo chileno Daniel Loewe.
Una cuarentena prolongada puede provocar problemas de depresión, estrés, ansiedad y/o enfermedades debilitantes, y hasta tiene el potencial de causar peores males.
El partidismo político, incluso a veces científico, palpable en algunos episodios concretos, ignora o subestima las consecuencias negativas menos visibles del corto plazo con relación a la pandemia, pero que son también una amenaza a la vida.
Tan necesario como un nuevo GACH, es que se tome nota de la experiencia bidireccional que hubo durante 450 días entre la ciencia y la política. Pero en términos generales cabe concluir que la del GACH ha sido una experiencia muy positiva para el país y el país debe estar agradecido al aporte del sector científico en circunstancias tan extremas.