Es mucho más que un partido: es el centro del mundo por unas horas. Es el feriado más importante de Estados Unidos y centenares de millones de dólares cambian de mano. Se trata de la final de lo que los estadounidenses llaman football, aunque se juegue con las manos. Esta es la 48ª edición de esa final, que disputan el campeón de la Liga Americana y el de la Liga Nacional. Es un solo partido en una cancha predeterminada. Este año juegan los Seattle Seahawks contra los Denver Broncos en Nueva Jersey. Va el domingo, a las 8 de la tarde. Lo pasa ESPN.
Los shows del entretiempo se comparan históticamente. Por ese escenario han pasado Michael Jackson, the Rolling Stones, The Who, Madonna, Prince, Bruce Springsteen, Beyoncé, Paul McCartney y U2, por citar solo a un puñado.
La calidad de los avisos se compara cada año, unos contra otros. Se trata de un concurso de creatividad, a ver quién es más soprendente.
Diarios, revistas y programas de televisión siguen durante días discutiendo las bondades y debilidades de las propuestas de las agencias de publicidad para convencer al gran público de comprar tal o cual producto.
Estados Unidos está de fiesta y se lo vende al mundo entero, como sucede con la entrega de los Oscar, aunque esta es la escala máxima. La revista The New Yorker sacó una actualización de las apuestas del Super Bowl, en clave humorística, en la que la probabilidad de usarlo como excusa para comprarse un televisor más grande es de 7 a 1.
Seguramente mañana van a ganar los Seattle Seahawks y ese será el fin del Super Bowl XLVIII. Incluso puede que ganen los Denver Broncos. Pero la historia hablará de cómo le fue a los Red Hot Chilly Peppers y al aviso de Coca Cola y al de Jaguar (el gran favorito de la noche).
Como deporte el American football tienen una paculiaridad: está pensado para ser televisado. Hay todo el tiempo del mundo para las repeticiones que capten las sutilezas estratégicas que ganan los partidos en medio de la brutalidad aparente. Vale decir: el juego en sí también es una producción para televisión.
Por eso solo los más fanáticos son los que pagan miles de dólares para estar ahí, porque el espectáculo se lo pierden.