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La historia de los nuevos migrantes uruguayos: quiénes son y por qué se van

El saldo migratorio volvió a ser negativo para Uruguay y España es uno de los destinos preferidos de los jóvenes que buscan experiencias y oportunidades

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02 de diciembre de 2018 a las 05:00

Varias balas le pasaron cerca a Maicol Márquez (35) el día que tomó la decisión de dejar Uruguay. Llegaba al almacén de su barrio, en Jardines del Hipódromo, cuando dos delincuentes salían del local a los tiros. Era 2013 y había llegado al país una semana antes. Pero la decisión era firme. No estaba dispuesto a que sus hijos crecieran en una sociedad insegura. 

La salida la concretó recién en 2017 porque en España había cobrado el acumulado de seguro de desempleo que le correspondía, lo cual lo inhabilitaba a volver por tres años. En 2013 tenía la ilusión de instalarse definitivamente en Uruguay. Pero no lo logró. 

La peripecia había empezado mucho antes. En el 2006 juntó sus cosas por primera vez y se fue rumbo a Sevilla. Sin papeles que le permitieran la residencia legal pero, con familiares que lo recibían, decidió ir a probar suerte. “Todo el mundo se iba, mi padre me había dicho que era diferente y entonces dije, vamos a ver qué pasa”, recuerda en conversación con El Observador

Esa primera experiencia duró tres años. En 2009, en pareja con una sevillana y con un hijo pequeño, volvió a Uruguay porque su padre estaba en tratamiento por un cáncer. Tenía claro que volvería a España apenas la situación familiar se lo permitiera. Poco más de un año después, la familia Márquez estaba nuevamente en Sevilla. Pero en 2013 la situación volvió a cambiar. 

“Empecé a notar que la cosa se complicaba y se venía la crisis. A mí no me echaron pero no quería que me agarrara el paro y en Uruguay supuestamente se estaba ganando mucho más”, cuenta. Cuando se fue por primera vez y cada vez que regresó a Montevideo, Márquez trabajó como repartidor en una empresa de refrescos. Nunca tuvo problemas para conseguir trabajo ni en Uruguay ni en España, donde también se desempeña en la rama de la bebida. 

“Cuando vi las oportunidades que tenía, la calidad de vida y lo que se me había abierto el mundo, decidí que no estaba en mis planes cercanos volver”, dijo Anaclara Siglé, uruguaya que vive en España.  

Pero en 2017, con dos hijos y cuando legalmente ya podía volver a instalarse en España, no lo dudó. Los € 1.000 mensuales ($ 36.500) que cobra en Sevilla, le rinden más que los $ 62 mil líquidos que ganaba en Montevideo, según dice, a pesar de que casi la mitad (€ 400) se le van en el alquiler. Márquez es de los uruguayos que quiso volver pero no pudo adaptarse y se sumó a una nueva ola migratoria que crece en el país desde 2015 y que tiene a España como uno de los destinos predilectos. 

Según datos del Latinobarómetro, 29% de los uruguayos está dispuesto a emigrar, una cifra 2% superior de la que había en plena crisis del 2002. Desde el año 2014 la diferencia entre los uruguayos que vuelven al país y los que deciden irse es negativa.  De acuerdo a las cifras oficiales a las que accedió El Observador, en los últimos cinco años, 40 mil personas salieron por el aeropuerto de Carrasco y no han retornado. Uno de los principales destinos ha sido siempre España.  

La cantidad de uruguayos en España volvió a aumentar en 2018 luego de varios años de caída. Al 1° de enero de 2011 había 42.828 uruguayos viviendo en el país europeo, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) español. 

Desde entonces se produjo una caída constante hasta llegar al 1° de enero de 2017 con apenas 24.887 uruguayos, 42% menos. Pero al arrancar 2018 esa tendencia se cortó y el número orientales en el país europeo ascendió a 25.452, 2% más. Este número representa la cantidad de uruguayos que están empadronados en algún punto de España. No incluye a aquellos que se hayan registrado con algún pasaporte europeo o de otra nacionalidad. 

Entre los uruguayos que solicitaron una visa para estudiar en España la racha descendente se cortó antes. En 2011 eran 134, descendieron hasta 86 en 2014, pero comenzaron a crecer hasta llegar a 220 en 2017. 

Si bien en la embajada uruguaya en Madrid no tienen registros de la cantidad de uruguayos que han llegado en los últimos años, perciben un aumento por la cantidad de consultas que reciben. “La mayoría son jóvenes”, dijeron en la embajada a El Observador

En busca de oportunidades

Anaclara Siglé tiene 26 años y dejó Uruguay en mayo de 2016. Su primer destino fue Nueva York, en un viaje de 12 días por placer. De ahí voló a Dublín, en Irlanda, donde vivió un año y medio. “Siempre había querido vivir en el extranjero. Tengo la doble nacionalidad, española y uruguaya, entonces sabía que vivir en Europa era una posibilidad”, dice. 

Su plan inicial era irse por un año para trabajar, ahorrar, viajar y volver. “Cuando vi las oportunidades que tenía, la calidad de vida y lo que se me había abierto el mundo, decidí que no estaba en mis planes cercanos volver”, asegura. 

Apenas habían pasado cuatro meses de su llegada a Dublín cuando tomó esa decisión. Poco le importó que su trabajo, primero como moza y después como encargada de un restaurante, nada tuviera que ver con el título de licenciada en Comunicación Social que había obtenido en Uruguay ni con la experiencia laboral que había adquirido en un canal de televisión. El trabajo, dice, fue lo que más le costó dejar cuando emigró pero lejos está de arrepentirse. 

En Dublín se puso de novia con un español y en octubre de 2017, después de un viaje de un mes y medio por Asia, se instaló en Madrid. Ahora trabaja en una productora audiovisual y no piensa en volver a Uruguay. A tal punto, que convenció a su hermano, que ahora vive en Francia, para que también deje el país. “Una vez que conoces la vida acá y ves las oportunidades… Es otro mundo”, dice.

Nuevas experiencias, costo de vida más barato, más oportunidades, seguridad e independencia. Los motivos se repiten entre los jóvenes que tomaron la decisión de dejar el país para instalarse en Europa. Tanto Siglé como Bruno Silvestri (24) vivían con sus padres cuando dejaron Uruguay. “Acá te podés independizar más rápido. Con un laburo más o menos te alquilás tu habitación”, valora Silvestri que llegó a Madrid en febrero de este año, viajó por Londres, Dublín y el interior de España y desde marzo trabaja en el rubro inmobiliario al que muchos uruguayos acuden al llegar. Tanto para Silvestri como para Siglé independizarse en Montevideo, y mantener un nivel de vida similar al que llevaban en la casa de sus padres era una utopía. 

Silvestri trabajaba en una empresa de apuestas deportivas en Zonamerica y estudiaba un curso de marketing en la Universidad ORT cuando tomó la decisión de emigrar. Antes había cursado algunas materias de la licenciatura en Dirección de Empresas Turísticas de la Universidad Católica pero no le convenció. Asegura que va a volver a Uruguay porque extraña a los afectos y el fútbol, pero no sabe cuándo. Desde que llegó tuvo altibajos y regresar fue una posibilidad a pesar de que no tuvo problemas para conseguir trabajo.  

“Acá te podés independizar más rápido. Con un laburo más o menos te alquilás tu habitación”, dijo Bruno Silvestri, llegado a Madrid en febrero de 2018.

Pero la situación de España, que recibe miles de extranjeros cada año, está lejos de ser la ideal. “Los jóvenes españoles ya no pueden ni comprar ni alquilar vivienda”, tituló el diario El País de Madrid una nota del 24 de noviembre. Tan solo el 19,3% de los jóvenes españoles (menores de 30) logró independizar se a finales de 2017, según los datos recogidos por el periódico. La edad media a la que se abandona la casa familiar en España (29,3 años) es la sexta más alta en Europa.

Los alquileres en las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, donde se encuentran la mayoría de los uruguayos que llegan a estas tierras, son muy caros, incluso comparados con Uruguay. En Madrid el precio promedio de una habitación, en una casa compartida, era de € 427 ($ 15.500) en 2017, según datos recogidos por el diario El Mundo. Pero los uruguayos en el exterior no tienen las mismas exigencias que en Montevideo, donde alquilar una habitación y compartir la casa con desconocidos no era una opción para independizarse.

La tasa de desempleo en España asciende a 14,5% y asciende a 30,1% entre los jóvenes de 20 a 24 años, según los datos del INE. En la mayoría de los emigrantes uruguayos de esta ola no hay desesperación ni últimos recursos. Tampoco decisiones difíciles ni mucha incertidumbre. Buscan nuevas experiencias y oportunidades que, según entienden, su país de nacimiento no les ofrece. 

Los retornados

Cuando Maicol Márquez decidió volver en 2013 se acogió al programa de retorno voluntario que ofrecía el gobierno y que permite traer mobiliario y otros objetos al país sin tener que pagar impuestos. Pero más allá de ese tipo de medidas, Uruguay carece de una política migratoria que acompañe a los retornados, opinó Cecilia Comesaña, una psicóloga especialista en migración y retorno que lo sufrió en carne propia. 

Cuando la crisis económica estaba en uno de los puntos más altos, y con tan solo 18 años, Comesaña decidió irse a Chile. No fue fácil. Sola, siendo adolescente y con poco dinero se allanó el camino desde Santiago de Chile hasta convertirse en psicóloga. Por su trabajo se especializó en pensamiento psicosocial latinoamericano e intervención comunitaria y en migración y retorno. 
Durante años trabajó desde la academia y en el territorio, principalmente con migrantes haitianos y peruanos que llegaban al país trasandino, hasta que se autoimpuso que tenía que volver. Quería tratar de desarrollar los conocimientos adquiridos en un país que había abandonado mientras cursaba Magisterio. 

Llegó en febrero de 2017 y desde entonces se transformó en una “sobreviviente”, según se define. Vivió en pensiones y en hostales, no tuvo el apoyo familiar que esperaba, tuvo problemas de salud y vio cómo miles de puertas se le cerraban en la cara. Estuvo meses para encontrar un trabajo y los lugares donde la tomaron poco tenían que ver con su formación.  Trabajó en el Centro de Capacitación de Producción en Toledo pero dejó porque, según dice, la hicieron sentir como una amenaza que venía desde afuera. Quince años en el exterior y el acento chileno la transformaban en una extranjera en su país. 

Se acercó a organizaciones no gubernamentales (ONG) vinculadas a la migración como Idas y Vueltas. Trabajó como honoraria durante varios meses y conoció historias que define como “violatorias de los derechos humanos”. Transformó su experiencia y otros testimonios en un libro para que sea el manual de ayuda que ella no tuvo cuando volvió a Uruguay.

 Acercó ese documento a distintas ONG pero las respuestas fueron poco alentadoras. En las oficinas públicas, apunta, siempre la atendieron con “simpatía” pero le ofrecieron pocas soluciones. Cree que Uruguay debe cambiar su política migratoria para que deje de ser una “asistencia social” y se transforme en un “empoderamiento del migrante”. Entiende que el enfoque debería comenzar desde la educación primaria para conseguir un cambio cultural que reconozca la alteridad desde una perspectiva de derechos humanos, además de un acompañamiento integral de las personas durante su proceso de inserción al país. A casi dos años de haber regresado no se rinde. Aunque volver a emigrar empieza a ser una posibilidad porque siente que su país la “expulsa”, todavía tiene la esperanza de poder adaptarse y aportar en la sociedad que la vio nacer.

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