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Cuaderno en el que se anotó a algunos de los voluntarios uruguayos

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De Gavazzo a Rosadilla: la legión de voluntarios uruguayos que se alistaron para defender las Malvinas

Luis Rosadilla, Walter Zimmer, José Nino Gavazzo y Hugo Manini Ríos figuran entre los cientos de uruguayos que se anotaron de forma espontánea para combatir a la corona británica en la guerra del Atlántico Sur 

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10 de abril de 2022 a las 06:00

El cirujano Walter Zimmer había seguido cada paso con detenimiento a través de la televisión abierta argentina, que miraba con frecuencia desde que había retornado a Colonia junto a su familia, a fines de la década de 1970, para encontrar el trabajo médico que se le negaba en la capital. 

Había visto irse al presidente Roberto Viola y la asunción de Leopoldo Galtieri en diciembre de 1981, las movilizaciones populares en las calles de Buenos Aires y la represión instruida por la Junta Militar que deterioraban aún más el clima social, ya golpeado por el avasallamiento de las libertades, la violación de lo derechos humanos y la crítica situación económica. 

Zimmer, su esposa y sus hijas habían sido parte de esa audiencia que a partir de las siete también veía las noticias que delataban planes de guerra, maniobras provocativas y acciones disuasorias, todo lo cual evidenciaba una rápida escalada de las tensiones con el Reino Unido.

El médico de 38 años estaba convencido sobre la justicia del reclamo argentino y, a pesar de las dictaduras que convivían en los márgenes del Plata, tomó la decisión. Luego de que la Junta Militar activó la Operación Rosario y que las tropas desembarcaron en Stanley para izar la bandera argentina, el 2 de abril de 1982, tras un siglo y medio de ocupación inglesa, Zimmer habló con su esposa y se dirigió al consulado argentino en Colonia.

***

A 180 kilómetros, en el barrio Obelisco de Las Piedras, Luis Rosadilla levantaba un horno de pan junto a su padre, mientras hablaban de la noticia inevitable. Al viejo Rosadilla le temblaba la bombilla en la boca de la indignación y su hijo de 28 años, que aún conservaba la flacura que le habían provocado ocho años de prisión en Libertad, lo miraba con los mismos ojos de admiración con los que descubrió el oficio de confitero en sus primeros años de vida. 

Además de ese medio de vida, Luis heredó de su padre el amor por Bella Vista y un aura anárquica. Eran muy amigos y los dos habían sufrido la separación por la cárcel que siguió a la actividad guerrillera del joven tupamaro. Pero desde febrero de 1982 habían retomado las charlas y ahora, además del amargo, compartían la indignación de la respuesta imperial británica para defender su rémora colonialista. 

Entonces Rosadilla no lo pensó y de forma automática, como si fuera una reacción natural a un asunto laudado en otro siglo, se fue hasta la embajada de Argentina en Montevideo dispuesto a canalizar su acto de repudio; a convertir su irritación en un conducto de acción al servicio de la causa argentina. 

***

Allí, en el Prado, vivía Enrique Martínez Larrechea, cuatro años menor que Rosadilla. Era hijo de un militante y dirigente nacionalista activo durante la dictadura, aunque su resistencia política se concentraba en las coordinadoras universitarias del Partido Nacional, en donde la efervescencia wilsonista hacía tierra. Junto a Jorge Gandini y Javier García había trabajado para el No en el plebiscito constitucional de 1980 y la marcha del año siguiente se había planificado, en buena medida, en ese hogar. 

Al igual que Zimmer y Rosadilla, tuvo una reacción espontánea. Caminó por la calle Juan Carlos Blanco hasta Agraciada e ingresó en la Casa Quinta Aurelio Berro, en donde estaba ubicada la embajada que recibía la solidaridad de hombres y mujeres, jóvenes y veteranos.

“Quiero inscribirme como voluntario para la defensa de las Malvinas”, le dijo Martínez Larrechea al hombre que apuntó sus datos personales en un pequeño cuaderno que en la tapa llevaba el título “Voluntarios”. 

Cuaderno en el que se anotó a algunos de los voluntarios uruguayos

En esas hojas escritas a mano con tinta azul y en otras listas que hoy forman parte del archivo histórico-diplomático de la embajada argentina en Montevideo aparecen en total 763 nombres, entre ellos el de José Nino Gavazzo, que se alistaron para combatir y despojar a la corona británica de las Islas Malvinas, Georgia del Sur y Sándwich del Sur. La inmensa mayoría de esos hombres y mujeres eran uruguayos, aunque también figuran argentinos, algún paraguayo, un letón y un italiano, entre otras nacionalidades.

En la casona ubicada en Cuareim 1470, donde hoy funciona la embajada, también se guardan cartas de solidaridad y aliento de los uruguayos. Una de ellas, fechada el 10 de abril de 1982, se envió curiosamente desde el mismo lugar en el que hoy está la embajada. Otra fue escrita en un recetario médico y también sobrevive un telegrama enviado desde el Paso Molino.

Carta de un uruguayo solidario con la causa argentina enviada desde el mismo lugar en el que hoy está ubicada la embajada

Pero la joya que se exhibe en una de las salas del segundo piso es ese libro de notas que muestra que una familia entera se enfiló detrás de la cuestión de las Malvinas. Hay cinco Cabrera-Villalba que aparecen anotados: el padre, la madre y sus tres hijos.

Cuarenta años después, Martínez Larrechea seguía creyendo que solo había un puñado de voluntarios uruguayos, pero en el acto de conmemoración que organizó la embajada argentina el viernes 1 de abril, el embajador Alberto Iribarne lo sorprendió con la novedad de que la legión uruguaya –acompañada de algunos residentes extranjeros– había sido tan numerosa como para conformar una brigada. 

En el encuentro en el que había otros voluntarios invitados –entre ellos Hugo Manini Ríos, director de La Mañana y hermano del líder de Cabildo Abierto–, el embajador dijo que ese acto de cooperación desinteresado constituía la mayor expresión de solidaridad de un pueblo con otro, mientras descubría una placa de reconocimiento para los ciudadanos uruguayos que ofrecieron espontáneamente sus servicios para cooperar como voluntarios con motivo del conflicto en el Atlántico Sur.

Placa ubicada en la fachada de la embajada argentina en Montevideo que reconoce a los voluntarios uruguayos

Ese era el caso del militante blanco de 24 años. Su accionar estaba motivado por un trasfondo federal y un sentido nacionalista. La defensa de las islas era un mandato histórico que lo transportaba al accionar de Oribe contra los europeos, explica ahora. 

Martínez Larrechea había asumido el sacrificio. Su acción era seria y su compromiso sincero. Estaba preparado para ir si lo llamaban de Buenos Aires, aunque el temor lo asaltó cuando dejó la embajada. 

***

Zimmer le dijo al cónsul que lo anote como cirujano y combatiente. Y su interlocutor diplomático le advirtió que si la guerra se prolongaba era posible que citaran a los reservistas de todos lados. 

A diferencia de Rosadilla, que no resistía la carga de una mochila escolar y no pasaba un examen de 50 metros producto de su precario estado físico carcelario, Zimmer era un atleta y sabía tirar aunque no tenía instrucción militar ni sabía manejar armas de guerra. 

Dice que no se anotó para figurar, que no fue una locura juvenil sino una reacción lógica, que estaba convencido y que era consciente de los riesgos que implicaba su decisión. Antes de ir al consulado lo había hablado con su esposa y se había ocupado de arreglar la parte legal por si no volvía. Cada día se despertaba con la pregunta de si lo iban a llamar. Vivió esas diez semanas con tensión e incertidumbre. Estaba esperando la convocatoria, pero la guerra terminó antes y hasta donde se sabe ni él ni el resto de los 762 fueron convocados al frente de batalla. Cuatro décadas después reafirma su decisión con la misma convicción de aquel tiempo: no dudaría en hacerlo de vuelta. 

Rosadilla desmitifica su accionar personal y destierra cualquier viso de heroísmo. Buscaba la posibilidad de ayudar de manera práctica, aunque cree que su aporte terminó siendo moral. De hecho, los tres tienen claro que al final de la historia hicieron un acto simbólico y, en buena medida, eso es lo que reconoció el gobierno dictatorial argentino con las 763 salutaciones que firmó el ministro de Relaciones Exteriores y Culto, Juan Aguirre Linari, el 20 de agosto de 1982, en las que agradeció el ofrecimiento espontáneo de los servicios para cooperar como voluntario con motivo del conflicto de las Islas Malvinas. 

Reconocimiento del gobierno argentino a quienes se enlistaron de forma espontánea

Zimmer, Rosadilla y Martínez Larrechea –al igual que el periodista Heraclio Labandera, en ese entonces un estudiante de medicina que se enlistó para trabajar como Cruz Roja– le tenían antipatía al régimen que gobernaba desde Buenos Aires. Pero todos abrazaron la causa territorial argentina y tenían sus fundamentos para ello. 

La postura uruguaya descansaba sobre los pilares firmes que el herrerista Carlo María Velázquez edificó en 1964 al matrizar la posición nacional –y en buena medida latinoamericana– en Naciones Unidas con un fundamentado discurso anticolonialista. 

Al embajador Velázquez, quien además impulsó la Resolución 2065 (XX) de la Asamblea General en 1965, lo siguieron Manuel Lessa Márquez, Baltasar Brum y otros embajadores uruguayos ante el organismo internacional. La posición, que se aferra al derecho internacional y a la solución negociada del conflicto, permeó en la diplomacia uruguaya y en las últimas seis décadas se transformó en una política exterior de estado como pocas. Que ningún gobierno la haya desconocido se explica, en cierta medida, porque el asunto jamás llegó a dividir las aguas del sistema político uruguayo.

De hecho, en febrero de 2012 nació el Foro Malvinas, una iniciativa que reunía a decenas de frenteamplistas, colorados, blancos y (ahora) cabildantes alrededor de una causa. Entre los integrantes de ese heterogéneo grupo había un ministro de Defensa frenteamplista y un intendente blanco de Colonia que se habían voluntariado para desembarcar en Malvinas en aquellos días de 1982.

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