Lejos de ser simples relatos que pasan de generación en generación para alimentar películas de terror o para que otros libros se nutran de ellas con fines de mero comercio, las leyendas urbanas son, antes que nada, creaciones colectivas que nos advierten sobre supuestos peligros que acechan desde las sombras y desnudan miedos a veces inconfesables y casi siempre innecesarios.
También es conocida la leyenda urbana del hombre que, después de una noche de amor con una mujer de paso, se despierta para advertir que la muchacha escribió en el espejo del baño con lápiz de labio –que debe ser necesariamente rojo- un mensaje que dice “Bienvenido al Club del Sida”. Otra vez la moraleja de la historia nos invita a desechar la posibilidad de confiar en personas extrañas, por más que las noticias policiales se empeñen en advertirnos que, si hay un enemigo, lo más probable es que duerma todas las noches en nuestra propia cama.
Cuando yo era chico, existía en el barrio la leyenda de un hombre inmensamente rico que, sin embargo, solía disfrazarse de mendigo para pedir limosna en la puerta de una iglesia de la que nunca se sabía la dirección exacta.
Existía la sospecha de que este camaleón tenía serios problemas sicológicos aunque no se descartaba la posibilidad de que saliera a manguear impulsado por una avaricia gigantesca; los vecinos no reparaban en que la primera y la segunda opción eran la misma.
Ya más grande me enteré de que esta leyenda urbana había hecho nido en otras barriadas. Y supe que, finalmente, su moraleja última anda hoy invadiendo toda la sociedad.
¿Quién era ese millonario desalmado contra el que nos advertían algunos vecinos? Imposible saberlo. Podía ser cualquiera de las personas sentadas en el umbral de una iglesia; podía ser aquel viejo que estaba allí tirado, pero también aquel niño que estiraba la mano porque ¿quién nos podía asegurar de que este sujeto despreciable no hubiera mandado a los hijos a manguear en su provecho?
¿Cómo estar seguros de que no seríamos engañados por su locura avarienta? Muy fácil: no dándole un solo peso a ninguna de las personas que mendigaban en el entorno de la nunca identificada iglesia.
No se necesita ser muy despierto para darse cuenta de que la leyenda del mendigo millonario ha perdurado y que, con variaciones, sigue condicionando la conducta de mucha gente.
Porque, según nos dicen los vecinos, ese hombre que ahora nos pide una moneda para comer, en realidad la quiere para comprarse alcohol. Y, ya se sabe, estos módicos canallas suelen mandar a sus hijos a recorrer las calles para que, al caer la noche, les lleven a la casa unas monedas que, por supuesto, serán gastadas en vino y cigarrillos.
Los nuevos mendigos millonarios han abandonado los portales de las iglesias, acechan en cualquier esquina de la ciudad y, para que el engaño no pueda ser descubierto, se mudaron a los cantegriles.
Y que no nos digan que en realidad son desarrapados que poco y nada tienen para ocultar. Que no nos vengan con esas historias porque a nosotros, faltaba más, hace ya mucho tiempo que no nos engañan con leyendas urbanas de morondanga.