19 de diciembre 2021 - 5:00hs

La historia económica uruguaya tiene una cadencia que ha pautado un examen duro cada 20 años. Al menos desde 1982. Desde 1980, los ganaderos más eficientes se estaban fundiendo por un dólar artificialmente barato, herramienta para generar una sensación de bienestar en la población urbana, también artificial, insostenible. Se venía un plebiscito decisivo para el retorno a la democracia. Se venía la era de la tv color y  había que lograr que la gente accediera a las tv nuevas y mirara la única publicidad permitida, la del Sí, en aquel entonces favorable a la continuidad dictatorial. 

El dólar se mantendría artificialmente barato, fijado por el Estado con gran daño para la economía hasta que pasaran las elecciones internas de 1982. Dos años de atraso cambiario, crisis de los exportadores, importaciones inundando artificialmente la plaza, quebrando las pymes locales, de vestimenta y calzado. Al día siguiente de las elecciones, la devaluación violenta hizo añicos la economía de miles de personas con deudas en dólares.

El agro sacó la economía adelante y se logró un comienzo relativamente ordenado de la democracia. Las cosas funcionaron relativamente bien hasta que el doble punch de aftosa en 2000/01 y crisis argentina, incluyendo el quiebre de un banco argentino en Uruguay, sumados a una nueva situación de atraso cambiario, volvieron a tumbar a la economía en 2002, pero en el último segundo una movida genial, un cheque que llega, un default que se evita, una trazabilidad que se instala, y Uruguay sale, con el agro empujando, una vez más, adelante para iniciar el período más prolongado de crecimiento de su historia. Sin default y con trazabilidad, algo cambiaba para siempre. La chapa de seriedad de Uruguay se había visto fortalecida por esta crisis, con una salida virtuosa. Un golpe muy duro pero que tuvo una veloz recomposición y revigorización de la economía.

Pero en el 2020 la economía vuelve a dar señales de agotamiento, el crecimiento se desinfla, el atraso cambiario se insinúa, el déficit fiscal crece, el empleo baja. Y llega la pandemia. Así antes de los 20 años, a 18 años de la crisis anterior, llega una nueva. Diferente a todo lo conocido previamente. Pero en el contexto algo había cambiado. Los alimentos están en este siglo estructuralmente valiosos. La estructura agrícola ganadera de Uruguay es otra. La logística, la maquinaria, la capacidad de controlar los flujos. La forestación exportando establemenente.

El agro aguanta en pie la crisis, sin casos de Covid que interrumpan la producción, manteniendo el empleo en las zonas rurales y   aún más empezando a empujar con cada vez más fuerza para sacar a la economía de un lodazal global.

La economía uruguaya es otra, ya más diversa, con exportaciones de software y nuevos rubros que no se podían ni soñar 20 años atrás. 

El 2021 fue un año de transición, con un primer trimestre todavía crítico, pero con los siguientes trimestres mostrando como –una vez más-  la vaca les gana, con el trigo, la cebada, la colza y tantos otros rubros. Producir alimentos es cada vez más estratégico. Y los alimentos con trazabilidad son la expresión de un país que no se detuvo más que en el turismo, el esparcimiento y otros rubros conexos por pandemia.

El 2021 fue de menos a más, la crisis que potencialmente pudo ser la más dura de todas, se pudo superar más rápido que las anteriores. Fue un drama por supuesto para miles de personas, desde quienes padecieron la enfermedad a quienes por trabajar en sectores como el turismo quedaron sin empleo. Pero el segundo semestre del año ya fue de recuperación y la mirada sobre el 2022 se permite una razonable dosis de optimismo.

La oportunidad de Uruguay está más vigente que nunca. El Banco Mundial ha dicho que la agricultura de Uruguay es ejemplo en el continente, la intención de invertir y seguir creciendo están en casi todas las actividades. Y de eso se trata de ser un país ejemplo, como ya lo hemos sido en tantas cosas.

Uruguay como país donde desarrollar los proyectos que traen soluciones al mundo entero. Hay muchos de esos proyectos, desde unicornios a startups, que se están incubando, desarrollando o ya desplegando.

Hay una intención de crecer,  innovar, invertir en muchos sectores que permiten tener ilusiones aún cuando vemos que Europa vuelve a caer en cuarentenas, el Omicron amenaza ser un nuevo tsunami viral y los rusos pueden estar a punto de cruzar la frontera con Ucrania y desatar una hecatombe bélica global. Problemas por ahora lejanos. 

Si Uruguay evita la polarización política que está afectando a América Latina, si mantiene una convivencia republicana amigable entre quienes piensan distinto y sigue dando muestras de que más que un lugar para invertir es un lugar para vivir para todos aquellos que quieran crear, inventar, invertir, trabajar, es posible que el 2022 sea un año de despegue. 

En la buena parte del agro se vive en esa sensación. Hay proyectos de reconversión desde el pastoreo rotativo a la construcción en madera que pueden ser también revolucionarios en clave eficiencia y captura de carbono. Y en cada una de muchas áreas a las que uno puede aproximarse, apenas mire en detalle encontrará empresarios audaces apostando fuerte.

Y esto es un logro colectivo, en el que distintos partidos han hecho diferentes aportes. Uruguay puede ser el caso de América Latina para llegar a niveles de desarrollo de primer mundo.  La matriz energética renovable es una fuente decisiva de competitividad en tiempos de cambio climático. El conjunto de madera para capturar carbono, campo natural para mantener la biodiversidad, planes de uso y manejo de suelos para prevenir la erosión y eventualmente capturar carbono, trazabilidad para demostrar lo que se hace, software para optimizar todo lo anterior, hacen que aún sin haber salido del todo de la pandemia, si no nos peleamos tontamente entre uruguayos, sino nos boicoteamos en la lógica del paro permanente, la oportunidad de que este sea un lugar maravilloso donde muchos quieren venir a vivir, tiene la más plena vigencia. 

La crisis que parece tocarnos fatídicamente cada 20 años, parece haber quedado atrás, ¿somos capaces de construir un nuevo super ciclo de crecimiento y desarrollo que beneficie al conjunto de la sociedad?

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