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La plusvalía de los robots

Tal vez no tenga sentido seguir disfrazados de sindicatos reclamándole al Estado disfrazado de empresa

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20 de junio de 2017 a las 05:00

El reciente paro que dejó sin combustible ni supergás a Uruguay me creó la inquietud de tratar de entender lo que estaba ocurriendo. Luego de un profundo análisis y de sacar la hojarasca que impide ver lo elemental, decidí que se trataba de una medida de fuerza de un sector de empleados del Estado contra otro sector de empleados del Estado, que posteriormente, por una decisión de otro empleado del Estado, se desactivó al decretarse la obvia esencialidad del servicio.

También, sacando los ropajes que confunden, podría haberse ensayado otra definición. Uno de los partidos de la coalición gobernante –en los que se suponen que los comportamientos son democráticos–, disconforme con las decisiones de su propio gobierno, hizo un paro para modificarlas, con su vestimenta gremial, paralizando a una empresa estatal dirigida por su propia alianza gobernante.

Un tercer ensayo de definición, podría ser: el gremialismo, conducido por el trotskismo ortodoxo que propicia desde la época de la revolución soviética la necesidad de tomar el poder para favorecer a las clases desprotegidas, condenó desde el poder a las clases más desprotegidas a quedarse sin un insumo vital para sus necesidades esenciales.

Pausa para meditar. Hubo una era dorada en que se suponía que la agremiación era el sistema con que las clases oprimidas por el salvaje capitalismo se defendían de la empresa privada, para recuperar así la plusvalía contenida en su trabajo que le era negada por un mundo cruel. Después de décadas de discusiones teóricas, de luchas, negociaciones, muertes, el criterio original fue madurando y cambiando. El rotundo fracaso del comunismo, en todos sus formatos y en todo el mundo, no eliminó el sindicalismo, que ya había evolucionado hacia formatos más adecuados y compatibles con la necesidad de mantener niveles de productividad y competitividad de cada país, fundamentales para participar de un mercado mundial cada vez más abierto y disputado.

La creciente dependencia de las inversiones de capital y de la tecnología –un único concepto finalmente– para mejorar el vital output, base del bienestar de los pueblos, forzó a instancias superiores de diálogo entre los trabajadores y las empresas privadas, que permitieron notables avances en la calidad de vida y el crecimiento de los países que más se apegaron a esos criterios. Los países que en cambio se atuvieron al formato original vieron deterioradas sus oportunidades hasta extremos dramáticos.

Pero como esa diferencia en el bienestar y el progreso se vuelve grave y perentoria solamente cuando se compara con el resto de las naciones, algunas sociedades, en especial las pastoriles o extractivas prefirieron seguir en la comodidad de la vieja dicotomía de trabajadores contra empresas capitalistas. Curiosamente fueron esos países los que más dependientes se tornaron de todo lo que huían: Estados Unidos, el Fondo Monetario, el endeudamiento y las siglas internacionales que les imponen todo tipo de órdenes, como el GAFI, la OCDE y otras.

Lo que resulta novedoso, es que el sindicalismo trotskista se vuelva contra el Estado y el sistema estatal que no le quita ninguna plusvalía –porque no es capaz de generarla–, no lo explota, no lo avasalla, no le resta soberanía ni se lleva el fruto de la riqueza natural del país. Al contrario, la protege al encarecerla tanto que la sociedad está condenada a crecer miserablemente, a no crear más empleo, a empeorar su salud y su educación, al no poder vender nada más que las producciones primarias que, justamente, tienen escasa plusvalía, en una cruel paradoja.

La tradicional y gastada metáfora del perro que se muerde la cola viene de inmediato a la mente. Pero es más precisa la idea de las células cancerosas o las células inmunológicas que atacan al propio organismo hasta destruirlo, olvidadas de cuáles eran sus enemigos naturales.

Esto podría ser una referencia romántica, melancólica y hasta jocosa, si el escenario global no estuviera virando hacia un estadio donde la plusvalía aportada por el trabajo será cada vez menor, con velocidad creciente. O para ser más precisos, un escenario donde la plusvalía será generada por mucho menos trabajadores con otra formación, otros mecanismos de contratación y relación con las empresas y casi sin territorialidad, en un contexto de eclosión poblacional.

Para empeorar el panorama y a diferencia de lo que ocurriera en la segunda revolución industrial, no se trata del desplazamiento de la diligencia por el ferrocarril, donde se generó un nuevo empleo instantáneo y geográficamente cercano, sino que ese fenómeno de destrucción creativa puede ser más rápido en la destrucción que en la creación y seguramente no ocurrirá en el mismo ámbito geográfico.

En tales condiciones, resulta imperioso para cualquier país, para cualquiera que viva de su trabajo, para cualquier profesional, para cualquier político y para cualquier gremialista, comenzar a pensar desde cero su razón de ser y su existencia, no ya encontrar mecanismos de supervivencia o de demora que son tan nocivos como los remedios de los curanderos contra el cáncer, para seguir con la metáfora. Las ideas que ya circulan de gravar con un impuesto los robots y otros adelantos tecnológicos son sencillamente absurdas, como lo han sido siempre todas las similares a lo largo de la historia. Además de demorar el necesario reacomodamiento de todo el sistema. Por iguales razones son descartables las propuestas de subsidio, salvo que lo otorgue y administre la ONU.

Para el PIT-CNT, uno de los últimos reductos del comunismo gremial obsoleto, el desafío será tremendo. Ya no puede acusar a la empresa privada (que ha colaborado a hacer desaparecer de Uruguay) de explotadora, ni podrá reclamar más cierre de una economía ya dramáticamente cerrada. Ni tampoco podrá reclamar más participación del Estado en la economía, ni mayores beneficios y protección laboral, en un mundo donde la innovación será avasalladora y el empleo requerirá una flexibilidad conceptual y legal como nunca se ha conocido. Tal vez podría ensayar la idea de crear un gremio de robots, con Asimov como secretario general.

En tal contexto, los criterios actuales que defiende e impone la central gremial serán una rémora insoportable para la sociedad. Y en esos criterios devastadores incluyo la concepción educativa que el trotskismo sindical viene haciendo prevalecer, que llevan a un desempleo masivo y a una precarización laboral colectiva frente al panorama global. Incluyo entre esos criterios devastadores el aumento del presupuesto de educación sin tener la menor idea de lo que se pretende lograr con el sistema educativo ni un plan elaborado por reales conocedores de la problemática y concepciones actuales de la enseñanza, que debe ser una política diseñada por las mejores mentes orientales, no por ideólogos perimidos de una teología desvalorizada e inútil.

Mientras se dirime el futuro, que es mañana, tal vez no tenga sentido seguir disfrazados de sindicatos reclamándole la plusvalía al Estado disfrazado de empresa.

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