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La productividad y el encierro: no hay que sentir culpa si en estos días "no hacemos nada"

Las exigencias, en un momento de incertidumbre extrema, están a la orden del día; los expertos recomiendan relajarse y no querer hacer "todo, todo el tiempo"

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09 de mayo de 2020 a las 05:03

Ah, la cuarentena. Una maravilla. Ahora sí. Gracias encierro preventivo, gracias. Ahora sí voy a poder leer todo lo que no había leído. Por fin voy a tener espacio para zamparme de una las 19 temporadas de esa serie que tengo en lista desde hace cinco años. Por una vez en la vida se cruzan los astros y se abre el espacio perfecto para liquidar las 28 películas que no vi de Woody Allen. Al fin. Ahora sí. Este es el momento de sentarme a escribir, de escupir la novela, de ordenar el apartamento, de jugar a todos los juegos de mesa que no jugué con mis hijos, de plastificar las fotos de las vacaciones del 98, de catalogar las remeras estampadas por fecha de compra, de hacer crecer la masa madre, de plantar zapallos, de aprender a tejer, de enseñarle a mi sobrina a tocar la guitarra eléctrica, de jugar al truco virtual con mi tío que vive en Nueva Jersey, de pulir los cuentos, de limpiar la heladera dos veces por semana, de producir mi propio podcast, de hacer todo lo que siempre quise y nunca pude. Gracias cuarentena. Llegó el momento que estaba esperando. Por fin. No hay tiempo que perder.

Es un poco exagerado, es cierto, pero esto es lo debe haber pensado mucha gente a las puertas de la cuarentena. Porque, de hecho, es cierto que parecía ser la oportunidad propicia para cumplir con todo. Para establecerse metas, aprovechar el supuesto tiempo libre que se nos venía encima, ponerse por delante tareas y actividades a completar. El contexto inédito de la pandemia estaba teñido por la incertidumbre desde el principio y, aun así, lo que imperó fue la exigencia. La autoexigencia. Y, por eso mismo, estamos lejos de errar el tiro si decimos que la mayoría tuvimos momentos, en estos días de encierro, en el que nos sentimos culpables por no cumplir con las pautas que nos pusimos casi de manera automática. Quien escribe, por ejemplo, admite haberse puesto varias metas audiovisuales que, está claro, no cumplió ni al 20%. A veces ese porcentaje es doloroso. A veces, importa bien poco.

Hay que hacer autocrítica y decir que esta presión por hacer y deshacer la agenda de cuarentena partió, en varios casos, de los propios medios de comunicación. Quizás a falta de temas, quizás porque era lo que funcionaba, dedicamos gran parte de la primera de la cobertura de la pandemia a recomendar múltiples programas para el encierro. Que qué hacer con los niños, qué escuchar, qué leer, qué mirar, qué hacer. Y ojo: no estaba mal. Era un servicio, servía como guía y era consumido con atención por los lectores. Los números lo dejaron claro. Pero es cierto; quizás la presión se derramó entre “Los quince clásicos que podés leer ahora que estás encerrado” o “Las diez series larguísimas con las que te podés poner al día”, entre otras notas que publicamos hasta hace no mucho y que seguimos publicando.

Hace poco menos de una semana, el cineasta Pablo Stoll puso en palabras en este mismo suplemento lo que él y otras tantas personas –como varios comentarios en Twitter lo evidenciaron más tarde– sienten sobre esta situación. Stoll dijo esto: “No creo que estemos en una especie de suspensión temporal y que ahora puedo hacer todo lo que no estaba haciendo. Hace una semana que dejé de leer cosas sobre si el mundo va a cambiar para siempre o no. Me aburrió. Y parte del problema es la idea de que el tiempo es algo que hay que llenar de cosas y explotar al máximo. Eso tiene que ver más con el consumo del tiempo, que con el hecho de vivirlo. No siento la necesidad de ponerme metas, de decir que salí de la cuarentena con La montaña mágica o las obras completas de Tolstoi leídas. Si no las leí hasta ahora, por algo es. Hay que quitarle la exigencia a la situación y olvidar la idea de que esto es un pico que aumenta y que las semanas siguientes siempre son las más importantes”.

Lo que dice el director de 25 Watts y Whisky es clave. Está claro que la idea de tener que ser productivos en estas semanas de aparente “pausa” ha hecho mella en la gente. De alguna manea, pareciera que estamos buscando que alguien nos diga, lisa y llanamente, que no pasada nada si en esta cuarentena no nos terminamos la saga de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust completa. De ahí el éxito y la empatía que generaron las palabras de Stoll.

“Nos dicen que Isaac Newton descubrió la gravedad e inventó el cálculo en cuarentena, que Shakespeare aparentemente escribió el Rey Lear encerrado. En estos días he recibido mails instándome a usar este tiempo presuntamente libre para aprender un nuevo idioma, monetizar mis aptitudes fotográficas o encontrar un negocio. Parece que cada segundo que no utilizo para construir un negocio, hacer dinero a través de un hobby o mejorarme de alguna manera, es tiempo perdido. Y la presión es convincente”, dice Kiran Misra, que suma su voz en un artículo de The Guardian fechado el 24 de abril y que titula Por qué deberías ignorar la presión de ser productivo durante el encierro.

Algo parecido dice otra nota, esta vez del medio español ABC, que se titula de un modo similar: Por qué no debes sentirte culpable si no haces nada durante la cuarentena. 

“Hay un verdadero imperativo social que establece una exigencia de la forma correcta de vivir este momento, relacionado con 'tener que', lo que produce una gran ansiedad al no poder cumplir con estas expectativas, porque nuestros sentimientos son muy cambiantes, alternantes y desconcertantes a veces”, apunta en la publicación la psicóloga española Sandra Isella. “Si durante el comienzo del periodo de cuarentena, muchos todavía en estado de shock, se propusieron decenas de objetivos sin poder dimensionar lo que vendría, ahora que cada vez estamos más desmotivados aparece un sentimiento de culpa por no cumplir los propósitos iniciales”, agrega.

Permiso para no hacer nada

Para la psicóloga Lorena Estefanell, directora de la Maestría en Psicoterapia de Adultos, Parejas y Familia de la Universidad Católica del Uruguay, es normal que se den estas situaciones de presión ante un cambio de vida tan radical, pero llama a no desesperarse y, sobre todo, a no castigarse de sobremanera y evitar la aparición de la culpa. Pide que exista la posibilidad de “no hacer nada” y que esto sea contemplado como algo bueno y, en algunos casos, hasta necesario.

“Una de las principales cosas que trabajamos a la hora de encarar una crisis de este tipo en los pacientes es el permiso que tienen para ser menos productivos. En estas circunstancias, las personas queremos seguir produciendo a un nivel que la realidad no permite. La gente se siente que no está rindiendo, que está perdiendo el tiempo. Y todo este proceso de adaptación produce mucho cansancio, y aunque nos vamos acostumbrando, la culpa por ser menos productivos aparece. El tema es qué significa serlo en esta nueva época. Porque la medida del éxito cambia con el contexto. Capaz es tener una huerta, o lograr determinado bienestar en medio de este tsunami que estamos atravesando. Capaz por eso no es el mejor momento para presionarte y ordenar la biblioteca de tu casa, por ejemplo. No hay que ponerse tantas metas; de alguna manera nos estamos recuperando de una posguerra”, explica. 

Según la psicóloga uruguaya, parte del problema de la saturación de actividades se dio al pretender mantener la vida anterior en este nuevo panorama. 

“Teníamos una vida y la vivíamos de determinada manera, y de repente pasamos a un confinamiento. Quisimos seguir siendo productivos, rendir, entrenar, ver a los amigos, estudiar, trabajar y responder. Pero quizás lo que en una vida tenía sentido, en esta es una exigencia vacía de contenido”, dice y luego agrega: “La exigencia es una respuesta del organismo para encontrar formas de sobrevivir. Las personas que tengan más flexibilidad para encontrar formas diferentes de adaptar sus viejas actividades, son las que en algún punto van a lograr una adaptación más rápida”.

Para el psicólogo y psicoanalista Jorge Bafico, en tanto, mucha de la presión a la que algunos “tipos de personalidad” –como definió– se ven sometidos tiene que ver en principio con que Uruguay no estaba preparado para este tipo de situación desde el punto de vista psicológico, ya que no hay una “cultura de la tragedia” como en países que de vez en cuando afrontan terremotos u otros desastres. 

Además, asegura que gran parte de esta “obligación” que tenemos de hacer todo todo el tiempo responde a los dictámenes de una sociedad que, de alguna manera, está diseñada para generar esas necesidades.

“En esta época lo que nunca tenemos es tiempo, y cuando lo tenemos tiene que ser muy aprovechable, hay una exigencia, una ferocidad que implica que uno es libre pero a la vez esclavo de sí mismo, y se tiene que autoimponer tareas. Esta situación la enfrentamos en un modelo que pide exigencia, que demanda hacer cosas, ser feliz, ser sociable, todo lo que impone la dictadura de la felicidad. Y eso nos deja con materias pendientes que necesitamos resolver. Y en ese sentido, cada uno lo resolvió como pudo”, explica el especialista.

Así, queda claro: no hay que hacer todo. No hay que volverse locos ni saturarse con metas si no sentimos que hay que hacerlo. Y si la cuarentena termina –y ese escenario parece ser cada vez más cercano–, no hay que sentir culpa si al pasar raya vemos que leímos un solo libro, que no vimos esa serie que teníamos pautada, que no cambiamos de lugar los muebles, que la novela sigue en el mismo punto que antes del encierro. Porque nadie puede con todo. Y al final, todo se reduce a una cosa: hacer lo que esté en nuestras manos para sobrevivir. 
 

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