8 de septiembre 2023 - 5:03hs

Claudia Sheinbaum, ex jefa de Gobierno de la Ciudad de México, reservada, seria, inteligente sin necesidad de demostrarlo, ganó esta semana la interna de Morena, el partido del presidente Andrés Manuel López Obrador, y será la candidata del oficialismo para las presidenciales del año que viene.

Esto la ubica desde el vamos como la gran favorita para llegar al Palacio Nacional. Ser en México la candidata de López Obrador, que tiene unos índices de aprobación de más del 65%, es correr con el caballo del comisario.

Los programas sociales del gobierno, con transferencias directas a los sectores más desfavorecidos, su impulso a las empresas públicas, su carisma y sobre todo la percepción de que no es corrupto en un país donde la corrupción era la norma, han asegurado la popularidad a toda prueba de AMLO.

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Una muestra de ello ya se vio en la propia interna de Morena donde, aun con el polémico sistema de encuestas para elegir al candidato del partido, Sheinbaum superó a su principal contrincante, el ex canciller Marcelo Ebrard, por más de 15 puntos de ventaja. Era un secreto a voces que era la candidata del presidente. “Es Claudia”, se susurraban unos a otros los militantes de Morena durante los meses previos a la interna del martes, como quien pasa la voz de un enigma resuelto por un oráculo o deidad superior. Y empapelaron las calles de México con la consigna.

Con ese dato, lo único que puede sorprender es que no haya ganado por más margen.

Por otro lado, la principal candidata de la oposición será Xóchitl Gálvez, una empresaria descendiente de indígenas otomíes y veterana militante del PAN, aunque en esta elección representará a la coalición Frente Amplio por México, que integra a los históricos PRI, PAN y PRD. Pensar que hasta hace apenas diez años estos eran los dos partidos tradicionales y el PRD, el partido insurgente de izquierda (una especie de Frente Amplio uruguayo) fundado a fines de los ochenta. Los tres dominaban todo el arco político mexicano. Ahora forman parte de una coalición en minoría contra el partido de AMLO que hace diez años no tenía ni registro. Creo que da una idea de la influencia del político tabasqueño.

Como sea, esa era la gran noticia: que dos mujeres competirán por la presidencia de México y, con seguridad, una de ellas sería la próxima jefa de Estado. Yo me proponía titular esta nota así: “Será mujer la próxima presidenta de México”, y luego, dado el favoritismo de la candidata morenista, analizar las diferencias que podría tener un eventual gobierno suyo con el de AMLO. Pero me dejaron con los ruleros puestos: no habían pasado ni 24 horas después de los resultados de la interna cuando ya se anunciaba que Marcelo Ebrard, que había descalificado el proceso, podría presentarse como aspirante del Movimiento Ciudadano, un partido minoritario, o en su defecto como candidato independiente.

Esto supone barajar y dar de nuevo, ya que podría convertir a la elección en una contienda de tercios. Es más, con el reconocimiento personal y la capacidad de arrastre que Ebrard tiene entre las clases medias, podría pescar y bastante en las peceras de ambas candidatas, no solo en la de Sheinbaum.

Pero en todo caso será un tema para más adelante. Además, si se da la lógica, va a ser prácticamente imposible que alguien le gane a la candidata de López Obrador.

Y entonces sí, ¿en qué podría esta diferenciarse del hoy presidente?

AMLO había dicho que, cualquiera fuese su sucesor o sucesora, continuaría con su proceso que él llama de la “cuarta transformación”. Y por las lealtades que ella le ha profesado a lo largo de su carrera, lo más probable es que así sea.

Aunque por otro lado también Sheinbaum parece una persona más racional que López Obrador, menos emocional. Ella tiene formación científica, es una mujer de ciencia, y si bien carece del carisma y la conexión emocional que el presidente tiene con los votantes, es una política más enfocada en la gestión y orientada a resultados, que, por cierto, le fueron bastante favorables en el Gobierno de la Ciudad de México. En particular, en lo que hace al combate a la delincuencia; lo cual podría ser una esperanza ante el avance del narco a nivel nacional, que AMLO les ha dado manga ancha y han “feudalizado” más municipios, ciudades y estados que nunca. 

Cabe presumir también que no sería una presidenta de choque, de confrontación, como es Andrés Manuel que se pasa peleando con las autoridades electorales, con la Suprema Corte, con los periodistas. Tampoco me imagino a la doctora Sheinbaum dando unas interminables conferencias de prensa diarias, ni cayendo en el pensamiento mágico de confiar en unas estampitas y unos talismanes contra un mal como el coronavirus.

Pero indefectiblemente, existe entre muchos el temor de que sea una mera marioneta de AMLO en el gobierno. Y aun si no lo fuese, la enorme popularidad del hoy presidente hará que difícilmente pueda distanciarse mucho de sus políticas y más aun de su figura. Aunque López Obrador ha dicho que él se alejará totalmente de la política y se retirará a su rancho de Chiapas, famoso en México por llamarse “La Chingada”. Esto es cierto, lo que además se presta a las proverbiales bromas de AMLO que siempre ha dicho que cuando se retire se “va a ir a La Chingada”.   

Se aleje o no de la política, lo cierto es que su influencia perdurará en el tiempo. La gran pregunta es si esa influencia convertirá a Morena en un partido hegemónico como lo fue el PRI en el siglo XX.

Esa será la real medida de su legado. Si efectivamente lo suyo ha sido una “cuarta transformación” de México, como lo fue la Revolución Mexicana (la tercera en el cálculo historicista de AMLO), entonces es posible que así sea. Después de todo, el PRI fue producto de esa revolución.

Si el suyo en cambio ha sido solo un gobierno más, Sheinbaum, o quien sea su sucesor, se alejará poco a poco de sus políticas y México volverá a ser lo que fue desde el año 2000 hasta su llegada al poder en 2018.

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