4 de septiembre de 2014 16:54 hs

Si hay una historia real que en los últimos tiempos ha sabido atraer la atención del teatro, el cine y la escritura, esa ha sido la del caso de Dominique Strauss-Kahn (DSK). La acusación de ataque sexual del expresidente del Fondo Monetario Internacional por parte de Nafissatou Diallo, una inmigrante guineana que trabajaba como personal de limpieza en el Hotel Sofitel de Nueva York en mayo de 2011, fue tapa de los diarios del mundo y terminó con la renuncia del político a su puesto, la disolución de su matrimonio y el fin a sus posibilidades de ser presidente de Francia. Si bien el semen del político fue encontrado en la ropa de la empleada, DSK dijo haber tenido una relación sexual consentida. Posteriormente él y Diallo llegaron a un acuerdo económico millonario.

Sin ir más lejos, la película de Abel Ferrara, interpretada por Gérard Depardieu, Welcome to New York, causó revuelo en mayo de este año, cuando el festival de Cannes vetó el filme por no tener “el nivel artístico requerido” y la prensa criticó el retrato de depredador sexual que realizó el director de Un maldito policía. Pero Ferrara no fue el único que vio un filón artístico a la caída en desgracia del economista, ya que se han hecho varias obras de teatro y libros acerca del tema, entre ellos uno escrito por una examante argentino-francesa titulado La bella y la bestia.

En este contexto es que se inscribe la obra de Anthony Fletcher Habitación 2820, que se presenta los viernes y domingos en el Teatro La Gringa. No obstante, lejos de la demonización de DSK, el dramaturgo inglés residente en Uruguay se vale de esta situación para hacer una reflexión sobre el poder, el centro y la periferia, y la división entre el “nosotros” y el “ellos” que domina las relaciones sociales. “Lo que no me gusta de mi trabajo es que nos transforma en invisibles”, dice en referencia a esto la protagonista en un momento de la obra.

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El tema no es ajeno para Fletcher, que escribe y dirige Habitación 2820 y ha llevado a escena obras que ponen el foco en la inmigración, el nacionalismo y la forma en que la política y el poder influyen en las relaciones sociales. Es el caso, por ejemplo, de dos trabajos que el inglés presentó el año pasado: Ellos, obra realizada a través de una investigación con los nuevos inmigrantes que llegaron al país, y El otro lado, del chileno Ariel Dorfman, en el que una pareja de ancianos viven en una cabaña dividida por la frontera de dos países en guerra.

Es interesante el punto de partida del inglés, que se aparta de los juzgamientos morales del dominante y el dominado, para recrear una trama ficcional que no se ancla en los maniqueísmos, a la vez que trata de reflexionar sobre el por qué de las actitudes de cada personaje. En la historia de Fletcher, encarnada por Pablo Dive y Cecilia Sánchez, la relación entre el huésped poderoso y la empleada del hotel se reconstruye a partir de varios encuentros y no a partir de uno solo, como declaró Diallo, quien sostuvo que fue abusada sexualmente en la suite 2806 del Hotel Sofitel Nueva York, donde ella estaba limpiando. Cabe destacar que el título de la obra alude a otra habitación, la 2820, que representó un punto de suspicacia en el caso, ya que Diallo entró a ese cuarto antes y después del supuesto ataque.

Más allá de la dinámica de reflexión sobre el poder que se establece en la obra, esta resulta interesante por la química entre los actores, logrando momentos de gran erotismo, y por la naturalidad del trabajo de Sánchez, quien el año pasado fue nominada al Florencio por dos obras como mejor actriz en el rubro comedia: Se busca un tenor y El salvador. La iluminación y la escenografía, en la que domina una cama y una alfombra roja, tareas a cargo de Claudia Sánchez, ayudan a generar un clima de intimidad, que se ve resaltado por la sala de La Gringa.

No obstante, puede cuestionársele a Habitación 2820 cierta monotonía y, especialmente, que en su intento de construir equidad entre ambos personajes, el de Sánchez -quien representa a Ana como una mujer de carácter dominante, extrovertido y divertido- está dotado de una potencia discursiva que le resta verosimilitud a la situación. Es claro el intento de Fletcher de que el personaje de DSK sea más sobrio en comparación, en alusión a ese poder que no tiene necesidad de desplegarse de manera rimbombante. Pero si bien es bueno el contrapunto con otros trabajos que han retratado a DSK como un monstruo, la obra se pierde por momentos en dicotomías obvias de lo femenino y lo masculino, y se ancla en una equidad que atenta contra su credibilidad.

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