14 de enero de 2013 19:42 hs

La victoria de Argo, de Ben Affleck, sobre Lincoln, de Steven Spielberg, ayer en la 70ª edición de los Globos de Oro, premios considerados como la antesala de los Oscar, resultó una sorpresa del tipo David derrotando a Goliath. Menos inesperado, en cambio, fue el galardón que se llevó Anne Hathaway como mejor actriz secundaria en Los miserables, el filme más premiado de la noche. Aun antes de que se estrenara la película los críticos ya comentaban con cinismo que la joven intérprete jugaba con una carta fundamental para ganar la partida: el amor de Hollywood por las lindas que se convierten en feas.

Para interpretar a Fantine, una madre pobre y enfermiza que se ve obligada a prostituirse, en el largometraje basado en la obra de Victor Hugo –y dirigida por el nuevo inglés mimado de la Academia, Tom Hopper– la protagonista de El diablo viste a la moda tuvo que adelgazar 11 kilos y cortarse el cabello.

Y aunque su categoría pueda parecer difícil –se enfrenta a las oscarizadas Sally Field y Helen Hunt, a Jacki Weaver, quien había sido ternada en 2010, y a Amy Adams, que en los últimos siete años fue nominada cuatro veces– todos los pronósticos apuntan a que Hathaway será la vencedora.

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La teoría de que las actrices de Hollywood que interpretan personajes en los que se afean o sufren importantes transformaciones tienen más posibilidades de ganar un premio de la Academia puede no sonar tan disparatada por el hecho de que desde que Hilary Swank obtuviera el máximo galardón femenino por Los muchachos no lloran en 1999, muchas actrices lo han ganado y tantas otras obtuvieron nominaciones por este tipo de papeles.

Un caso paradigmático es el de Nicole Kidman, quien obtuvo un Oscar en 2002 por interpretar con nariz postiza a Virginia Woolf en Las horas. Charlize Theron lo ganó al año siguiente por su recreación de la asesina Aileen Wuornos en Monster –para lo que engordó 12 kilos, se puso una dentadura postiza, lentes de contacto y afeó su piel–, y Hilary Swank lo consiguió por su papel de la adolescente transexual Brandon Teena.

Tres años después, Swank obtendría otra estatuilla por su intepretación de una boxeadora musculosa en Million Dollar Baby. El galardón para las tres actrices confirma otra tendencia: a Hollywood le gustan las historias de personajes reales.

En la línea de las transformaciones, Meryl Streep logró el año pasado su tercer galardón por su encarnación de Margaret Thatcher en La dama de hierro, después de 13 nominaciones
fallidas en 20 años, y Helen Mirren lo hizo en 2006 por su papel de la reina Isabel II en La reina.

Otras actrices que no alcanzaron a llevarse la dorada estatuilla pero que, al menos, se aseguraron nominaciones dejando el glamour de lado fueron Renée Zellweger en 2001 por El diario de Bridget Jones, papel para el que engordó varios kilos, y Glenn Close por Albert Nobbs (2011), donde interpretó a una mujer que se hace pasar por hombre para sobrevivir.

Otros ejemplos son el de Rooney Mara, por su personificación de la hacker punk Lisbeth Salander en La chica del dragón tatuado, o Salma Hayek, quien se animó al unicejo y un poco de bigote para dar vida a la pintora mexicana Frida Kahlo en Frida.

Sea porque Hollywood siente culpa por la belleza de las actrices a las que entroniza o por el morbo de convertir en patitos feos a sus cisnes, habrá que esperar hasta febrero para comprobar si respecto a los premios de la Academia es cierto aquello de que “la suerte de la fea, la linda la desea”.

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