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8 de enero 2023 - 5:00hs

Por Miguel Russo

El fotógrafo español Gervasio Sánchez conoce la cara de la guerra; la misma cara de siempre de las muchas guerras que cubrió en los últimos años. Y piensa que sí, que es la tumba más chica que vio en su vida, o de la parte de su vida que pasó persiguiendo a la guerra, alcanzándola o dejándose alcanzar por ella. Gervasio Sánchez mira el cielo constantemente nublado de Sarajevo. Y mira las montañas detrás del humo constante de las bombas y los incendios de esta Sarajevo sitiada. Sus ojos, acostumbrados a la guerra, se acostumbran a mirar detrás del humo. Pero vuelven una y otra vez a esta tumba pequeña, la más pequeña que vio, como piensa, como dice: “Debe ser la fosa más chica que se cavó en todo el tiempo que lleva el cerco de esta ciudad, quizás sea la fosa más chica que se cavó en toda la historia de la guerra”.

La guerra tiene, para Gervasio Sánchez, una continua cercanía. Él tiene 35 años (nació en 1959 en Córdoba, Andalucía, a orillas del Guadalquivir, en una casa desde donde se divisaban, claras, ya libres del humo que había desatado la Guerra Civil, las primeras estribaciones de la Sierra Morena), y hace 12 que persigue la guerra y que se deja alcanzar por ella. Arrancó recién cumplidos los 23, allá por los conflictos armados en América latina: Guatemala y su sucesión de golpe de Estado tras golpe de Estado siempre en contra del pueblo guatemalteco, Granada invadida por los marines para alejar otro supuesto peligro “comunista” para los Estados Unidos. Siguió por África y por Asia. Y siguiendo la guerra llegó al Golfo Pérsico, donde se quedó hasta 1992 para pasar de inmediato a los Balcanes, con la lucha en los pueblos fragmentados de la vieja Yugoslavia.

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Con su cámara fotográfica llena de guerras, con sus ojos acostumbrados a mirar a través del humo, mira al enterrador y no intenta siquiera adivinarle la edad. “La guerra impide conocer en las caras y los cuerpos de quienes la viven cuánto tiempo pasó”, dice, se dice, piensa, mientras mira al hombre que sostiene la pala en alto por un segundo y vuelve a inclinarse para que la tierra quede en su lugar.

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Dicen que este lugar fue habitado desde el Neolítico, cuando campeaba por aquí la cultura Butmir. Dicen que muchos siglos después, en la Edad Media, los eslavos que habitaban estas tierras las llamaban Vrh-Bosna, cuando llegaron los turcos otomanos y a sangre y fuego la conquistaron en 1429. Dicen que después de 32 años, el líder Isa-Beg Isakovic, su primer gobernante, decidió cambiarle el nombre y la bautizó como Bosna-Saraj. Dicen que llegó a ser, a finales del siglo XVII, la ciudad más importante de los Balcanes y la segunda, detrás de Estambul, de todo el Imperio Otomano. Dicen que cuando en 1878 pasó a estar bajo la tutela de otro imperio, el austrohúngaro, este lugar alcanzó una gran importancia para la industrialización europea. Dicen que apenas arrancado el siglo XX, en este lugar hubo un brote incontrolable de nacionalismo eslavo. A partir de allí, todos los libros de Historia hablan de este lugar: cuentan que el 28 de junio de 1914 aquí fueron asesinados por Gavrilo Princip el archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía Chotek. Cuentan que, con ese atentado como partero, nació la Primera Guerra Mundial. Cuentan que cuando acabó la guerra y se disolvió el Imperio Austrohúngaro este lugar formó parte del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos y cuentan que, más tarde, perteneció al país que llamaron Yugoslavia. Los libros cuentan, siguen contando, que en 1941, en pleno delirio expansionista de Adolfo Hitler, este lugar fue invadido por las tropas del Eje. Y cuentan que, una vez aplastado todo intento de defensa, el lugar se repartió entre alemanes, italianos, croatas, húngaros, rumanos y búlgaros. Los libros de Historia no se callan. Y cuentan que en 1945, la Unión Soviética expulsó a los invasores de este lugar. Y que, finalizada la Segunda Guerra Mundial, se estableció aquí un gobierno socialista al mando del Mariscal Tito. Cuentan, entonces, que este lugar fue un centro industrial y turístico; que se realizaron aquí los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984. Callan crímenes y cárceles y torturas. Pero cuentan que, cuando comenzó la desintegración de Yugoslavia, en este lugar se instaló la capital de la independiente República de Bosnia y Herzegovina. Entonces callan los libros y son las voces de los pobladores las que dicen que el 6 de abril de 1992 estalló el horror. Muchas cosas dicen de este lugar que en serbio, en bosnio o en croata llaman Sarajevo.

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Gervasio Sánchez recorrió de un lado al otro la ciudad de Sarajevo. Fotografió miles y miles de personas que trataban de vivir gambeteando los ataques y los francotiradores y los edificios que se caían a bombazos. Siempre es difícil entrar o salir de una ciudad sitiada, pero mucho más difícil es caminarla. Y Sánchez la camina junto a sus habitantes. Había llegado al aeropuerto asistido por la ONU y zarandeando su cartel de “Prensa” y su cámara, precaria bandera blanca para cualquier ataque. Pero una vez adentro de Sarajevo, su vida tuvo el mismo valor que la de cualquiera: nada.

Se alojó en casas particulares donde faltaba la luz y el agua y el gas. Aceptó el hambre de todos y el terror de todos. “Las balas –escribió en su diario– no preguntan si estás de paso o si sos periodista”. Y cuando sus colegas le hacían la última pregunta, antes de escaparse del horror, Sánchez, quedándose, contestaba, tranquilo: “Quiero mostrar lo que pasa aquí; la vida cotidiana de los civiles en una ciudad sitiada en el centro de Europa. Una parte importantísima de esta cotidianidad son los chicos. Uno de cada seis muertos y uno de cada cinco heridos es un chico. Así y todo, son los que más continúan con lo cotidiano. Ellos siguen jugando, siguen creciendo en el medio del infierno”.

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La mañana del 9 de enero de 1994, Gervasio Sánchez le muestra una foto a Mirsad Demirovic y en un precario inglés le pide que le cuente la historia. Mirsad Demirovic mira la foto, toma un sorbo de agua y, en un precario inglés, lentamente, cuenta: “Nalena Skorupan nació el 28 de octubre del año pasado. Su padre, al que todos conocían como Nale, había muerto en el frente de batalla siete meses atrás. Por él, su madre, Elvedina, la llamó Nalena. Era un modo de que tuviera algo de un padre que nunca conocería. Elvedina es la hermana de mi mujer, Mirsada. Nosotros no podíamos tener hijos. Y Mirsada quería a Nalena como si fuera suya. En una guerra, todos los hijos son nuestros hijos. Y Nalena parecía saberlo: sólo se dormía cuando Mirsada la cargaba y la acunaba cantándole al oído”.

Mirsad mira la foto, donde una mujer aprieta tiernamente contra su cara a una beba de ojitos asustados. La mujer es su esposa, la beba es Nalena. La foto fue tomada el 6 de enero, vaya a saber por quién, una hora antes de las explosiones.

Y sigue contando: “Elvedina aprovechó que ese día había llegado el agua y estaba en el lavadero, al fondo de la casa, fregando los pañales amontonados. Mi esposa se quedó adelante, cuidando a Nalena. Entonces comenzaron a caer las bombas. Los serbios querían celebrar la Pascua ortodoxa a su modo, bombardeando Sarajevo. Durante un buen rato cayeron bombas cada diez segundos. Cuando terminaron las explosiones en el barrio, Elvedina corrió hasta la casa y entre los escombros y una gran nube de polvo, debajo del cuerpo sin vida de mi mujer, encontró a su hija. La envolvió en una manta y la llevó en una carrera enloquecida hasta el hospital. Las bombas seguían cayendo por toda la ciudad”.

Mirsad hace una pausa, busca palabras en un idioma que se le resiste. Gervasio Sánchez espera. “La medianoche del 7 nos dijeron que era necesario trasladar a Nalena a un hospital en Alemania. Su cuerpito estaba quemado e hinchado. Respiraba con mucho esfuerzo. Elvedina y yo salimos a buscar un poco de agua para refrescarla. Cuando volvimos ya no respiraba. Eran las seis de la mañana. A la tarde, puse su cuerpito en el fondo de la tumba, al lado del de mi esposa”.

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Gervasio Sánchez mira al enterrador la mañana del 9 de enero de 1994. Habla en voz alta, Gervasio Sánchez. Y aunque el hombre que alisa el terreno con su pala no entiende una palabra de español, sabe que no debe interrumpirlo. “Nunca supe cuándo termina una guerra”, dice. “No termina, seguro, cuando paran los bombardeos ni cuando dejan de acumularse muertos. Ni siquiera cuando usted termine de apisonar la tierra sobre la tumba más pequeña que se cavó en Sarajevo. La guerra nos persigue siempre. Y cuando no nos persigue, somos nosotros los que la perseguimos. Ya sé que toda muerte es injusta, pero hay muertes que rompen todos los moldes de la injusticia”, dice.

Entonces, por Mirsad –que cuando terminó de contarle la historia le devolvió la foto y se cubrió la cara con las manos–, por Elvedina –que salió del hospital a las seis de la mañana de aquel 8 de enero con la mirada perdida en algún sitio fuera de la guerra y no se sabe nada más de ella–, por Mirsada –que cubrió el cuerpo de la que nunca sería su hija con su cuerpo que nunca tendría hijos– y por Nalena –que vivió su pequeñísima vida dentro de una guerra de la cual jamás se enteraría el motivo–, vuelve a mirar el cielo constantemente nublado de Sarajevo. Por todos ellos mira las montañas detrás del humo constante de las bombas y los incendios de esta Sarajevo sitiada. Y, acostumbrado a la guerra, acostumbrado a mirar detrás del humo, hace foco en un hombre del cual nunca sabrá el nombre. Un hombre del que nunca intentará adivinar la edad. Un hombre que, acostumbrado a la guerra, entiende todo sin entender ni una palabra de lo que le dice.

*Del libro Más que mil palabras (Editorial Planeta, 2015)

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