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10 de mayo 2020 - 5:00hs

Alva Sueiras

Especial para El Observador

 

Me lo contó Hugo Soca hace meses. En aquel entonces nos reuníamos una vez por semana para que Hugo fuera, de a poquito, desgranando los distintos episodios de su vida. Lo llamábamos, cómicamente, la terapia. Recababa información para escribir su biografía. El padre falleció cuando Hugo tenía quince años. Pocas horas después del entierro, él y su madre se sumergieron en la quinta a cosechar la huerta. La tierra, que no entiende de duelos, no podía esperar.

Ahí entendí el sacrificio del campo. Meses más tarde, leyendo Wine and war de Don y Petie Kladstrup, quedé maravillada con las peripecias de los viñateros franceses para evadir el expolio nazi. Algunos productores levantaron muros en la cava de sus bodegas para esconder sus tesoros líquidos más preciados, y sobre esos muros recién levantados, pusieron arañas a trabajar para envejecer su aspecto. De este modo algunos miles de litros de los mejores vinos de Francia pasaron desapercibidos para las filas hitlerianas. En el ínterin de aquella lectura tan poderosa, conocí a una productora uruguaya que me contó cómo su difunto padre eligió ocuparse de la que sería su última vendimia en lugar de tratarse el cáncer que lo aquejaba. Conocer las asombrosas y apasionantes historias que esconde la viña, ayuda a entender la recia pasión de los viticultores por el elixir que nos acompaña desde tiempos inmemoriales. 

En términos vitivinícolas, el factor climático es vital en la calidad vinífera de la uva y por extensión, de la cosecha. Por eso, el viticultor es un sufridor curtido que sólo descansa sus incertidumbres cuando el clima ha sido generoso y la uva está enteramente recolectada. Este año el optimismo se palpaba en el ambiente. El buen ánimo de los productores afloraba en cada conversación y aumentaba según maduraba la fruta y se aproximaba el momento de la vendimia.

Las fotografías compartidas en redes por bodegas y viticultores mostraban racimos soberbios conformados por uvas maduras, prietas, uniformes y espléndidas. Este año todos parecían estar de acuerdo en algo: la vendimia 2020 haría historia en Uruguay.

Un año soberbio

El winemaker, agrónomo y viticultor Manuel Filgueira (Bodega Los Nadies) es uno de los grandes afortunados en esta vendimia. Su viñedo se ubica en Cuchilla Verde (Canelones), una de las zonas más favorecidas por el clima en este último ciclo vegetativo. Tanto en el norte del departamento como en Colonia, las viñas han gozado de esa cantidad justa de lluvia primaveral que permite que los brotes crezcan hasta el punto requerido para hacer la fotosíntesis. El verano, escaso en lluvias, propició que las plantas maduraran sin enfermedades. La guinda del pastel la puso la tan deseada amplitud térmica, con días “de mucho calor, pero no exagerado y noches frescas”, apunta Filgueira, quien explica que esta característica permite que el metabolismo de la planta sea alto durante el día y que, en la noche, al bajar la temperatura, la planta apenas precise gastar recursos. “Eso permite que la uva concentre todo lo que al viticultor le interesa, como el color y los aromas”. Por lo general, el verano uruguayo tiene lluvias mas frecuentes, lo cual genera que las partes verdes de la planta crezcan más, compitiendo, para sufrimiento del viticultor, con el desarrollo del racimo. En paralelo, la humedad derivada favorece la aparición de enfermedades no deseadas en la uva.

Camilo dos Santos

Para Fabiana Bracco, propietaria de la Bodega Bracco Bosca en Atlántida, este ha sido uno de los mejores años que ha vivido en la viña. Se trata del primer verano en el que ha tenido que irrigar y asegura que el equilibrio en la uva es fabuloso: “Con óptimos niveles de sanidad y acidez, y mucha concentración en el fruto”. Para Margarita Carrau, Directora de Enoturismo en la Bodega Cerro Chapeu, ubicada en el departamento de Rivera, la vendimia también ha sido excelente: “Hemos tenido muy buenas cosechas en las últimas décadas pero ninguna como esta. Se trata de una vendimia memorable como hace mucho tiempo no estábamos viendo. La fruta dio muy buenos jugos y tenemos grandes expectativas”. Para el enólogo Jose María Lez, Presidente del Inavi, se trata de una “vendimia histórica, para recordar”, en la que deposita favorables pronósticos en torno al posicionamiento del vino uruguayo en el mercado internacional.

La vendimia antes y durante la pandemia

Los recuerdos de infancia de Manuel Filgueira y las historias de la viña que César Pisano le contaba a sus hijos, recalan en una misma certeza: la vendimia en sí ha sido históricamente una gran fiesta. Si bien la realidad se ha ido transformando con el paso de los años y de las décadas, el clima festivo se mantiene durante la cosecha, tal y como señala el enólogo Gustavo Pisano (Pisano Artesanía en Vinos Finos). Lo que nadie esperaba pocos meses antes, era que una pandemia fuera capaz de enmudecer el momento más celebrado en la viña. Los Pisano, con un 80% de la uva ya cosechada cuando estalló la noticia de los primeros casos de covid-19 en el país, implementaron rápidamente un protocolo de actuación que incluyó la aceleración de los procesos en bodega, porque hubo un tiempo en el que corrían rumores de la inminente llegada de una cuarentena obligatoria. Ahí fue que desecharon el proyecto de sobre maduración de algunos racimos. Filgueira asegura que “hubo días de incertidumbre”. “Se venía la cuarentena y la lluvia, con la posibilidad de perder la uva. Ahí nos pusimos nerviosos”, dijo. El caso de Cerro Chapeu fue una excepción, ya que en el norte del país la uva madura antes que en el sur y cuando se decretó la alerta sanitaria, la vendimia había concluido. En Bracco Bosca aumentaron los cuidados a pesar de que “el hombre de campo se siente protegido al aire libre y está acostumbrado a los cambios del clima, a enfrentarse a la tierra y no tiene miedo” como señala Fabiana Bracco. La productora puso orden en las distancias, suprimió las actividades enoturísticas y suspendió ese gran momento de comunión, donde la familia, los técnicos y los cortadores comparten mesa y celebran el fin de la vendimia. 

Sin grandes celebraciones, guardando las distancias y haciendo el menor de los ruidos –no fuera a ser que alguien recordara que existían– los viticultores uruguayos siguieron cortando cada racimo de una de las mejores cosechas de las últimas décadas. Mientras las uvas entraban en bodega con la discreción que el silencio otorga, la mayoría de la población se encerraba a cal y canto en sus casas esperando que pasara el chaparrón. Ni la vid entiende de pandemias ni el viñatero de ceder ante la adversidad. En los próximos meses se descorcharán los primeros vinos jóvenes de un año que no solo recordaremos como el de la pandemia, también como el año en el que el clima le dio una tregua a la viña uruguaya para regalarnos una cosecha excepcional. 

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