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Ramírez: un premio, dos mundos

Maroñas vivió su fiesta entre El glamour del palco, donde destacaron trajes y sombreros de gala que contrastaron con el humo de los chorizos de la tribuna y la humildad de los que bañaban a los caballos

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07 de enero de 2019 a las 05:00

Seis de enero. Maroñas deslumbra. Atravesar la puerta del palco impresiona. La elegencia de las mujeres y el marketing a cada paso son la constante. Plasmas en cada rincón para seguir las alternativas de la carrera de turno. El orden llama la atención. Nada se sale del libreto. 

Unos metros más adelante, pegado a los lugares donde bañan a los caballos antes de entrar, la gente realiza su pequeño picnic.
Mate, el tradicional refuerzo y paquete de galletitas para los más chicos.
Un pelotero en el centro, mesas de plástico a los alrededores y el humo de los chorizos inundando el ambiente. En la tribuna, colgados de las columnas, unos viejos televisores de 24 pulgadas donde se pasaban las alternativas de las carreras.

En la calle Irigoyen la cantina funciona a pleno. No hay mesa libre. Para cubrirse del sol tiraron una lona negra en forma de L. La cerveza corre para mitigar el calor. Unos metros más adelante, por Guerra los cuidacoches sacan provecho de la fiesta. “Jefe, estamos pidiendo $ 100”, le dice un joven a un hombre que estacionó su vehículo a escasos metros de la puerta de ingreso.

Por un día, el Hipódromo volvió a ser la industria sin chimeneas. Cada uno lo vivió y lo disfrutó a su manera.
El Gran Premio Ramírez volvió a contar con un palco colmado, con todas las lujosas mesas con vistas a la pista y con servicio de gastronomía especial reservadas.
Allí los lujos no faltaron. Whiskey importado. Comida de primer nivel y hasta música en vivo unos metros más abajo.
La gente va vestida como a una fiesta de gala. La inmensa mayoría de las mujeres respeta una larga tradición de llevar sombreros extravagante. Algunos hombres llevan frac, otros elegantes trajes. Los prismáticos no fallan para acercar y vivirla la carrera a pleno.
Allá en la tribuna poco se conoce de la foto oficial de todos los jockeys juntos, de las bandas que tocaron música y mucho menos de la imagen final del ganador.

Pocos tienen prismáticos. Divisan a la distancia y se arriman a la baranda cuando los caballos se aprestan a pasar. Es un instante, una ráfaga. Luego se darán vuelta para ver los viejos monitores que les dirán el ganador. Los que apostaron los últimos billetes de $ 50 se alegrarán. El resto va por la revancha, resignado.
Las calles de las inmediaciones de Maroñas son un hormiguero. Autos estaciones arriba de las veredas. Cuadras y cuadras de vehículos. Gente que camina nerviosa buscando entrar. El salón de Guerra e Irigoyen como salvador para comprar la bebida más barata.

La disparidad de estos “mundos” sorprende. El marketing que rodea la competencia es extraordinario. Nivel de primer mundo. Los jockeys salen a un espacio libre a charlar con cuidadores y propietarios antes de largar. Impecablemente vestidos varean a los caballos. Luego se entregan trofeos en un estrado diseñado a esos efectos. Y un lujo increíble: se premiaba a los mejores vestidos.

Atrás de todo eso, hombres con los pies mojados que bañaban a nerviosos caballos antes de largarlos a la pista
El sol va terminando su recorrido. Un alivio para los que desde la hora 12.40 toleraron un calor infernal. Lentamente se avecina la hora de la carrera que todos esperan. El Gran Premio Ramírez.

A lo lejos se ven dos viejas carrosas que inician una marcha. Arriba vienen los jockeys que correrán la fiesta principal. Recorren la pista al ritmo de la melodía de Carros de Fuego.
Uno de los carruajes llevó a los campeones del año 1928, el otro es una replíca del anterior. 

Los hombres serán pesados y luego montarán para varearse ante el público del palco. Hay frialdad. Cuando pasan por la tribuna el saludo es diferente. Ahí hay conocidos, habitantes del barrio, concurrentes a los stud. Intercambian palabras y hasta alguna gastada que despierta risas. Al fin de cuenta esos hombres que la gente mira con asombro, son humanos.

Por eso el llamado de atención para Pablo Falero cuando ganó una carrera. “Miralo a Falerito, es el que ganó. ¿A ver si viene a saludar? No viene. Pero miralo, no se da con la plebe. ¿Qué tenemos nosotros?”, dice una habitante de la tribuna mirando a la distancia.

El destino le jugaría una mala pasada a Falero que, en el que sería su último Ramírez, se desmayó y no pudo correr.
La historia terminará diciendo que un botija llamado Pablo Rodríguez ganó la carrera más importante de su novel carrera.
Levantó las manos al cielo. A su paso tiró las flores a las tribunas. Y cuando se bajó se quebró de la emoción. Tan solo miró al cielo una vez más para dedicarlo a su hermano que falleció hace nueve días.

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