Si Donald Trump pierde la reelección el 3 de noviembre a manos del candidato demócrata Joe Biden, habrá dos momentos que la historia señalará como grandes puntos de inflexión en la campaña. El primero fue su foto, Biblia en mano, frente a la capilla St. John’s el 1 de junio. Y el segundo fue el lunes por la noche, cuando tras pasar el fin de semana internado por coronavirus en el Hospital Militar Walter Reed, se paró en lo alto de un balcón de la Casa Blanca y se despojó aparatosamente de la mascarilla.
En política, decía Mandela, a veces los gestos son tan o más importantes que los hechos. Y los gestos de Trump en ocasiones se parecen a los de un bravucón estrella de la lucha libre, al estilo de Hulk Hogan, o a los de un villano de reality show; muy alejados de la gestualidad propia de un líder u hombre de estado.
En ambos casos, tanto tras la escena de la Biblia como tras la del balcón, el presidente se desplomó en las encuestas. De la primera le costó un par de meses recuperarse, y una convención demócrata bastante chaucha. El problema es que ahora no tiene ninguna de las dos. A apenas 25 días de los comicios, solo le queda cruzar los dedos para que se hagan los dos debates pendientes y ver si así puede morderle algo de momentum a Biden y cambiar las tornas.
Pero la verdad es que Trump no pierde oportunidad de dispararse en los pies. Ya el domingo, aún sin el alta del hospital, había salido a darse un baño de masas en camioneta, acompañado de los agentes del Servicios Secreto. El episodio quedó luego opacado por la escenificación de marras a su regreso a la Casa Blanca; pero ese ha sido su verdadero problema en estos casi cuatro años: su gestualidad, sus formas. En política, la forma es fondo; y las de Trump despiertan serios anticuerpos, por no decir tirria, entre mucha gente.
Podría haber utilizado su propio contagio del coronavirus políticamente a su favor, mostrándose un poco más humilde después de semejante experiencia, o al menos circunspecto, reflexivo; sobre todo porque la gestión de la pandemia es precisamente en lo que más lo reprueban los votantes y una de las cosas que más le han costado en las encuestas. Pero no; eligió seguir siendo un provocador.
Es por eso que a mucha gente Trump le recuerda al ‘bully’ de la clase, el mantón del colegio. Tal vez algo de eso se haya reflejado también en el primer debate, con sus constantes interrupciones y malos modales, tras lo que su imagen se derrumbó entre los adultos mayores, que en 2016 le dieron la victoria por la mínima en los estados decisivos.
Es eso, y es algo que, por regla general, un hombre no puede cambiar. El propio Trump pareció admitirlo la única vez que se lo ha visto en tono reflexivo: “Tal vez sea mi personalidad”, asintió hace unos meses ante el rechazo y la indignación que despiertan algunas de sus medidas.
Y debe de ser así; porque después cuando uno analiza los datos fríos, no aparece el monstruo que se pinta. No ha iniciado ninguna guerra; de hecho, Trump es el primer presidente de Estados Unidos en no lanzar una invasión o intervención militar desde Jimmy Carter. Es decir, el primer presidente en 40 años. Se lo acusa de autoritario; pero un líder autoritario hubiera aprovechado la pandemia del coronavirus para cercenar libertades a la población y apretar a los estados, no para promover libertades y responsabilidad individual y, en último caso, dejar las decisiones de gobierno en manos de los estados. Y por todo su discurso anti-inmigrante, terminó deportando poco más de la mitad de las personas que deportó su antecesor demócrata, Barack Obama, en sus primeros cuatro años de gobierno. Obama deportó 1 millón y medio de personas durante su primer mandato, en tanto que Trump lleva poco más 800 mil deportados.
Hasta ahora no hemos visto al “dictador”, “cruel” y “despiadado” del que hablan algunos. Desde luego que todavía puede desconocer el resultado de las elecciones el 3 de noviembre, como no pocos vaticinan, y taparme la boca en grande. Pero hasta ahora al menos, no se le ha visto vocación dictatorial, más allá de su monumental ego indiscutible, que es otra cosa.
Y así, hasta los referentes más lúcidos del periodismo pensante sufren para racionalizar su rechazo por Trump. David Brooks, el columnista conservador más reconocido del New York Times, dice que es “un inmoral”. Desde las páginas del Financial Times, el por lo demás brillante Janan Ganesh, asegura que el problema de Trump “no es que sea autoritario, sino libertario”. Poco control del Estado, en vez de mucho (como es el caso de todo déspota), sería, según Ganesh, la clave del “fascismo” de Trump. Y en el francés Le Monde, el ilustradísimo Alain Frachon sostiene que el peligro que encarna el magnate devenido en presidente es el de debilitar y menoscabar unas instituciones que el propio Frachon siempre ha criticado.
A nadie se le ocurrió decir que simplemente cae mal, que es antipático, que su actitud desafiante y provocadora genera rechazo. Es el sentimiento más humano del mundo. Sus gestos son, para la mayoría, chocantes. Y en esas dos fotos han quedado más patentes que nunca. Ahora podrían costarle la reelección más que ninguna otra cosa.