2 de agosto de 2020 5:00 hs

Mujeres y hombres somos biológicamente distintos. Nosotros tenemos un par de cromosomas XY; ellas, todos XX. Nosotros tenemos algo más de testosterona, corremos en promedio un poco más rápido, tenemos en general la capacidad de cargar más peso. Hemos sido más bien cazadores y guerreros, luego ganaderos y agricultores. Las mujeres han sido más recolectoras y han tenido más a cargo el cuidado de las crías, por obvias razones biológicas que condicionan a los mamíferos. Durante unos tres millones de años al menos, eso parece haber sido así. Nuestra psicología es distinta.

Los hombres conquistando o defendiendo el territorio, las mujeres cuidando el nido. Hoy los hombres gobernantes salen a cazar el mejor PBI en cinco años cueste lo que cueste. Las mujeres logran ese crecimiento desde la más veloz resolución de los problemas del entorno. Los varones abren la economía cueste lo que cueste aún en pandemia, las mujeres enfrentan más rápidamente la enfermedad y logran recuperaciones económicas más sólidas.

Explicar esa diferencia obvia ha sido difícil. Cuando el biólogo Edward O. Wilson publicó su libro Sociobiología explicando el funcionamiento de las sociedades de todos los animales, desde las hormigas y abejas a los humanos, se armó un escándalo fenomenal y varios científicos de prestigio como Stephen Jay Gould escribieron un manifiesto en los años 70 “contra la sociobiología”.

Negar la biología queda muy bien. Uno parece muy culto diciendo que “la cultura ha superado los condicionamientos biológicos”. Pero más allá de la retórica, la realidad sigue allí. Somos distintos y se nota. Tenemos propensiones que nos vienen dadas y que aunque no nos determinan como un mandato esclavizante, nos dan habilidades distintas, siempre hablando en términos estadísticos. Muchos se mantienen escépticos porque suponen que aceptar las diferencias podría llevar a justificar injusticias en el tratamiento entre hombres y mujeres. O sería aceptar que la biología nos determina y nada podemos hacer ante ello. Pero ninguna de esas dos posturas es sólida. Una cosa es percibir claramente las diferencias y otra muy distinta es adjudicar diferentes derechos a personas diferentes. Por supuesto que una mujer tiene derecho a ser tratada de forma idéntica a un hombre en cuanto al reconocimiento de sus méritos laborales, académicos o empresariales, su derecho a la libertad, la búsqueda de la felicidad. Todas las personas tienen ese derecho sin que importe si sus cromosomas son XX o XY.

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Nuestras diferencias inclusive se expresan anatómicamente en el cerebro. Y la igualdad de derechos no deriva de que seamos idénticos en nuestras anatomías ni en nuestros razonamientos y prioridades.

Las diferencias políticas entre hombres y mujeres se han visto como nunca desde que estalló la pandemia. Muchos de los varones que dirigen la mayoría de los países, y especialmente los más poderosos, han cumplido un papel generalmente triste. Negando el problema al principio, minimizándolo, y luego cuando la enfermedad estalla echándole la culpa a otro.

Es lamentable el papel de China, ocultando el origen de la enfermedad y amenazando con represalias a Australia, que razonablemente reclama que se investigue el origen para que no se repita. China aprovecha la ocasión además para aplastar a la democracia de Hong Kong.

Y ha sido igualmente lamentable el papel de Trump, Putin, Bolsonaro, Boris Johnson, López Obrador. Ocultar información, negar el problema, desoír a los científicos, usar lo que sucede para obtener réditos en términos de poder y cargar luego con miles de muertos. La élite política masculina del mundo ha quedado mal parada.

El 13 de abril Forbes publicó una nota obvia en su tema y sorprendente en su conclusión. ¿Qué tienen en común las naciones que enfrentaron con éxito la covid-19? Están dirigidas por mujeres. Nueva Zelanda (Jacinda Ardern), Islandia (Katrin Jakobsdóttir), Dinamarca, Noruega, Finlandia, Alemania, Taiwán. Cada una de las presidentas o primeras ministras de esos países ha resuelto mejor el problema que los varones líderes de los países vecinos. Las mujeres reaccionaron con más velocidad ante el peligro biológico (algo que haría parecer a un varón “miedoso”), tanto para frenar la entrada de personas a los países como para determinar cuarentenas y generar testeos masivos.

La CNN lo cuantificó en términos de las personas fallecidas por cada 100 mil habitantes. En ninguno de estos siete países se llega a seis fallecidos por cada 100 mil personas. En EEUU, Reino Unido, Italia, España, Francia, los fallecidos por lo menos duplican y a veces son cuatro y cinco veces más altos que el promedio de estos países. Y subiendo.

La Unión Europea, a la que ojalá logremos asociarnos este mismo año, liderada por mujeres ha concretado un pacto verde y un pacto fiscal que son un logro de la humanidad entera, con celeridad y acordando luego de difíciles negociaciones entre los austeros del norte y los vulnerables del sur.

Uno de los aspectos importantes que tal vez deje la pandemia es una redefinición del concepto de liderazgo que puede ser un gran cambio para la humanidad. Del líder sheriff, que grita y hace callar a los demás, al liderazgo adaptativo, un concepto que gana rápidamente terreno.

Es posible que la humanidad deba pasar de la lógica de la expansión y el crecimiento a cualquier precio a una racionalidad diferente. Es posible que los cazadores conquistadores tengan que tomarse un descanso. No es feminismo, es biología y pragmatismo. Es posible que el estilo sheriff de liderazgo deba dejar lugar a un estilo y praxis más compasivo, coordinador, comunicador y –por qué no– maternal en este siglo en el que el riesgo de un colapso civilizatorio nos acompañará como una posibilidad permanente y hasta creciente.

En las democracias, seguramente será una tendencia que veamos gradualmente en los próximos años. En las dictaduras es más difícil. La historia muestra que el poder dictatorial es cosa de hombres.

Por supuesto que un condicionamiento biológico no es un determinismo, ni un absoluto. Por supuesto que ha habido mujeres presidentas que más vale ni recordar y que hay hombres que han gobernado desde la humildad y el saber escuchar. Pero la pandemia ha mostrado con contundencia que a la hora de gobernar, las mujeres tienen habilidades que les han permitido hacerlo mejor.

En estos tiempos de alto riesgo evolutivo es interesante que surja lo que se llama liderazgo adaptativo. Un liderazgo basado en logros colectivos, que sustituye al napoleónico líder que busca el heroísmo personal.

Este liderazgo no se trata de la gloria personal del conductor sino de movilizar y ayudar a otros a cumplir sus propios objetivos, y así llegar al objetivo general.

Metafóricamente, explica Carolina Ferreira, economista especializada en el tema y docente. Destaca las características del nuevo tipo de liderazgo adaptativo, ir al balcón, alejarnos un poco, ver lo que está pasando, entender las dinámicas y grupos para resolver la intervención necesaria en el sistema para mejorar su funcionamiento o resolver problemas.

“El liderazgo adaptativo refiere a cómo lidiar en las situaciones desde la empatía, desde ponernos en el lugar del otro, un sentido de propósito muy fuerte, influir sin avasallar. No quiere decir que eso suceda siempre, hay mujeres que llegan a cargos de poder y no terminan generando nada diferente, gobiernan desde el concepto abeja reina”, explicó.

Hay innumerables ejemplos de liderazgos femeninos emergentes, pero en lo personal me gusta cada vez más el liderazgo de Christine Lagarde, primera presidenta del Fondo Monetario Internacional, ex ministra de Agricultura de Francia y actual presidenta del Banco Central Europeo. Sus mensajes en las redes sociales son coherentes con su accionar y sintetizan su visión. Así entendemos cómo el Pacto Verde Europeo fue impulsado por un Banco Central, tanto como el reciente plan fiscal de la Unión que puso en orden el estímulo para la reactivación económica. “De continuar, el cambio climático afectará a los precios, y el mandato del Banco Central es lograr la estabilidad de precios, tenemos que actuar ya sobre el cambio climático para bajar el riesgo de la inestabilidad de precios, por lo tanto las dos grandes reformas están estrechamente ligadas”, explica. Lagarde es sólida, contundente, pero no por eso menos maternal: “En lo que refiere a cambio climático, creo que es responsabilidad de todos y cada uno. Pero estando en la posición en la que estoy como presidenta del Banco Central, quiero explorar todos los caminos posibles para combatir el cambio climático. Esto es algo que yo sostengo con mucha fuerza porque tengo un mandato de mantener la estabilidad de precios, el cambio climático tiene impacto sobre la estabilidad de los precios. Si fallamos al medir las externalidades, si fallamos en anticipar sequías, si fallamos en prever los precios de los alimentos, de la energía, no estamos haciendo nuestro trabajo.

Aquellos que lo nieguen, creo que vivirán para arrepentirse”.

Pero luego de ese análisis completamente racional, viene su mirada desde los sentimientos.  “¿Sabes?, tengo hijos y nietos, y simplemente no quiero tener que sentir su mirada con esos ojos hermosos diciéndome a mí y a los demás, ¿qué han hecho?, ¿cómo han luchado por mi futuro? ¿Han protegido la biodiversidad? Y así sucesivamente… Creo que es un imperativo que las generaciones más jóvenes nos impondrán. Es un concepto que también el mercado nos impondrá si no lo tomamos en cuenta”, explica al Financial Times.

Aquí en Uruguay la elección municipal de Montevideo es interesante desde esta perspectiva. De cuatro candidaturas con chance, dos son hombres y dos mujeres.

Y en el plano más general, tras los hechos políticos recientes, Ciudadanos podría pasar de un líder varón a una líder mujer.

Algo que convertiría un momento desafiante en una gran oportunidad para la modernización del sistema político uruguayo. Que de Nueva Zelanda no solo hay que mirar su excelente producción agropecuaria. También está siendo ejemplo del nuevo liderazgo emergente a través de la muy exitosa Jacinda Ardern.

Desde tiempos inmemoriales el liderazgo de la política y la economía fue XY. Es momento de que los Homo sapiens XX tengan más protagonismo. 

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