15 de agosto de 2014 20:57 hs

Suena exagerada la afirmación a la vista del holocausto judío y las cifras millonarias de muertos de la segunda guerra mundial, pero hay quienes sostienen que la primera guerra mundial, la gran guerra como también se la llamó, fue tanto o más cruenta que la que estalló dos décadas después.

La idea se basa fundamentalmente en el poco desarrollo armamentístico de la época (1914-1918) que obligó más al combate cuerpo a cuerpo que al enfrentamiento a distancia. Casi 9 millones de muertos por bayoneta y fusil –sin contar los estragos del gas mostaza–, hicieron de la guerra de las trincheras un horror. Allí, en los albores de siglo XX nacía una imagen que quedaría grabada en la retina de las futuras generaciones: el soldado sin rostro gracias a la máscara futurista antigases, un deformado ícono de la desintegración de la personalidad humana, del sinsentido.

Florian Illies no se propone en este libro hazañoso analizar el conflicto ni sus causas, sino que a través de un relato pormenorizado de la vida de los principales artistas de la época, la repercusión de sus obras y algunos datos concretos de 1913, muestra el agotamiento psicológico y la locura generalizada de una generación que llegó al siglo XX con secuelas gravísimas, que el arte no pudo sanar.

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Pero al mismo tiempo que revela las carencias y deficiencias de gente como Franz Kafka, Rainer María Rilke y Marcel Proust o las mezquindades de mentes privilegiadas como las de Sigmund Freud y Carl Jung, también subraya el poder del artista que se sobrepone a un mundo en descomposición. Que a pesar de todo pinta como Pablo Picasso, Henri Matisse, Gustav Klimt u Oskar Kokoschka, que escribe como Robert Musil, Thomas Mann, Herman Hesse, D.H. Lawrence, Stefan Sweig o James Joyce.

En el año 1913 se descubre la capa de ozono, se sintetiza por primera vez el éxtasis, se crea en Estados Unidos el impuesto a la renta, pero también es el año en que a Louis Armstrong, tras ser internado en un reformatorio juvenil por disparar un arma, alguien le presta una trompeta.

Illies, en un alarde de laboriosidad, construye un gigantesco y atractivo puzle donde se entrecruzan mil historias imperdibles que van bosquejando una época, un sentir. Mientras Proust busca un tiempo ya perdido, Kafka anuncia el desastre y Oswald Spengler escribe La decadencia de Occidente. Mientras Stalin se pasea por un parque alemán de incógnito, un taciturno Adolf Hitler camina por los mismos jardines antes de regresar a la pensión
donde vive. Incluso se sabe que León Trotski juega ajedrez en un café no muy lejos
de allí.

El autor ha optado por dividir en 12 meses esta epopeya llena de momentos
impagables, nutrida de extractos de cartas memorables y de chismes sabrosos sobre los amoríos de tal o cual figura, estructura que genera en el lector la ansiedad de saber qué pasará cuando se vaya el otoño y llegue el invierno. Qué será de Picasso cuando su padre muera y Eva se enferme de cáncer; qué será de Virginia Woolf después de ser rescatada a último momento de un intento de suicidio.

En este buffet libre hay de todo y para todos los gustos, por lo que es imposible decepcionarse.
Quizá por ser consciente de la ardua tarea a la que se abocó, el autor no se priva, aquí y allá, de anotar pequeños comentarios sobre lo que relata, donde generalmente deja traslucir su buen humor o devoción por un artista en particular.

Puede, por ejemplo, llenar dos páginas sobre lo que está haciendo Freud en su consultorio y después escribir: Rilke se resfría.

Ingeniería alemana al servicio del arte y la cultura. Un lujo.

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