21 de junio 2013 - 20:01hs

Cuando editaron su primer disco, los Vampire Weekend tenían la frescura y la inocencia propias de esa etapa de la juventud en la que una persona termina la universidad. Quizá por estar en ese momento, Vampire Weekend recurría a palabras grandilocuentes y referencias oscuras. Todo esto era musicalizado con un rock de influencias africanas, un paquete que supo hacer enojar a más de algún purista del rock.

Sus looks tampoco ayudaban a esa idea de “nenes de clase acomodada” que ya destilaban su música: lucían como recién salidos de cualquier universidad de la Ivy League, con camisetas Polo y zapatos náuticos. “Se visten como los Talking Heads de la primera época, o personajes de Wes Anderson”, informó en su momento el sitio especializado Pitchfork.

Su disco homónimo podría haber sido archivado para siempre dentro del casillero de “música pretenciosa” si no contuviera canciones pop rock casi perfectas. El disco Vampire Weekend fue un éxito. Su música apareció en todos lados, desde videojuegos a publicidades, y a fin de 2008 figuraban en las listas de lo mejor del año a ambos lados del Atlántico.

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Los integrantes de la banda tenían alrededor de 24 años cuando se editó su debut. Ahora, cinco años más tarde, su tercer disco, Modern Vampires of the City se enfrenta a la inminencia de la adultez y los dolores del crecimiento se empiezan a notar. Sin embargo y afortunadamente, esto no aparece en detrimento de la calidad musical, sino que la banda logró realizar lo que muchos críticos afirman que es el mejor disco de su carrera.

La vida y la muerte

“Incluso si estás muy seguro de ciertas cosas como amar a alguien, existen un millón de otras que contribuyen a sentir ansiedad sobre el futuro y sobre las decisiones que estás tomando”. Eso dijo Ezra Koenig a Pitchfork. Con esas palabras englobó la actitud que tiene su último disco: una mirada sobre la madurez por jóvenes que se aproximan a los 30.

Las canciones son sutiles y a primera vista sencillas. Requieren además de una escucha atenta para seguir la trama de la letra –que ya no recurre tanto a la pomposidad de citas intelectuales– y una cierta empatía con las inquietudes actuales de la banda.

Ya desde Diane Young, el primer corte del disco, se revela casi a simple vista el principal de los temas: morir joven (o dying young). Cambiando un poco la fonética hicieron de una canción que habla sobre vivir al límite y llegar (o no) a la madurez, algo más liviano.

Por su parte, Unbelievers –que funciona como un buen hilo conductor con sus anteriores discos– refleja al mismo tiempo la necesidad de encontrar un lugar en el mundo sin dejar de pasarla bien.

Le sigue Step: el canto definitivo al crecimiento. Las muelas del juicio no duelen más en las encías, la angustia adolescente pasó, la independencia es una realidad. “La sabiduría es un regalo, pero se intercambia por la juventud”, dice hacia el final.

La sexta canción, Hannah Hunt, funciona como una visagra en la mitad del álbum. Con un piano minimalista y sonido de olas, corta por un momento la trama, transportando al escucha a una suerte de roadtrip que atraviesa Estados Unidos de costa a costa.

Esta no es más que una canción hermosamente triste y uno de los mejores momentos del disco. “Tenemos nuestro propio sentido del tiempo”, canta aquí el narrador. Este es un tiempo que no se traduce en oro. Un tiempo encantadoramente joven pero que, a la vez, está a punto de agotarse.
A fuerza de dos discos consistentes, Vampire Weekend se transformó en una de las bandas en las que se puede confiar. Modern Vampires of the City lo reafirma. No tendrá la innovación y la frescura de discos anteriores, pero demuestra una novedosa e interesante aproximación a la madurez, tanto de los músicos como de su música. l

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