Un montón de niños, con sus cachetes colorados, van entrando en forma ordenada y de la mano de sus padres a la Sala Zavala Muniz, del Teatro Solís.
No se trata de una obra de teatro formal. Es un concierto de rock con una línea argumental, que atraviesa las diferentes canciones formando Ruperto Rocanrol y el fantasma burlón.
Esta es la tercera temporada que Roy Berocay y su banda formada por sus hijos Pablo y Bruno, realizan en la sala. Estas vacaciones mantienen un ritmo incansable de 32 funciones, con dos o incluso tres en un mismo día.
El nuevo espectáculo tiene como antagonista a un fantasma que embruja la sala y hace de las suyas para impedir que Berocay y su banda divierta a los niños. Apagar y prender las luces y hacer efectos de sonido que enojarán al músico son algunos de sus trucos.
Para ahuyentarlo necesitarán la ayuda de nada más ni nada menos que el Sapo Ruperto, que de casualidad y luego de la casi sincronizada pregunta de un niño: “¿Dónde está el Sapo Ruperto?”, aparece “vía satélite” desde su guarida en el arroyo Solís Chico.
Esta suerte de “entrevista” entre Berocay y su personaje es uno de los aspectos nuevos que introdujeron para este espectáculo. También agregaron las acrobacias en telas que, con elasticidad y desde el aire, las “gimnastas” Carolina y Candelaria representan fantasmas y arañas. “Arriesgamos un poco más. Y ‘actuamos’”, explicó Berocay a El Observador.
Estos riesgos también se toman con los aspectos técnicos. Además de la gran variedad de instrumentos, utilizan pedales de loop para poder hacer efectos de sonido.
De acuerdo a su autor, se trata de un emprendimiento familar. Otros miembros del clan se suman a los multi-instrumentistas Bruno y Pablo (quien también realizó las ilustraciones que se proyectan en la pantalla gigante).
La animación de la entrevista es de otro de sus hijos, Demián Berocay, que es músico y dibujante. Pero también están sus nueras, participando en las proyecciones, las acrobacias y el diseño de los trajes.
“Tengo la suerte de tener hijos muy talentosos que además se han unido a mujeres muy talentosas”, concluyó Berocay.
Un rock para niños
Ruperto Rocanrol surgió hace 5 años, al unir la música –el “costado adulto de expresión” de Berocay– y su faceta de autor de libros infantiles.
“Había escuchado un disco de Luis María Pescetti. Y pensé que estaría bueno hacer algo así, pero más volcado al rock. Armamos la banda y no paramos. Creo que llevamos unas 200 actuaciones”, contó Berocay.
“Lo que me pasaba con mis hijos cuando eran chicos era que no escuchaban discos para niños: les gustaban los Beatles. Siempre me quedó grabado eso de que hay música para niños y música que escuchan los niños”, explicó.
Haciendo bardo
Ya empezado el espectáculo, Berocay invita a los niños a una zona libre que quedó en el escenario y que más de uno debe haber mirado con curiosidad.
“Este es el espacio de la felicidad”, indica. Allí pueden hacer lo que quieran, pero hasta la línea blanca que limita el lugar de los músicos con el de su público. Detrás de ella hay “rayos láser”, y quien se anime a atravesar la frontera, sería “pulverizado”.
Y eso, afirma el músico, es algo que ya han tenido que hacer. “Siempre hay unos cuantos niños. Nadie se da cuenta”, bromea. Pronto en las plateas solo quedan los tímidos y los padres.
El hit Cocinando con Ruperto, enseña algunas recetas del Sapo e incluye platos como churrasco de babosas, soufflé de cucarachas o papas fritas de araña. Este menú despertó los comentarios de los niños. “La comida no me gustó”, dijo uno desde la platea. Otro, más inquieto levantó la mano y le preguntó en forma directa y seria a Berocay: “¿Por qué los humanos comerían bichos?”.
Las canciones nuevas compuestas para el show y algunos de los ya clásicos de la saga Ruperto Rocanrol tratan tanto los miedos –a las arañas, a los fantasmas y monstruos–, como las situaciones por las que deben pasar los niños, como peleas en la escuela o vecinas quisquillosas.
“Ahí viene la identificación”, explicó Berocay. “Referirte a temas que tienen que ver con las cosas que le pasan a ellos. No tratando de enseñarles cosas, sino hablar de cosas que realmente enfrentan. Genera un ida y vuelta”, agregó.
Será este un concierto de rock, pero los niños necesitan permiso para arrimarse al escenario, e instrucciones para “hacer bardo”.
“Levanten los brazos”, ordena Berocay, y prosigue a mostrar cómo hacer la seña de los cuernos roqueros, acompañados de la rítmica sacudida de cabeza. Esta es una enseñanza que, afirma, será útil para el futuro. Y ese fue el espíritu que se mantuvo hasta el final.
Fueron varios los clásicos de Ruperto Rocanrol, que sonaron en el espectáculo. Murga del gorila y Derecho a jugar, que fue elegido para cerrar el show. “No podés hacer algo totalmente nuevo, porque la gente después te pide que toques los temas que conocen”, argumentó Berocay. Después de todo, son como cualquier banda de rock.
Y es por eso que el final se da como cualquier otro recital. Con los músicos dando autógrafos y sacándose fotos con sus fans.