2 de octubre 2020 - 22:35hs

Hubo cambios en las definiciones literales que hizo entonces el director de la encuestadora Cifra, pero todas ellas circunstanciales si nos atenemos al hallazgo de fondo acerca de dos grandes familias políticas con expresión en las urnas.

Las elecciones departamentales del domingo pasado, que completaron el ciclo electoral por el que llegó a la Presidencia el líder blanco Luis Lacalle Pou, el pasado 1º de marzo, dejaron en evidencia una vez más la vigencia de la clasificación del sistema de partidos en dos bloques políticos, formulada hace más de dos décadas por el extinto politólogo Luis Eduardo González.

En 1999, González dividió a los partidos en “tradicionales” (Partido Colorado y Partido Nacional) y “desafiantes” (entonces integrado por el Frente Amplio y el Partido Independiente).

La designación y la composición de cada bloque cambió hace mucho tiempo. El Frente Amplio, al llegar al gobierno nacional, dejó de ser “desafiante”; y el Partido Independiente de hoy se siente más cómodo en una alianza con los partidos fundacionales.

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Pero sigue teniendo validez la idea de dos grandes bloques que, en el transcurso de los años, han tenido variaciones en su composición y fortaleza, que son naturales a un régimen democrático con rotación de los partidos en el poder.

El Frente Amplio (FA), la fuerza política exclusiva de uno de los dos bloques, fue el conductor del país durante 15 años. Es una posición dominante en la que las elecciones nacionales de octubre y noviembre del año pasado y las recientes departamentales colocaron al Partido Nacional. 

En los comicios departamentales, el FA logró mantener solo tres de los seis gobiernos departamentales que tenía, que incluye los poderosos bastiones de Montevideo y Canelones.

El Partido Nacional de Lacalle Pou ganó en 15 de los 19 departamentos y en Montevideo tuvo un buen desempeño con la candidatura única de Laura Raffo, al cosechar el 40% de los votos, la postulante individualmente más votada.

Aunque las urnas departamentales hablan más de las realidades de proximidad, también es pertinente reconocer el avance del proyecto que representa el gobierno de coalición, en particular, del Partido Nacional.

El mapa electoral definitivo dejó planteado unos desafíos enormes a los dos partes para los próximos años.

Por el lado del bloque multicolor, la necesidad de mantener un buen funcionamiento del gobierno de coalición y que ello luego tenga una adecuada expresión electoral, algo que no se reflejó en todos los departamentos. La falta de experiencia en acuerdos partidarios perdurables y el temor a la pérdida de poder y de identidad de las colectividades acuerdistas muestran que es espinoso el camino que tiene por delante.

Por el lado del FA, no le resulta fácil ajustarse al nuevo molde opositor, en el marco de un recambio de liderazgos y su retroceso en los espacios de poder institucional.

La coalición de izquierda conquistó el Poder Ejecutivo en 2005 con una estrategia opositora que hoy no parece encajar con los mensajes que provienen de las urnas. En ese sentido, las señales internas de la fuerza política son equívocas.

La buena marcha del gobierno de coalición y una conducta opositora responsable dependen de la interpretación acertada de ambos bloques con relación a los mensajes de las urnas.

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