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Luis Suárez o metete los silbidos en un lugar oscuro

Los ingleses dejaron de insultarlo porque les tapó la boca y porque se exponían a tardes neblinosas de humillación

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27 de enero de 2014 a las 00:00

La sensación debe ser indrescriptible, única, sólo destinada a los elegidos. El tipo, el pardo, está por salir a la cancha y afuera cuarenta mil lo esperan para silbarlo, para insultarlo. Cuarenta mil que pagaron sus buenas libras y salieron de sus casas un rato antes rumbo al estadio ya sabiendo que lo iban a silbar, a insultar, al pardo ese del equipo visitante.

Todo el odio y la bronca de los espectadores comunes y de los hooligans amaestrados dirigidos contra él, que no llegó ahí porque quiso, lo fueron a buscar y, esta vez, pagaron por una obra de arte, porque antes no pagaban, antes mandaban a los piratas y robaban para la corona. Ahora tienen plata para pagar. Y se llevan a pardos como este que son un peligro. Un tremendo peligro para tipos tan inocentes. Porque inventaron el fútbol pero son tan inocentes que quedarán retratados por los siglos de los siglos como los que, en vez de haber hecho, sufrieron el mejor gol de la historia del fútbol, cuando en 1986 otro pardo dejó a todos los deportistas de la Reina sentados en el estadio Azteca y se metió con la pelota adentro del arco.

Son tan tan inocentes que iban al estadio a silbarle a este pardo sabiendo que si estaba en un día de esos no solo les hace uno sino que les puede hacer dos, o tres o cuatro. Y si después de haberlo silbado, de haberlo escupido e insultado, te hace cuatro, en fin, como decirlo, la sensación debe ser indrescriptible, única, sólo destinada a los elegidos.

Pero una cosa es ser inocente y otra bobo, y estos de bobos no tienen nada. Por eso ya no silban más, ni insultan más. Van a la cancha calladitos solo a mirar, a admirar, al pardo, porque saben bien que si seguían silbando, una tarde neblinosa, se iban a tener que meter los cuarenta mil silbidos en alguna zona oscura de la tribuna.

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