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16 de marzo 2023 - 16:00hs

Por Gillian Tett

El verano pasado, una adolescente que conozco —llamémosla Sarah — organizó una fiesta con pizza en la casa de verano de sus padres. Ella invitó a una docena de amigos. Hasta ahí, todo normal. Pero justo antes de que empezara la fiesta, un amigo de un amigo de Sarah decidió publicar los detalles de la reunión en los medios sociales.

En menos de una hora, mientras los padres de Sarah pedían las pizzas, su casa de playa se vio invadida por cientos de adolescentes, la mayoría de ellos completos desconocidos. El pánico se apoderó de la anfitriona, el horror abrumó a sus padres y, finalmente, la policía local canceló la fiesta.

Cualquier padre conoce los peligros que entrañan los intrusos adolescentes en una fiesta, pero lo que nadie esperaba en este caso era la velocidad y la magnitud de ese efecto multitudinario. Una publicación en los medios sociales se había convertido en algo con consecuencias casi inmediatas en el mundo real. Es una lección que los padres nerviosos (como yo) deben recordar. También deben recordarla los reguladores financieros y los inversionistas tras la quiebra del Silicon Valley Bank (SVB).

Esta semana, la Reserva Federal (Fed) anunció que llevaría a cabo una investigación sobre su propia supervisión y regulación del SVB, la cual probablemente analizará cuestiones como las ratios de capital, el modelo de negocio, y las apuestas de tasas de interés del banco quebrado. Otro aspecto que la Fed debería considerar es lo que podría describirse como sociología digital, es decir, cómo los medios sociales han cambiado el ecosistema de la información para crear este nuevo problema de influencia cibernética.

Un detalle destacable de la debacle de SVB es que, en pocas horas el jueves pasado, unos US$42 mil millones (una cuarta parte de los depósitos de SVB) abandonaron la institución, en su mayoría a través de medios digitales. La fuga fue tan rápida que algunos financieros la han bautizado como la primera "corrida bancaria sin fricciones" del mundo, y la noticia se difundió por Slack, Twitter y WhatsApp. El empresario de Silicon Valley Alexander Torrenegra describió más tarde en Twitter cómo las preguntas sobre SVB empezaron a aparecer aproximadamente a las 9 de la mañana del jueves en un chat grupal con él y "más de 200 fundadores tecnológicos". Para las 10 de la mañana, algunos miembros habían sugerido "sacar el dinero de SVB por seguridad", él escribió. "Yo leí los mensajes en un descanso para ir al baño. Cancelé inmediatamente la reunión que tenía. Le pedí a mi esposa, Tania, que transfiriera todo nuestro dinero personal a otros bancos. Llamé a mis equipos. Les pedí que hicieran lo mismo".

Algunos dicen que uno de los causantes iniciales de la estampida puede haber sido una recomendación de Founders Fund, el prominente fondo de capital de riesgo de Peter Thiel, de que sus compañías retiraran su dinero de SVB. El propio Thiel niega cualquier culpa, y me ha dicho que tenía muchos millones de dólares de su propio dinero en el banco cuando quebró. En cualquier caso, mientras los rumores circulaban por el ciberespacio, cada publicación en los medios sociales tenía el mismo impacto que gritar "fuego" en un cine abarrotado, pero a una escala infinitamente mayor. Ésta es una forma mucho más acelerada de las corridas bancarias analógicas que presenciamos en el siglo XX, cuando la gente se enteraba de las noticias por la televisión o por los periódicos y luego físicamente hacía cola frente a los bancos durante horas.

¿Cómo debiéramos responder? En el ámbito de las finanzas hay medidas que los reguladores pudieran intentar, como prohibir que la gente publique en los medios sociales información sobre una quiebra bancaria inminente, o dificultarles a los depositantes la retirada de fondos a través de aplicaciones en caso de una crisis. Pero dudo que esto fuera popular entre los nativos digitales, quienes han crecido suponiendo que tienen derecho a hacer lo que quieran con sus teléfonos. Aunque se encontrara una solución para contrarrestar las corridas bancarias a través de los teléfonos inteligentes, el problema mayor sigue siendo: ¿podemos controlar la influencia de alta velocidad de la mensajería social viral en otras esferas de nuestra vida? Después de todo, los flujos mundiales de información se han duplicado desde 2000, y las conexiones de Internet ahora aumentan un 25 por ciento cada año, según un nuevo informe de DHL y NYU Stern.

El fenómeno ya está envenenando la política, en el sentido de que las entradas en los medios sociales regularmente avivan la furia y las protestas, al tiempo que eliminan el debate equilibrado. El fenómeno también afecta a los bienes de consumo, donde las campañas virales pueden proliferar a una velocidad sin precedentes, popularizando algunos productos e ignorando otros. (Marcas como los productos de belleza Dove y la cadena de restaurantes IHOP son algunas de las que han aprovechado esa tendencia).

El fenómeno también moldea el mundo del espectáculo. Los días en que se esperaba a que un programa de televisión semanal como Top of The Pops (el programa de televisión británico de música popular) determinara lo que está de moda parecen peculiares para las generaciones más jóvenes. La gratificación instantánea, la fama y el furor son los factores que impulsan las tendencias hoy en día. Por supuesto, dado que el SVB tenía su sede en Silicon Valley, donde se creó la tecnología que ha permitido esta influencia viral, sus líderes deberían haberla entendido mejor que nadie. También lo debería haber hecho la Reserva Federal de San Francisco.

Pero la triste verdad es que hasta que no se ha experimentado una cibermultitud, es difícil imaginar las consecuencias. Afortunadamente, Sarah ahora sabe que debe tener mucho cuidado a la hora de compartir detalles sobre futuras fiestas con pizza. Me temo que el mundo de la tecnología no será tan astuto.

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